Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
Un despertar del Credo
En los 1700 años de Nicea
Si yo pudiera escribir obras de ficción, me gustaría escribir como Willa Cather. Claro que nunca lo haré, pero el atractivo espiritual de sus relatos me impulsa, con cierta audacia, a suponer que ella y yo hemos compartido ciertas experiencias de naturaleza religiosa/artística. [Willa Cather fue una novelista estadounidense (1873-1947) que, entre otras temáticas, manifestó un profundo aprecio por el catolicismo (Nota del traductor).]
Lo que aquí percibo como una afinidad puedo, en un caso, documentarlo como un hecho: Willa Cather y yo tenemos en común nuestra fascinación con el Credo Niceno. Como ella, a mí me encanta rezar el Credo muy lentamente y pensándolo bien. En mi propio caso se ha vuelto casi una obsesión; su texto le da forma a mi sentido de la realidad; es lo que me provee mi arquitectura interior.
Este testimonio personal lo presento ahora que los cristianos, con mucha brevedad, recordamos este año el Concilio de Nicea en ocasión de su 1.700 aniversario. No debería pasar inadvertido.
¿Es apropiado antes de dormir?
Sin embargo, antes de comentar un poco más sobre el Credo, permítanme mencionar una vez más a Willa Cather. Debo confesar que mi modo de enfocar el Credo no es totalmente idéntico al de ella. Puedo indicar la diferencia citando lo que ella escribió en una carta a su sobrina y ahijada Helen Louise Cather el Domingo de Pascua, 23 de marzo de 1940:
Pienso que el Credo Niceno es la prosa más hermosa del mundo. Si por la noche estoy desvelada y lo recorro despacio en mi mente, casi siempre logro dormirme. Hay en él una gran autoridad y majestad.
Puesto que yo solo tenía dos años de edad cuando ella escribió esa carta —y, que yo recuerde, Willa no era amiga de la familia— no hubo oportunidad de plantear una pregunta que ahora me molesta. Desde mi perspectiva actual yo tendría que decir: “Señorita Cather, disculpe mi pregunta, pero ¿podría usted por favor detenerse un momento y explicarme eso? No logro seguirle la lógica a esa afirmación. ¿Usted está diciendo que esa, “la prosa más hermosa del mundo”, en la que hay “gran autoridad y majestad”, la hace dormir?”
Pero luego reflexiono más: bueno, tal vez sí, en un sentido especial. Si bien el Credo Niceno nunca me ha hecho dormir, no se me ocurre un mejor texto para recitar cuando, al final me duerma en el Señor.
En efecto, apenas puedo contar los muchos cristianos cuyas manos he tomado con las mías, a lo largo de los años, mientras recitaba ese Credo a sus oídos mientras exhalaban su último aliento y pasaban a la gloria. Si me corresponde ser yo el sacerdote que está junto a su lecho, el cristiano que muere hará siempre su Pascua mientras el Credo Niceno suena a sus oídos. Quizás su aspecto de ser una palabra final sea la razón por la que la Iglesia Ortodoxa prescribe el rezo del Credo cada noche en Completas.
Verdades bien pensadas
En cambio, es mi hábito personal rezar ese Credo cada mañana, inmediatamente antes de comenzar los salmos de Maitines. De hecho, pienso en el Credo como la clave para la comprensión cristiana de los salmos. Al recorrer desde “Creo en un solo Dios” hasta “la vida del mundo futuro”, no se me ocurre una sola línea que no resuene —muy profundamente— en variadísimos versículos del Salterio.
Por eso me esfuerzo por comenzar cada día colocando mis propios pensamientos junto a las convicciones que compartieron Nicolás de Mira, Espiridón de Tremitunte, Osio de Córdoba, Ceciliano de Cartago y los demás santos obispos que se reunieron —junto con aquel joven diácono, Atanasio de Alejandría— en el año 325 (y después en el 381). De allí tomo explícita posesión de mi herencia.
En cuanto a su contenido, el tercer artículo del Credo —“Creo en el Espíritu Santo”— es el fundamento teológico de los primeros dos: “Creo en un solo Dios, Padre... y en un solo Señor, Jesucristo”. Es decir, es la gracia del Espíritu Santo lo que impulsa y capacita al creyente para que confiese “Abba, Padre” (Gál 4:6; Rm 8:15) y “Jesús es Señor” (1 Cor 12:3). Uno no puede hacer esas confesiones si no es por el Espíritu Santo. Pablo las resume así: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8:6).
Considero imperativo que estas formulaciones de fe antiguas y heredadas —incluso prepaulinas— sean transmitidas como verdades bien pensadas, que involucren activamente la mente reflexiva. Ellas se hallan en la base del ser mismo de la Iglesia. Después de las Escrituras mismas, este es el documento más importante en el legado de la historia cristiana.
El peligro de la rutina irreflexiva
Admito de inmediato, por supuesto, que hay cierto peligro inherente en el rezo del Credo Niceno o, para el caso, de cualquier otra formulación de la fe: el peligro de la rutina irreflexiva. Por eso admito que el rezo del Credo como medio para dormirse suena un poquito sospechoso.
El propósito del Credo es, más bien, despertarnos. No debe convertirse simplemente en una fórmula aceptada sino en un tesoro por el que hay que luchar y morir; o al menos una inquietud que merece los mejores y más elevados recursos de nuestra mente. Sin duda, el Credo es un instrumento para amar a Dios con toda la mente.
Nada es más mortífero que una formulación heredada que simplemente aceptamos y en la que nunca pensamos, una formulación que solo recibe un torpe asentimiento sin pensar: “Abba, Padre” y “Jesús es Señor” no son meras palabras. Son revelaciones dadas por el Espíritu Santo. Es decir, el Credo Niceno tiene origen desde dentro de la Santa Trinidad. Es una fórmula nacida de una experiencia de revelación, el testimonio que el Padre y el Hijo se dan uno al otro: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11:27).
En cuanto a los credos en general, es espiritualmente letal rezarlos cuando el vigor de la mente no está en acción, cuando las palabras se reciben (como escribió una vez John Stuart Mill) “fuera de la mente”, cuando la fórmula nunca se conecta “en absoluto con la vida interior del ser humano”.
Terrible cosa es transmitir una profesión de fe que está, en realidad, privada de fe, un credo que no involucra la razón del creyente, un credo vacío de intelecto, al que nunca se le permite hablarle a la conciencia y darle estructura, al que nunca se lo anima a entablar conversación con la literatura, la filosofía y la historia, un credo desprovisto de imaginación, que no inspira poesía ni impulsa al arte, un credo que no evoca ninguna resolución moral radical y que se expresa principalmente en prácticas rutinarias sobre las cuales rara vez se reflexiona y que nunca se comprenden.
Dios nos guarde de un credo sin una fe viviente, una fe que de veras informe el contenido de la mente y fortalezca la resolución de la voluntad, una fe que sirva como piedra fundamental de las decisiones, una fe que estructure nuestra vida diaria en la aplicación constante de la oración y de la búsqueda de Dios, una fe en la cual tenemos acceso a las verdades por las cuales podemos vivir y morir, una fe que dé fruto en sabiduría, una fe viva que valga la pena compartir con nuestros hijos. •
De Touchstone, Marzo/Abril de 2025.
Patrick Henry Reardon es párroco emérito de la Iglesia Ortodoxa Antioquena de Todos los Santos en Chicago, Illinois. De sus numerosos libros, los más recientes son Biblical Piety and Prayer (“Piedad y oración en la Biblia”) (St. Vladimir Seminary Press) y Bad Examples from the Bible (“Malos ejemplos de la Biblia”) (Ancient Faith Publications). Es uno de los Editores Principales de Touchstone.
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