Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
¿Qué es el “mero cristianismo”?
Quod ubique, semper et ab omnibus
La mayoría de los lectores de esta revista saben que nuestro subtítulo, Una revista de mero cristianismo, hace referencia al libro del mismo nombre por C. S. Lewis. Es valioso repasar, de vez en cuando, lo que Lewis quería decir con esa expresión. La respuesta no es tan directa como podría parecer.
La mala interpretación más común de lo que quería decir Lewis se podría enunciar aproximadamente así: “El mero cristianismo es aquello en lo que pueden estar de acuerdo todos los que hoy se llaman cristianos, sin considerar aquellas doctrinas que son peculiares del catolicismo, del metodismo o de lo que sea.” Esta es una malinterpretación común porque, si bien se acerca mucho a lo que Lewis dijo, es prácticamente lo contrario del significado que él le dio. En efecto, en el prefacio a Mero cristianismo, él explica los esfuerzos que hizo para evitar decir cualquier cosa vinculada exclusivamente a denominaciones particulares u ofensiva a ellas:
El peligro era claramente que yo propusiera como cristianismo común alguna cosa que fuera peculiar de la Iglesia de Inglaterra o (peor aún) peculiar de mí mismo. Traté de resguardarme de eso enviando el texto original de lo que es ahora el Libro II a cuatro clérigos (un anglicano, un metodista, un presbiteriano y un católico) y pidiéndoles que me hicieran sus críticas. El metodista opinó que yo no había hablado suficiente sobre la fe, y el católico pensó que yo había ido demasiado lejos en cuanto a la poca importancia comparativa de las teorías que explican la Redención. Fuera de eso, los cinco estábamos de acuerdo.
Más adelante en el prefacio, Lewis imagina el “mero” cristianismo del siguiente modo:
. . . un pasillo a partir del cual se abren puertas que dan a varias habitaciones [cada una de las cuales representa una denominación cristiana por separado]. Si yo logro hacer que alguien entre en ese pasillo, habré logrado lo que me proponía. Pero es en las habitaciones, no en el pasillo, donde hay chimeneas y sillas y comida. El pasillo es un lugar de espera, un lugar desde el cual uno intenta las diversas puertas, no un lugar donde uno puede vivir. Para ese fin será preferible, pienso yo, la peor de las habitaciones (cualquiera que sea).
Una vez más, el mero cristianismo como una especie de terreno en común en el que están de acuerdo todos los que se llaman a sí mismos cristianos suena parecido a lo que Lewis puede haber tenido en mente, ¿no? Y entonces, ¿qué impide que una iglesia que cuelga a la entrada la bandera del arcoíris asegure que es simplemente una puerta más en el pasillo del mero cristianismo que propone Lewis? ¿Con qué criterios podrían tener puertas en ese pasillo los luteranos del Sínodo de Missouri y los cristianos ortodoxos bizantinos pero no, por ejemplo, la Iglesia Unida de Cristo?
Si nos imaginamos el mero cristianismo como una isla de terreno en común sobre el cual pueden estar de acuerdo todos los cristianos de hoy, entonces todo el poder está en las manos del innovador, que no necesita más que expresar su desacuerdo y, voilà!, la isla del terreno en común se encoge al hundirse un poquito más en las aguas circundantes de la modernidad. Todos los lectores de esta revista han tenido la experiencia de escuchar a algún simplón descartar incluso la enseñanza más fundamental de la Iglesia con la frase hecha: “Pero no todos los cristianos creen en eso.” Pues bien, el cristianismo no es una lista de doctrinas con las que están de acuerdo todos los que se llaman cristianos.
El engaño de la novedad
¿Qué es entonces, en la formulación de Lewis, lo que protege a la Iglesia de esa erosión perpetua? La respuesta consta en la segunda página de su prefacio: “Desde que me hice cristiano me [he propuesto] explicar y defender la fe que ha sido común a casi todos los cristianos en todos los tiempos.”
Es esa invocación de Lewis de “en todos los tiempos” lo que apuntala el suelo que pisamos. No es la tradición la que necesita mantenerse al ritmo de los tiempos modernos, sino más bien los hombres modernos los que deben renunciar a sus innovaciones si de veras quieren sentarse a la misma mesa con los santos y los apóstoles: con los antiguos mártires Ignacio de Antioquía y Policarpo de Esmirna, con los fieles de Santa Sofía en el siglo VI, con los misioneros de todas las épocas llevaron el cristianismo a millones de seres humanos alrededor del mundo desde Islandia hasta Argentina, y con incontables otros, todos “meros” cristianos.
Un monje galicano del siglo V, San Vicente de Lerins, escribe así: “Si algún contagio novedoso intenta infectar a la Iglesia, entonces me aseguraré de apegarme a la antigüedad, que ahora no podrá ser desviada por ningún engaño de novedad.” San Vicente formuló lo que desde entonces se ha llegado a conocer como el canon vicentino: Quod ubique, semper et ab omnibus (“lo que [ha sido creído] en todas partes, siempre y por todos”).
Mil doscientos años después, el clérigo protestante del siglo XVII Richard Baxter acuñó el término “mero cristianismo”, que Lewis adoptó. “No estoy escribiendo para exponer algo que yo podría llamar ‘mi religión’ —dijo Lewis— sino para exponer el ‘mero cristianismo’, que es lo que es y lo que era mucho tiempo antes de que yo naciera, independientemente de que me guste o no.”
Es esa invocación de Lewis de “en todos los tiempos” lo que apuntala el suelo que pisamos. No es la tradición la que necesita mantenerse al ritmo de los tiempos modernos, sino más bien los hombres modernos los que deben renunciar a sus innovaciones si de veras quieren sentarse a la misma mesa con los santos y los apóstoles.
La arrogancia del tiempo
La mayoría de los lectores de esta revista elegiríamos de buen grado dejar de lado nuestras innovaciones modernas para tomar asiento a la mesa de los meros cristianos, pero esa decisión no es tan sencilla como parece. Consideremos el hecho de que incluso el hablar de “tiempos modernos” —de hecho, incluso el identificarnos siquiera en función de nuestro tiempo— es una de las innovaciones. En la introducción a su libro The Theological Origins of Modernity [“Los orígenes teológicos de la modernidad”], Michael Allen Gillespie pregunta: “¿Entendemos siquiera lo que significa ser modernos? La premisa de este libro es que no.” Gillespie continúa:
Considerarse a sí mismo moderno es definir el ser de uno en función del tiempo. Esto es notable. En épocas anteriores y en otros lugares, la gente se ha definido en función de su tierra o su lugar, su raza o su grupo étnico, sus tradiciones o sus dioses, pero no explícitamente en función del tiempo... Ser moderno significa ser “nuevo”, un acontecimiento sin precedentes en el fluir del tiempo... Entenderse a sí mismo como nuevo es entenderse como si uno se hubiera originado a sí mismo... Ser moderno es ser alguien que se libera a sí mismo, que se hace a sí mismo... es algo prometeico. Pero ¿qué podría justificar una pretensión tan pasmosa, tan llena de soberbia?
Los hombres modernos se precian de haber nacido en esta era de la anestesia, de la fontanería bajo techo y del aire acondicionado, y no en esos tiempos moralmente retrógrados de las invasiones vikingas, de la peste negra y de la “superstición religiosa”. Como lo señala el filósofo y político polaco Ryszard Legutko, esta arrogancia del tiempo ha corrompido nuestro uso del lenguaje:
Las expresiones de condena favoritas apuntan siempre a lo viejo: “superstición”, “medieval”, “retrógrado” y “anacrónico”; el término de adulación favorito es, desde luego, “moderno”. Sobra decir que todo —tanto en el comunismo como en la democracia liberal— tiene que ser moderno: el pensamiento, la familia, la escuela, la literatura y la filosofía. Si una cosa, una cualidad, una actitud o una idea no es moderna, hay que modernizarla o tendrá que terminar en la cesta de basura de la historia (una expresión inolvidable que tiene tanta pertinencia para la ideología comunista como para la liberal-democrática).
No es el objetivo de Touchstone, ni del mero cristianismo, el volver a una época anterior. Lewis fue explícito en este punto. (En efecto, ¿cómo podemos tratar de liberarnos de la innovación de definirnos en función de nuestro tiempo si ponemos la mira en otro tiempo?) Y aún así, si aspiramos al Quod ubique, semper et ab omnibus, entonces la misión de esta revista es identificar y desenmarañarnos de las innovaciones que nos impiden tomar asiento a la mesa de los meros cristianos, y ayudar a otros a hacer lo mismo.
No es tarea fácil, ya que ningún hombre puede liberarse de todas las innovaciones que hoy nos enredan. Pero haríamos bien en recordar que cuando hablamos de “nuestro tiempo” o usamos expresiones como “la medicina moderna” estamos participando en algo que el hombre fabricó hace apenas un día en la escala de la historia humana.
Esta no es una tarea que alguien pueda cumplir por sí solo. A veces recibimos un artículo cuidadoso y bien escrito que parece superar todos los obstáculos editoriales, solo para ser rechazado al final porque uno o dos de los editores detectaron una innovación que los otros pasaron por alto. El protegernos de diseminar esos errores exige que haya una junta editorial con miembros que son historiadores, filósofos y eruditos bíblicos cristianos, junto con meros cristianos críticos de literatura, de las artes y de la música.
Cuál es el camino bueno
En 1945, Lewis les recordó a los líderes juveniles y clérigos jóvenes en la Conferencia Carmarthen, en Gales, que
su tarea es presentar aquello que es intemporal (lo mismo ayer, hoy y por siempre; Heb 13:8) en el lenguaje particular de nuestra propia época. Un mal predicador hace exactamente lo contrario: toma las ideas de nuestra propia época y las reviste del lenguaje tradicional del cristianismo.
Lo que Touchstone combate no es solo la mala predicación, sino dos de las grandes presunciones progresistas de nuestra época: (1) que tenemos la potestad de vetar la sabiduría antigua que nos ha sido transmitida; y (2) irónicamente, que hemos triunfado, científicamente y por lo tanto (de alguna forma) moralmente, sobre aquellos que nos precedieron. Hacemos caso de las palabras del Señor al profeta Jeremías:
Párense en los caminos y miren,
pregunten por los senderos antiguos,
cuál es el camino bueno;
y anden por él, y encontrarán sosiego para sus almas.
Pero ellos dijeron: No iremos.
(Jer 6:16)
De Touchstone, Mayo/Junio de 2022.
J. Douglas Johnson es el Editor Ejecutivo de Touchstone.
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