Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
Por el camino fácil
Sobre las novedades terminales de los veterocatólicos
Mi primera aportación a Touchstone fue un breve artículo en el número de mayo/junio de 1998 titulado “El nuevo terrorismo”. Narraba cómo Erich Ickelsheimer, el párroco veterocatólico de Klagenfurt, Austria, había sido tachado como “terrorista de conciencia”.
En ese tiempo la Iglesia Veterocatólica de Austria estaba debatiendo la ordenación de las mujeres al sacerdocio, y en el curso de dicho debate el P. Ickelsheimer observó que la ordenación de mujeres constituiría una afrenta a la conciencia de aquellos que, como él, se apegaban firmemente a las creencias fundacionales de las iglesias veterocatólicas tal como las mantuvieron en común las Iglesias oriental (ortodoxa) y occidental (católica) en el primer milenio, antes de su separación. La proponente más abierta de la ordenación de mujeres, la Dra. Elfriede Kreuzeder (1927-2013), que después fue la primera mujer ordenada al sacerdocio en la Iglesia Veterocatólica austríaca, respondió acuñando el término “terrorista de conciencia” para describir a su oponente. La idea era que alguien invocaba su propia conciencia para “aterrorizar” a quienes promovían cambios en las creencias y prácticas de la Iglesia, equiparando así el desacuerdo o la resistencia con el terrorismo psicológico.
Historia y alianzas
Los veterocatólicos constituyen una pequeña comunión de iglesias, que hoy suma quizás unos 50.000 a 60.000 miembros en todo el mundo, y que se originó como un cisma dentro de la Iglesia Católica de los Países Bajos en el siglo XVIII. Durante más de un siglo después, sus obispos aseguraban ser buenos y ortodoxos católicos romanos, a pesar de que el papa iba excomulgando a cada obispo sucesivo cuando era consagrado a ese cargo. Pero cuando, en 1870, el Concilio Vaticano I promulgó el dogma de la infalibilidad del papa y su jurisdicción universal, los obispos veterocatólicos llegaron a la conclusión de que el papado había abrazado el error y por lo tanto abandonaron su autoridad.
A partir de 1870, esos obispos ayudaron a la fundación de Iglesias “Veterocatólicas” en Alemania, Suiza, Austria y lo que es hoy la República Checa; en 1898 hicieron lo mismo para la Iglesia Católica Nacional Polaca (PNCC, siglas en inglés) en los Estados Unidos y Canadá, la cual era fruto de resentimientos étnicos y disputas sobre la propiedad de bienes raíces eclesiásticos, y no de disputas dogmáticas. En la década de 1920 la PNCC se extendió a la propia Polonia, pero un cuarto de siglo después, bajo el gobierno comunista, fue forzada a separarse de su Iglesia madre y tomó el nombre de Iglesia Polaco-Católica en la República de Polonia.
Dado que la Sede de Utrecht había sido el centro de la cismática Iglesia Veterocatólica Romana de los Países Bajos (que siguió siendo por mucho tiempo su nombre legal, incluso después de los acontecimientos de la década de 1870), su arzobispo de Utrecht llegó a ser el primado de la comunión veterocatólica de la “Unión de Utrecht” cuando esta se organizó en la década de 1880, con una autoridad simbólica similar a la del arzobispo de Canterbury en la Comunión Anglicana. Como lo indica el nombre “veterocatólica”, el objetivo de la nueva comunión era retornar a la “fe católica del primer milenio”, y desde su inicio hubo mucho interés por los veterocatólicos entre figuras importantes de las Iglesias Ortodoxas, especialmente entre los rusos, quienes les ofrecieron solidaridad, notoriedad y a veces ayuda.
También hubo un fuerte interés por los veterocatólicos entre los anglicanos, especialmente los anglicanos británicos, algunos de los cuales al principio consideraban el veterocatolicismo como el inicio de una “nueva Reforma” entre los católicos, mientras que otros lo veían como un “catolicismo no papista” con una mentalidad similar a la suya. En efecto, en las primeras décadas del siglo XX, los veterocatólicos europeos en gran medida llegaron a considerarse a sí mismos como un puente entre los ortodoxos y los anglicanos, con un fuerte interés por facilitar la eventual reunificación de todos ellos.
La mayoría de las iglesias veterocatólicas reconocieron pronto la “validez católica” de las Sagradas Órdenes anglicanas (aunque los neerlandeses se esperaron hasta 1925) y de sus ordenaciones (reconocimiento que les fue formalmente negado a los anglicanos por el papado en 1896 y que las Iglesias Ortodoxas nunca otorgaron). Debido a una concatenación de factores teológicos, sociales y políticos, las relaciones de “colegialidad” entre veterocatólicos y anglicanos avanzaron mucho más rápidamente que entre los veterocatólicos y los ortodoxos, con el resultado de que, a partir de 1931, las Iglesias veterocatólicas adoptaron acuerdos de “intercomunión” (es decir, de compartir recíprocamente los sacramentos) con la mayoría de las Iglesias anglicanas.
Divisiones sobre el “desarrollo”
Desde la década de 1930 hasta fines de la de 1960 los veterocatólicos cultivaron relaciones estrechas con Iglesias anglicanas y ortodoxas, y se siguieron un buen número de útiles encuentros teológicos, intercambios y publicaciones, así como una profundización de contactos personales. Pero el fuerte movimiento liberalizador que se asentó entre las Iglesias anglicanas a partir de mediados de la década de 1960, que se centraba —aunque no exclusivamente— en torno a la cuestión de la ordenación de mujeres (porque inevitablemente llegó a incluir todos los aspectos de la enseñanza eclesiástica sobre la sexualidad y la moral sexual), hizo que salieran a flote fuertes tensiones, especialmente entre anglicanos y ortodoxos. Los primeros, en sus diferentes provincias eclesiásticas, se fueron moviendo a diferentes velocidades, pero en última instancia sin parar, para aceptar el nuevo “desarrollo”, mientras que los ortodoxos (con la excepción de algunos teólogos académicos ortodoxos, principalmente griegos) se mantuvieron firmes e inflexibles, aunque a veces sin hacerse oír mucho, en su oposición a esa tendencia.
Escribe Virgilio en su Eneida que “facilis descensus Averno”: “el camino al Averno [el inframundo] es fácil” (con lo cual se da a entender que “el camino de salida es difícil”).
En un inicio los veterocatólicos estaban opuestos casi por unanimidad, en el nivel episcopal, a la ordenación de mujeres: a menos que, como dictaminó una reunión de los obispos veterocatólicos en 1978, un “concilio ecuménico” compuesto por obispos de las Iglesias Católica, Ortodoxa, Anglicana y Veterocatólica aprobaran ese nuevo “desarrollo”. Pero no estuvieron dispuestos a “agravar aún más las divisiones eclesiales” rompiendo la comunión con aquellas Iglesias anglicanas que habían comenzado a ordenar mujeres, y fue esta omisión bien intencionada de actuar en forma decisiva (según mi análisis, y como se explicará más adelante) lo que produjo “la caída de la Unión de Utrecht”.
Un factor adicional en este proceso, al cual solo puedo aludir de paso, fue el influjo de una mínima pero constante migración de sacerdotes católicos hacia las Iglesias veterocatólicas a lo largo de todo ese período. Algunos de estos recién llegados hacían el cambio solo para casarse, pero muchos lo hacían por convicciones liberalizantes o modernistas, lo cual añadió a la amalgama veterocatólica una afinidad por una especie de “nuevo catolicismo” o “catolicismo alterno”.
De las Iglesias miembros de la Unión de Utrecht, solo la PNCC emprendió la acción decisiva y necesaria de ir rompiendo la comunión, una por una, con aquellas Iglesias anglicanas que iban abrazando el nuevo “desarrollo”. Comenzando en 1996, cuando algunas Iglesias de la Unión también empezaron a ordenar mujeres al sacerdocio, la PNCC dio la misma respuesta. El resultado de esto fue que en 2003 la PNCC fue expulsada por el voto mayoritario de los obispos de la Unión, quienes para entonces habían cambiado de opinión sobre la cuestión de la ordenación de mujeres.
El interés peculiar de esta triste historia de cambio y decadencia radica en que constituye un ejemplo de lo que hace décadas un amigo mío denominó la “herejía de lo simpático”, es decir, de cómo el deseo de hablar con dulzura, de ser encantadores y gentiles, cualidades que a menudo se equiparan con demasiada rapidez a la “conducta cristiana”, puede producir consecuencias calamitosas. El antónimo de “simpático” obviamente es “antipático” [Nota del traductor: El autor hace en inglés un juego de palabras con los términos nice y nasty, que suenan parecido pero son antónimos.], y es difícil esquivar la conclusión de que en esas situaciones una especie de “antipatía cristiana” —o mejor, lo que Dietrich von Hildebrand llamó “el anatema caritativo” en su libro que lleva ese título— es más necesaria que la “simpatía”. Vista desde ese ángulo, la moraleja de este cuento tiene una aplicación cristiana mucho más general de lo que este oscuro episodio parecería justificar.
Descenso y deceso
Para volver al asunto del primer párrafo, a mi artículo de 1998 le di seguimiento en el número de Touchstone de enero/febrero de 1999 con un largo y detallado ensayo titulado “Veterocatólicos, nuevas doctrinas: sobre el deceso de la Unión de Utrecht”. Ese artículo trataba del origen y la postura teológica de las Iglesias Veterocatólicas de la Unión de Utrecht, su rechazo de “los dogmas papales” de la Iglesia Católica romana, su aspiración a partir de la década de 1880 de constituir un puente entre las Iglesias Anglicana y Ortodoxa, y su consternación cuando las Iglesias anglicanas comenzaron a ordenar mujeres a principios de la década de 1970. Ya para el tiempo en que se publicó mi artículo, era evidente que las Iglesias veterocatólicas no estaban dispuestas a romper la comunión que habían alcanzado con las Iglesias anglicanas a cambio de buscar la reunificación con las ortodoxas, y predije que eso implicaría la ruina de su postura católica histórica tanto sobre la cuestión de la ordenación como sobre la aceptación de la pseudogamia homosexual (ya en 1997 el sínodo veterocatólico austríaco había votado para endosar la bendición de los “matrimonios” homosexuales).
Unos meses después de publicado ese artículo recibí una carta indignada de Joachim Vobbe, obispo veterocatólico alemán de 1995 a 2009. Me regañaba por calificar de “no católica” la ordenación de mujeres, cuando solo los católicos romanos (según alegaba él) la consideraban como asunto cerrado, y especialmente discrepaba de mi afirmación de que aceptarla conduciría inevitablemente a la aceptación de la práctica y el “matrimonio” homosexuales. Los acontecimientos demostraron que él estaba equivocado, pero en toda justicia debo señalar aquí que el Obispo Vobbe se mantuvo opuesto a la “santificación” de la pseudogamia homosexual por mucho tiempo después de que los otros obispos veterocatólicos europeos hubieron depuesto sus armas (si es que las tenían en un principio) en esa batalla.
Veintisiete años después, todo eso ha sucedido ya. Si bien la minúscula Iglesia Veterocatólica checa no bendice los “matrimonios” homosexuales, sí ordena mujeres; y si bien la minúscula Iglesia Polaco-Católica no ordena mujeres ni bendice los “matrimonios” homosexuales, se ha mantenido firme en su negativa a salir de la Unión de Utrecht por esas cuestiones, a pesar del ejemplo de su Iglesia madre norteamericana, la PNCC, que fue expulsada de la Unión en 2003 por el asunto de la ordenación femenina. Todas las demás Iglesias veterocatólicas de la Unión de Utrecht ordenan mujeres y también bendicen “matrimonios” homosexuales, con los mismos ritos que se usan para los matrimonios heterosexuales.
La PNCC se queda sola
En febrero de 2023, la Iglesia Veterocatólica austríaca eligió como obispo a una mujer, Maria Kubin, una psicoterapeuta que había sido católica romana. Siete meses después, en septiembre de 2023, el arzobispo veterocatólico de Utrecht (primado de la Unión de Utrecht), acompañado por otros obispos veterocatólicos europeos, consagró a cuatro nuevos obispos para la Iglesia Polaco-Católica, entre los cuales se hallaba el jubilado predecesor varón de la Obispa Kubin. Este hecho marcó y subrayó la decisión de la Iglesia Polaco-Católica de permanecer en comunión con un grupo de Iglesias algunas de cuyas prácticas, sobre todo la ordenación de mujeres y la bendición de la pseudogamia homosexual, ella misma había rechazado durante los treinta años anteriores.
Menos de una semana después de esas consagraciones, los obispos de la PNCC emitieron una declaración formal en que cortaban la comunión con la Iglesia Polaco-Católica. Los obispos citaban “El camino a la unidad” —una colección de documentos resultantes de los diálogos entre veterocatólicos y ortodoxos, publicada en 1987, en que todas las partes expresaban su acuerdo sobre la necesidad de mantener tanto una sucesión apostólica de obispos como una continuidad de la doctrina apostólica como elementos constitutivos de la Iglesia— y pasaban a declarar que los obispos de la Unión de Utrecht habían contravenido ese acuerdo “en particular… con respecto a la Ordenación, con la ordenación de mujeres al sacerdocio y recientemente al episcopado, y al Matrimonio, con la bendición de uniones del mismo sexo”. La declaración de la PNCC concluía con el enunciado de que, al participar en una liturgia de consagración episcopal con esos obispos de la Unión de Utrecht, “los dirigentes de la Iglesia Polaco-Católica en la República de Polonia han roto su comunión con la Iglesia Católica Nacional Polaca en los Estados Unidos y Canadá”.
Al año siguiente, en mayo del 2024, Frank Bangerter, un sacerdote veterocatólico suizo que por mucho tiempo había vivido abiertamente en una pareja homosexual, fue elegido como siguiente obispo de su Iglesia. Después de su elección se expresó así:
La Iglesia Cristiana Católica [nombre oficial del organismo veterocatólico suizo] tiene dos logros, la ordenación de mujeres y el matrimonio para todos, que considero de potencial ilimitado. Podemos expresar, y expresaremos aún más, que somos una Iglesia liberal abierta en la tradición católica. Estamos cerca de la vida, no excluimos a las personas que se han divorciado, reconocemos la diversidad en lo referente a orientación sexual y estilos de vida.
Dos adagios que quedan demostrados
Escribe Virgilio en su Eneida (6:126) que “facilis descensus Averno”: “el camino al Averno [el inframundo] es fácil” (con lo cual se da a entender que “el camino de salida es difícil”), mientras que otro romano, Aulo Gelio, en sus Noctes Atticae (12:11:7) consigna el proverbio “veritas temporis filia”, “la verdad es hija del tiempo”; es decir, que es solo con el paso del tiempo que se manifiesta la verdad de las cosas. El destino del “veterocatolicismo” es un ejemplo de la verdad de esos dos adagios.
—Se pueden encontrar noticias veterocatólicas en utrecther-union.org/category/news, que es una de las fuentes de este informe. La declaración de los obispos de la PNCC apareció en el número de octubre de 2023 de su periódico God’s Field, disponible en pncc.org/wp-content/uploads/2023/10/oct_2023_gods_field_online.pdf.
De Touchstone, Julio/Agosto de 2025.
William J. Tighe , uno de los editores principales de Touchstone, fue profesor de Historia en Muhlenberg College en Allentown, Pensilvania, hasta su jubilación en 2024. Es miembro de la Iglesia Católica Ucraniana de San Josafat en Bethlehem, Pensilvania.
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