Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
San Jerónimo en un scriptorium
del Maestro de El Parral
La obra del Maestro del Parral San Jerónimo en un scriptorium (1480-1490), una tabla que mide aproximadamente uno por dos metros, retrata al santo en su ardua labor de traducir al latín las Sagradas Escrituras. Está sentado bajo un dosel en un scriptorium, taller monástico a cargo de la producción de manuscritos. Alrededor de él hay cuatro monjes realizando diversas actividades: uno está sumido en una silla mientras otro masajea el brazo fatigado del primero; otro, que tiene puestos unos lentes, está hojeando un volumen en un estante, aparentemente en busca de errores. Como en el siglo XV se hacía mayor énfasis en la exactitud textual, hasta a san Jerónimo le asignan un corrector de textos. Sentado a sus pies hay todavía un monje más, que tiene en la mano un libro abierto y está mirando hacia Jerónimo.
Detrás de ellos podemos captar un atisbo del claustro, donde un monje está rezando el rosario y otro va de prisa a su trabajo. La tabla está pintada en un vivaz estilo gótico tardío, con figuras animadas, una presentación empírica pero no sistemática de la perspectiva, y una superficie de rica textura y llena de detalles.
Que este es san Jerónimo y no un escriba cualquiera lo sabemos por su edad, su halo, y su dosel dorado y su ropaje de honor; a sus pies su atributo tradicional, el león, al cual supuestamente domesticó en el desierto, mira hacia arriba con una devoción similar a la de un perro. A este santo habitualmente se lo describe ya sea como penitente por su tiempo en el desierto (por eso el león), o a solas en un estudio, concentrado en sus escritos.
En este caso parece claro que está traduciendo, no redactando o simplemente copiando un texto. La escena está sacada de la imaginación del pintor, no de la vida real. El libro en que el santo está escribiendo está ya encuadernado; en la realidad, cada página se llenaba por separado y luego se reunían en “manos” de veinte que se cosían para formar un volumen completo. Aquí él tiene el texto a la izquierda, y un puntero como el que podría usar un escriba o un lector para señalar por dónde va. Al lado derecho va escribiendo su traducción sobre una página claramente marcada y con renglones. A su alrededor se hallan los verdaderos accesorios del scriptorium: tinta y plumas de ave, tinta roja para las letras iniciales y las rúbricas, un secante, un estuche para plumas atado a una cuerda, un portalibros de terciopelo, y varios libros acabados con encuadernaciones de cuero y broches.
Predicación con las manos
Aparte de la oración, la labor de copiar manuscritos era considerada como la parte más importante de todas las actividades monásticas, una especie de “predicación con las manos”. En los monasterios, la erudición cristiana se levantó de las cenizas del Imperio Romano que había colapsado; podemos especular que todavía existen tal vez un millón de manuscritos medievales. De ellos, lo que con la mayor frecuencia se copiaba era la Biblia latina de Jerónimo, la Vulgata, es decir, la más divulgada. A fines del siglo IV el papa le encargó a Jerónimo hacer una traducción nueva (y más exacta) de los Evangelios, que él amplió luego para incluir la Biblia completa, utilizando textos hebreos así como griegos. Esta versión llegó a ser la Biblia estándar que adoptó la Iglesia occidental, y por tanto la que más abundantemente fue copiada en los monasterios.
Ya en el siglo VI Casiodoro nos deja una descripción del scriptorium monástico, y le siguen muchas otras. A veces el scriptorium era un aposento aparte; los benedictinos solían tener un espacio que se proyectaba del claustro, con paredes solo en tres lados; a veces los monjes copiaban a solas en sus celdas. Desde el principio, el trabajo del escriba era reconocido como trabajo duro, con un esfuerzo comparable al cultivo de la tierra. Un cisterciense se quejaba así: “El que no sabe escribir se imagina que eso no es trabajo; pero aunque solo estos dedos sostengan la pluma, es el cuerpo entero el que se fatiga.” Y otro: “Simplemente trata de hacerla tú, y verás lo ardua que es la tarea del escribano. Debilita tus ojos, hace que te duela la espalda, y hace que tu pecho y tu vientre se entrelacen.” Miremos de nuevo a los dos monjes de la izquierda.
Estos dos, como todos los demás, incluyendo a san Jerónimo, llevan el hábito marrón y blanco de la orden ibérica de San Jerónimo, la orden agustina de claustro para la cual se pintó este tablero. El monasterio de El Parral, donde estuvo originalmente colocada la pintura, fue fundado a mediados del siglo XV por el rey de España y todavía existe hoy, si bien en el último recuento tenía solo nueve monjes que ya no se dedicaban a la producción de manuscritos. La orden misma siguió la acostumbrada montaña rusa de decadencias y reformas. En cierto momento fue dueña de El Escorial, sitio de entierro de los reyes españoles, y en otra época se vio reducida a la venta de pasteles de nata para sobrevivir (los pasteles se consiguen todavía hoy, hechos según la receta original de los monjes).
Los jerónimos, como se les llamó, seguían la regla agustiniana pero tenían a san Jerónimo como su modelo principal, llevando una vida austera dedicada al estudio, la oración y el ministerio activo. Los dos monjes que se ven al fondo representan estas dos facetas de la vida jeronimita, la activa y la contemplativa.
Una acción de retaguardia
La producción de manuscritos por parte de la orden se consideraba principalmente como trabajo misionero —la difusión de la Palabra—, así como parte esencial de la vida de oración del monje, su estudio teológico, y el aporte general de la orden al régimen intelectual y cultural de la época. Ya tan tarde como 1492, una carta monástica desglosaba los méritos del copiar a mano los textos sagrados. Era un factor central de la educación monástica, ya que el proceso de transcripción física permite una profunda contemplación y una comprensión más cabal del texto que se está copiando, así como una absorción de su contenido en el pensamiento y la oración que son esenciales para la vida contemplativa.
Tristemente, los jerónimos ya estaban luchando contra una acción de retaguardia. Según sus rasgos estilísticos, esta pintura data de algún momento entre 1480 y 1490. La imprenta de tipos móviles había sido inventada cincuenta años atrás, y estaba desplazando rápidamente la práctica laboriosa de copiar textos a mano. El scriptorium pronto había de dar paso a la tecnología moderna, no obstante los lamentos de más de un erudito monástico. El modo de vida que aquí se retrata, el scriptorium, ha desaparecido ya; pero, gracias a Dios, su legado no ha caído en el olvido.
De Touchstone, Mayo/Junio de 2025.
Mary Elizabeth Podles es curadora jubilada de arte renacentista y barroco en el Museo de Artes Walters en Baltimore, Maryland, y actualmente es profesora en el Seminario St. Mary’s. Ella y su esposo Leon, uno de los editores principales de Touchstone, tienen seis hijos y viven en Baltimore, Maryland.
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