Secularización y virtud

Secularización y virtud

Los malentendidos sobre la formación cristiana

Marzo/Abril de 2026
De la edición de Touchstone de Marzo/Abril de 2026

Los grandes titulares nos cuentan siempre de algún nuevo estudio que proclama la continua decadencia del cristianismo en los Estados Unidos. Esos titulares son impresionantes porque parecen confirmar lo que muchos experimentan con regularidad: que la religión simplemente no parece ser ya tan importante como una vez lo fue. Muchos cristianos, especialmente los de mayor edad, se lamentan del decreciente papel que desempeña el cristianismo en la vida pública y privada de la gente. Las encuestas de opinión pública son un medio conciso y científico de confirmar lo que ya muchos experimentan que está sucediendo en la sociedad actual, mientras que a la vez ofrecen puntos de conversación interesantes para pastores y líderes religiosos cuando van a movilizar apoyo y recaudar fondos para seguir adelante con su labor.

El problema es que las encuestas de opinión pública generalmente son creadas para los fines de la ciencia social —no para las necesidades de la Iglesia— y por ende son incapaces de determinar plenamente los rasgos de la secularidad moderna. ¿Qué significa entender el desafío de la secularización en términos cristianos, más allá de las perspectivas que ofrecen las encuestas nacionales?

Modelos de secularización

Sin duda, las encuestas de opinión pública ofrecen perspectivas importantes sobre el estado de la religión en Estados Unidos. El hecho de que sea menos probable que la gente se identifique como cristiana, y mucho menos como seguidora de cualquier religión, es un indicador importante de la cultura contemporánea; pero fiarse de las encuestas de opinión pública como barómetro de la secularización implica que la esencia del cristianismo puede captarse a partir de la religiosidad de nivel superficial. Los críticos culturales más sofisticados —los que han leído la obra de Charles Taylor A Secular Age [“Una era secular”]— ya saben que los cambios de creencia y práctica religiosa a nivel de población no llegan a captar los matices de la secularización. Taylor argumenta que la gente moderna se imagina necesariamente el mundo y sus vidas en medio de un marco secular. En el pasado, la existencia de Dios y del reino espiritual eran datos verdaderos e incuestionables en la mente de la gente; pero en la edad moderna, la gente tiene un “amortiguador” para la trascendencia; su imaginación es limitada por un “marco inmanente”, y eso quiere decir que experimentan el mundo en términos seculares.

Esta clase de secularización es sutil, pero poderosa. El filósofo Michael Polanyi bromeó una vez diciendo que la gente “sabe más de lo que logra decir” y “dice más de lo que sabe”. En otras palabras, incluso si la gente dice que la religión todavía es importante en sus vidas, es posible que no tengan conciencia de en qué medida su imaginación (el imaginario social) es completamente secular, de este mundo.

A muchos académicos cristianos y líderes de ministerio les resulta útil el análisis de Taylor porque da cuenta de la complejidad y los matices de la secularización, a la vez que destaca cómo personas que por lo demás son religiosas podrían imaginarse el mundo en términos seculares. Pero así como las encuestas de opinión pública revelan algunos aspectos de la secularización mientras que oscurecen otros, la explicación que da Taylor de la secularización pinta un cuadro incompleto de la secularización, por lo menos desde una perspectiva cristiana.

Taylor enfatiza cómo las “condiciones de la creencia” en la era moderna son ineludiblemente seculares: incluso los creyentes religiosos más firmes se ven confrontados por el hecho de que muchos de sus vecinos sostienen creencias diferentes, lo cual significa que su propia visión del mundo es cuestionable, o no es nunca completamente segura. Ciertos lectores de A Secular Age podrían sentirse tentados a pensar que deben aspirar a reproducir una clase de certeza religiosa en sus familias y comunidades ofreciendo una defensa hermética de la fe. No solo resulta que esto seguramente fracasará (después de todo, la fe es “la prueba de las realidades que no se ven”; Heb. 11:1), sino que una falta de completa certeza no necesariamente socava la vida cristiana. Los apóstoles Pedro y Tomás dudaron a veces de Jesús, pero su duda se convirtió en un catalizador para una fe todavía mayor.

La explicación que da Taylor de la secularidad moderna es limitada también porque se centra casi exclusivamente en las ideas, sin dar cuenta de las prácticas. Si bien Taylor reconoce que tanto las ideas como las prácticas son importantes —incluso inseparables—, su análisis se centra en la imaginación y la certidumbre religiosa. Para los cristianos, las convicciones y la imaginación son solo la mitad del asunto. La otra mitad tiene que ver con las prácticas, tanto las que son abiertamente religiosas (p.ej. la oración, los sacramentos, la comunidad, las obras de misericordia), como las que son más “mundanas” (p.ej. el trabajo, la educación, la vida familiar). Un panorama completo de la secularización actual debe dar cuenta tanto de la pérdida de certidumbre como de la erosión de las prácticas cristianas en la vida moderna.

Los mensajes anticristianos deberían preocuparnos, pero una explicación del cristianismo basada en la virtud sugiere que esa no es la fuente principal de secularización.

Las encuestas de opinión pública y la obra de Taylor A Secular Age nos dicen algo importante acerca de la secularidad moderna, pero el cuadro está incompleto, y deja a los cristianos susceptibles a reaccionar en forma errónea al desafío de la secularización. Si la secularidad moderna se entiende principalmente como una disminución de la identidad religiosa y la asistencia a la iglesia, entonces la solución aparente sería llenar las bancas por cualquier medio que sea necesario, incluso si eso exige campañas de mercadeo, trucos, o reducir el culto de la iglesia a una especie de espectáculo religioso. Pero los cristianos sabemos que la vida de fe es mucho más que la identidad y la asistencia. Si el problema es una falta de certeza religiosa, entonces los cristianos podrían buscar, en vano, impedir que sus hijos hagan preguntas. ¿Cómo podemos los cristianos entender el carácter mundano de la vida moderna —en términos verdaderamente cristianos— y así tomar conciencia de lo que se necesita para vivir fielmente en la época actual?

La religión como virtud

El concepto de virtud ofrece la posibilidad de reunir ideas y prácticas, así como la imaginación y el corazón. Según la Biblia, el centro de la vida cristiana es el amor a Dios y al prójimo (Mt 22:37-40). El amor, o más bien la caridad, es más que un sentimiento e incluso más que una decisión: es una virtud. Incluso si una persona aspira a amar a Dios y su prójimo, se verá impedida de hacerlo a menos que, por la gracia, reciba y cultive las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.

No solo está la virtud en el corazón del cristianismo, sino que la religión misma es una clase de virtud. Según Tomás de Aquino, la religión es una virtud, un subconjunto de la virtud de la justicia, que implica dar a los demás lo que les es debido. Primero que todo, la virtud de la religión implica darle a Dios lo que le es debido: gloria, honra y alabanza, así como nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma.

Por esta razón, el ser religioso o secular no es un simple par binario relacionado con si uno asiste a la iglesia o tiene un imaginario social secular. Más bien, la vida cristiana entraña el cultivo de aquellas virtudes y disposiciones que permiten a la persona dar culto a Dios en la vida cotidiana. Por otro lado, el ser secular o mundano refleja una deficiencia en las virtudes requeridas para darle a Dios el culto que se merece, incluso si uno asiste fielmente a la iglesia todos los domingos. Hasta los cristianos practicantes pueden ser ateos en la práctica: personas que creen en Dios, se identifican como cristianas y asisten a la iglesia, pero cuyas vidas cotidianas hacen poca referencia a Dios.

Nociones equivocadas de la secularización

El comprender la religión como una virtud también da cabida a una perspectiva mucho más rica de cómo la vida moderna es secularizante. Si el cristianismo consiste principalmente en creer lo correcto, entonces la vida de la Iglesia se organizará en torno a ideas y visiones del mundo. La obra de James K. A. Smith critica ese punto de vista, y argumenta (con Agustín) que son los deseos de la gente —lo que la gente ama— lo que ocupa un lugar más central en la vida cristiana. Ser un cristiano fiel implica cultivar las virtudes para conocer y amar a Dios; no solo sostener las creencias correctas.

Esta perspectiva permite adquirir una comprensión más profunda de cómo la cultura moderna y su estructura social pueden ser o no secularizantes. Muchos cristianos parecen dar por entendido que la principal forma en que la cultura moderna seculariza es por medio de diversas formas de mensajes que son contrarios a la fe cristiana. Hollywood y Disney provocan constantemente la ira de los cristianos que perciben que los mensajes y valores que transmiten no compaginan con la fe cristiana. En años recientes, las escuelas públicas también han sido fuente de atención y preocupación cuando abrazan diversas ideologías que son contrarias a la fe cristiana. Esas preocupaciones radican en el supuesto de que el exponerse a ideas inmorales socava la fe cristiana y por ende hace que la gente se aleje de ella.

Los mensajes anticristianos deberían preocuparnos, pero una explicación del cristianismo basada en la virtud sugiere que esa no es la fuente principal de secularización. El que la fe se vea desafiada no hace inmediatamente que la fe de las personas se quebrante, por lo menos en el caso de quienes han recibido una formación apropiada. No estamos diciendo que Hollywood y las escuelas “progres” no constituyan una amenaza, ni que los padres cristianos deban permitir que sus hijos sean formados por esas instituciones; pero el riesgo es mucho menor de lo que la mayoría de la gente parece pensar. Los cristianos debemos evitar una forma excesivamente exagerada de considerar los mensajes que se transmiten, si es que queremos comprender de veras la fuente de la secularización moderna.

Fuentes más profundas de la secularización

Puesto que la religión es una virtud, la secularidad (o mundanidad) es una deficiencia de esa virtud: la incapacidad de las personas de amar a Dios con todo su corazón y con toda su mente, por medio de sus deseos y su imaginación. Si las virtudes se forman mediante la práctica diaria, también así se forman los vicios. La secularidad es más que la disminución de la creencia e identidad religiosa (es decir, el aumento de los que “no son nada”); lo mejor es definirla más bien mediante ciertas disposiciones en la mente y en el corazón que redirigen a la gente alejándola de Dios. Aquellos cuyos corazones y mentes son formados al modo mundano (secular) abandonarán en algún momento sus creencias y su identidad; no al revés. Por esa razón, los cristianos deben estar atentos a las formas en que su corazón y su mente son configurados mediante prácticas sociales diarias que parecen moralmente neutrales pero que van socavando silenciosamente la virtud de la religión.

Fijémonos en la forma en que muchos cristianos piensan acerca de la educación pública. Muchos se muestran, con razón, cautelosos respecto de la ideología “progre” (woke) o de aquellos maestros que consideran que su deber es socavar las creencias cristianas y la moral cristiana. Si bien es cierto que los padres deben tener ese cuidado, un comentario o una lección ocasional que va en contra de la fe cristiana es menos perjudicial que la lógica subyacente de la educación moderna, que por lo general da por entendido que no existe ninguna verdad más allá de los sentidos (materialismo), y que el propósito más fundamental de la educación no es la búsqueda de la verdad, sino la preparación para una carrera profesional. Incluso si los docentes no expresan abiertamente su apoyo a los enfoques materialistas e instrumentalizados de la educación, la organización del currículum, la metodología pedagógica y las prácticas diarias de la educación moderna afirman tácitamente esas perspectivas. Al compartamentalizar el valor de la educación y desvalorizar las humanidades, la educación moderna afirma silenciosamente que realmente no existe nada verdadero fuera de lo que se puede medir empíricamente, y con ello margina aquellos temas de estudio que no se consideran beneficiosos para la preparación profesional de los estudiantes.

Esas prácticas y perspectivas son endémicas en la educación moderna, incluso en muchas escuelas cristianas. Los padres de familia cristianos pueden temer que un comentario desviado que haga un maestro, o una sesión de entrenamiento con raíces ideológicas, va a socavar la fe de sus hijos, mientras permanecen en una ingenua ignorancia respecto al hecho de que sus hijos están aprendiendo a imaginarse la creación como algo espiritualmente vacío, como algo que solo es bueno cuando se dedica a algún uso productivo en el mercado. Esa es una forma totalmente secular de imaginarse el mundo, y aquellas entidades educativas —incluyendo las instituciones cristianas— que priorizan la eficiencia y la productividad a expensas del asombro, la maravilla y el misterio están dotando a sus estudiantes, sin percatarse de ello, de una mentalidad secular.

De un modo semejante, muchos padres cristianos se preocupan por la música, los programas de televisión y las películas que emplean lenguaje vulgar o que incluyen tramas en que hay personajes que tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio. Claro está que los padres deben poner límites apropiados al consumo de los medios de comunicación, pero la forma principal en que los medios socavan las disposiciones que se necesitan para dar culto a Dios (es decir, la forma en que secularizan) no es presentando contenido inmoral sino saturando la mente de las personas con contenido trillado, impidiendo que desarrollen el gusto por lo que es verdaderamente bueno. Por ejemplo, muchos padres cristianos les prohibirían a sus hijos ver El padrino debido a su lenguaje gráfico y su violencia. Cierto que la pregunta de si ver o no El padrino —y de cuándo verlo— es una pregunta válida, pero a muchos padres los tiene sin cuidado que sus hijos vean videos de diez segundos en TikTok, “carretes” (reels) de Instagram o cortos de YouTube, con tal que el contenido de esos videos no sea abiertamente inmoral.

Es un secreto a voces que el diseño de esas apps se basa en los mismos principios que los casinos. Los psicólogos sugieren que usar el lenguaje de la adicción no es una simple metáfora, ya que apps como TikTok suministran con eficiencia un golpe de dopamina y dejan a las personas ansiando más. Tal vez los padres cristianos prefieran las redes sociales de contenido neutral a las películas con malas palabras, pero hacer eso es no darse cuenta de que la forma importa. Los cristianos son el pueblo de la Palabra. Amar a Dios significa cultivar una mente que ponga atención a la presencia de Dios en la Palabra de la Escritura y en el Logos de la creación. La generación TikTok está perdiendo la capacidad de poner atención a cualquier cosa de contenido valioso, ya que sus mentes se van acostumbrando a un influjo constante de distracciones en línea. Esta secularización de la mente es una amenaza mucho mayor a la fe cristiana que el lenguaje gráfico de El padrino.

Acedia y formación cristiana

Si el cristianismo está centrado en la virtud de la caridad, entonces uno de los vicios correspondientes que se oponen a esa virtud es la acedia, que para Tomás de Aquino era una especie de pesar ante la bondad espiritual. Este pesar refleja una incapacidad de preocuparse, o una especie de aburrimiento. Algunos comentaristas sostienen que el vicio característico de nuestra época es la acedia, más que la soberbia. La acedia se suele entender como pereza, pero su efecto principal no es necesariamente la holgazanería. De hecho, las personas que padecen de acedia suelen estar frenéticamente ocupadas, porque buscan los bienes terrenales para satisfacer su hambre espiritual. La educación moderna y los medios de comunicación fomentan el aburrimiento ante la bondad espiritual, ya que oscurecen la verdad más profunda y la razón de ser de la realidad, y dejan a la gente a merced de la búsqueda de sentido en el afán por las riquezas o por la corriente sin fin de contenido en línea. Incluso si esas personas asisten a la iglesia con regularidad y se identifican como cristianas, su corazón y su mente pertenecen profundamente a este mundo.

La cuestión que tienen frente a sí los padres de familia, las congregaciones y las instituciones es cómo alertar a la gente y hacerla salir de ese adormecimiento espiritual para que entren en el gozo de amar a Dios y al prójimo en esos momentos ordinarios de su vida cotidiana. Esa es la vida cristiana. Pero muchas congregaciones y escuelas cristianas parecen mal equipadas para formar a su gente en ese camino. Tal vez la razón sea que muchas están apegadas todavía a la noción de que la fe cristiana se va a transmitir automáticamente si se defiende firmemente la ortodoxia (tarea que es esencial, sin duda), y entonces no logran ver la necesidad de introducir a la gente en comunidades y prácticas. Otros creen que la solución es empacar el mensaje cristiano en la forma más atrayente. Las instituciones y congregaciones cristianas están incrustadas en una cultura cuyas instituciones y líderes de opinión compiten todos por la atención de la gente. ¿Cómo puede uno destacarse en medio de la multitud? Las redes sociales ofrecen la seducción de llegar a un público más allá de la propia congregación, lo cual parece armonizar con el llamado de Cristo a “ir y hacer discípulos de todas las naciones” (Mt 28:19).

A consecuencia de ello, muchas congregaciones dedican mucho tiempo y energía a elaborar mensajes convincentes que, según esperan, formarán a sus miembros y llegarán a más gente. A medida que las congregaciones compiten por la atención de la gente, incluso unas con otras, sus miembros comienzan a exigir contenido astuto y cautivante —e incluso se vuelven dependientes de él—. Los productores de contenido, los diseñadores web y los administradores de redes sociales llegan a ser vistos como roles esenciales en el ministerio cristiano. Desde luego, no hay nada malo con el contenido cautivante por sí mismo, pero la forma en que muchas congregaciones emplean este contenido implica un grave malentendido sobre cómo funciona la formación, pues mezcla la simple inspiración e información con la formación misma. La información y la inspiración son buenas, pero no son suficientes para formar a las personas en las virtudes de corazón y mente que son necesarias para ser cristiano en nuestra época profundamente secular. En el peor de los casos, perpetúan una suerte de consumismo religioso, en que la gente va a la iglesia esperando que la entretengan en vez de comprometerse como miembros de un Cuerpo.

La tarea de la Iglesia

No hay soluciones fáciles para esa secularidad profundamente arraigada de la vida moderna. Si un simple programa, retiro o serie de video pudiera formar las virtudes necesarias para mantener a raya la acedia moderna, entonces tal vez la Iglesia no sería tan secular. Pero el hecho de que no haya una solución grandiosa a la secularidad moderna también significa que la solución sí es sencilla, y coherente con el papel de la Iglesia a lo largo de la historia. La tarea de la Iglesia sigue siendo la misma en todos los tiempos: reunir, servir, amar, escuchar la Palabra, practicar los sacramentos, y ser fiel en formas pequeñas: a nuestros cónyuges, a nuestros hijos y prójimos, y a nuestras congregaciones.

En todas las épocas, estas tareas aparentemente ordinarias pero esenciales son difíciles, y nuestra época no es la excepción. Pero los cristianos actuales parecen creer, erróneamente, que pueden resistir a las fuerzas secularizantes de la cultura simplemente evitando el contenido inmoral. ¡Si fuera tan fácil…! La tarea más difícil es ser fieles y construir comunidades y prácticas que rijan nuestra vida diaria. No hay ninguna técnica, solución ni tecnología que les permita a los cristianos transformarse verdaderamente dedicando una hora o dos por semana para actividades en la iglesia. La vida cristiana exige que sus prácticas sean absolutamente transformadoras de la vida, no en formas superficiales o que busquen la atención, sino en acciones cotidianas de fidelidad. Tal es el camino a seguir para quienes tienen ojos para ver.

De Touchstone, Julio/Agosto de 2025.

Phil Davignon es Director y Profesor Asociado de Sociología en la Union University en Jackson, Tennessee. Es el autor de Practicing Christians, Practical Atheists: How Cultural Liturgies and Everyday Social Practices Shape the Christian Life [Cristianos practicantes, ateos prácticos: Cómo las liturgias culturales y las prácticas sociales cotidianas configuran la vida cristiana] (Cascade Books, 2023).