Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
Multitudes sin afeitar
¿Ha muerto el cristianismo masculino?
Uno de los grandes eclesiásticos de nuestro tiempo, el Cardenal George Pell de Ballarat, Australia, falleció en Roma el 10 de enero de 2023. Tenía 81 años. Lo conocí en 1994, cuando él era el obispo auxiliar católico de Melbourne. Yo había viajado a Australia para dar varias conferencias en un encuentro de la Asociación Familiar de Australia (AFA), de la cual él era el asesor eclesiástico. Según me habían dicho, era un hombre físicamente imponente, alto y musculoso. En su juventud se había destacado en el fútbol australiano, un deporte que hace que la versión estadounidense parezca un juego de niños. En efecto, en 1959 firmó un contrato como jugador profesional para el famoso Club de Fútbol de Richmond. Sin embargo, pronto dejó el deporte para estudiar para el sacerdocio católico.
Su presencia reavivó el recuerdo de una descripción del espíritu que se encontraba entre los miembros de la orden católica de los jesuitas en la década de 1930. “El modelo era de un cristianismo varonil y una masculinidad imperturbable”, escribió el historiador Peter McDonough en su libro Men Astutely Trained (“Hombres entrenados astutamente”). El sacerdote era heredero de esa banda totalmente masculina de discípulos de Cristo, y de él se esperaba que mostrara la misma valentía abnegada que ellos habían mostrado siglos atrás. Como lo explicó un novicio de la era moderna, esos eran jóvenes “fundamentados en el espíritu de San Ignacio: hombres de corazón generoso y de fuerte constitución física, equipados en sí mismos para vencer a Satanás y para arrancar de las fauces del infierno a las almas que estaban hechas para el cielo y para la bienaventuranza”.
El cristianismo masculino de Pell se vio coronado o completado por su papel de padre espiritual, tanto en el nivel parroquial como en el social. Su charla en el encuentro de la AFA celebraba la familia natural como la incubadora de la fe cristiana, y advertía sobre las fuerzas que conspiraban para destruirla. En el 2001 me invitó a volver a Australia para dar el discurso de fondo en la fundación de su nuevo proyecto, el Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia, de Melbourne. él fue patrocinador formal de varios eventos controversiales del Congreso Mundial de Familias que se efectuaron en su país. Como decía yo a veces en broma, él tenía el voto de este protestante para que fuera el próximo papa.
A los líderes sombríos de la izquierda cultural de Australia, incluyendo a la influyente “comunidad gay” de Sídney, esta forma de liderazgo religioso y social masculino les resultaba intolerable: decidieron que a George Pell había que destruirlo. En el 2002 divulgaron alegatos de que cuatro décadas atrás Pell había abusado sexualmente de un niño de 12 años, un cargo que se desvaneció a la luz del día. En el 2017 lo intentaron otra vez, lanzando alegatos patentemente absurdos de un ataque sexual a un menor que había ocurrido, decían, cuando él era arzobispo de Melbourne.
Pell, ahora prefecto del Secretariado para la Economía en el Vaticano, volvió a su patria para ser juzgado. Turbas furiosas se reunían cada día fuera del tribunal, exigiendo que Pell fuera declarado culpable. El primer juicio terminó con un jurado indeciso. Un segundo jurado, en cambio, cedió ante la turba. Pell fue condenado y comenzó a cumplir una condena de seis años de cárcel en régimen de aislamiento. Sin embargo, en abril del 2020 la Corte Suprema de Australia revocó la condena, dictaminando que el jurado había traicionado su confianza. No obstante, el destino de George Pell se levanta con grandeza ante los ojos de quienes aspiran a ser defensores de un catolicismo varonil y tradicional.
La casa de Herr Pastor
El protestantismo masculino ha sufrido en nuestro tiempo un destino diferente, aunque igualmente funesto. El modelo, desde luego, había sido Martín Lutero. Después de rechazar el celibato de por vida para los clérigos, denunciando los abusos, los reformadores alemanes del siglo XVI abrazaron una estructura familiar fuertemente patriarcal. Herr Pastor presidía una familia bulliciosa, rica en prole y en actividad. Empleaba los atributos masculinos de previsión, toma de riesgos y valentía, y fungía como protector del hogar cristiano: ante todo su propio hogar, pero también los que estaban bajo su cura pastoral.
La esposa del pastor, inspirada por la mujer de Proverbios 31, daba a luz a los hijos, administraba los asuntos diarios de la familia, cuidaba a los enfermos, e inspiraba y aconsejaba a las mujeres en la congregación de su marido. Es famoso el caso de la esposa de Lutero, Katharina, quien dio el ejemplo como madre de diez hijos (seis naturales y cuatro “adoptivos”), “jefa de Zuhlsdorf” (la granja familiar) y “estrella matutina de Wittenberg”, conocida porque madrugaba para atender sus múltiples deberes. Los laicos, como padres de familia, y sus buenas esposas seguían el ejemplo pastoral.
En su libro notoriamente favorable When Fathers Ruled: Family Life in Reformation Europe (“Cuando los padres mandaban: La vida familiar en la Europa de la Reforma”), el historiador Steven Ozment, de la Universidad de Harvard, describe esa realidad como “el apogeo de la familia nuclear patriarcal”. Los luteranos exaltaban y promovían el hogar cristiano como el factor que traía “la liberación de hombres, mujeres y niños de la esclavitud religiosa, sexual y vocacional”. En un sentido más amplio, “el padre no solo proveía para las necesidades actuales y futuras de su familia inmediata, sino que también extendía su casa” por toda la localidad, prestando ayuda “a la iglesia y la escuela, los amigos y los vecinos, los pobres y los necesitados”.
El derrumbe final del hogar pastoral protestante tuvo lugar en las décadas medias del siglo XX, cuando comenzó la ordenación de mujeres. Ese acto negaba abiertamente que el oficio de pastor tuviera atributos masculinos que eran necesarios; ya aquí no se necesitaba un cristianismo varonil. Indirectamente, pero en forma igualmente cruel, la ordenación de las mujeres destruyó el oficio informal de la esposa del pastor. En paralelo con las tradicionales monjas católicas, que descubrieron que su vida y su trabajo (y hasta su vestimenta) se hallaba bajo ataque después del Concilio Vaticano II, ahora las esposas de los pastores quedaban despedidas como reliquias vergonzosas de un innecesario pasado patriarcal. Hacían frente a un desafío en común: “¿Así que quieres hacer trabajo eclesiástico, querida? Entonces ordénate; o consigue en otro lado un trabajo de verdad.”
Un signo muy visible
Por su parte, las mujeres ordenadas se convirtieron en las pioneras espirituales de la corriente transgénero, una forma distorsionada de masculinidad en un entorno postmasculino. Tratando de abrirse espacio en el patrón masculino todavía implícito, se cortaron el pelo, suprimieron sus senos, trataron de esconder todas las otras curvas naturales, y adoptaron sonrisas sombrías. Esos rostros grises pueblan ahora las asambleas eclesiales del protestantismo progresista.
No importa de cuántas maneras pueda una mujer introducir o bombear testosterona en su cuerpo, no podrá producir más que una patética maraña de vello ralo en su mentón. Ahí es donde los transgéneros espirituales se encuentran con su Hacedor.
Los católicos progresistas están deseosos de ponerse al paso. Planeando un trazo magistral, los alemanes que administran el actual “Camino Sinodal” están avanzando, según informes confiables, hacia dos actos: primero, alegando lo de los abusos sexuales, quieren que la Iglesia Católica permita que los sacerdotes se casen. Y segundo, quieren que la misma Iglesia ordene mujeres. Esto destruiría de un solo golpe tanto el sacerdocio masculino célibe como la alternativa del Herr Pastor, poniendo fin así a dos milenios de cristianismo masculino en Occidente.
¿Y qué hay del Oriente? Entre los ortodoxos, los patriarcas todavía están al frente de las Iglesias autocéfalas, y el sacerdocio sigue siendo exclusivamente masculino, incluso entre los griegos “progresistas”. Hace algunos años yo estaba disfrutando de una cerveza con el ético médico Tristram Engelhardt. Nacido en Texas y convertido a la ortodoxia por medio de la Iglesia de Antioquía, él se presentaba a veces a una reunión con sombrero y botas de vaquero, asegurando ser “un árabe tejano”, y así vestía aquella noche. Yo dije algo positivo acerca de la “transigencia” ortodoxa en asuntos de la familia, al preservar el celibato como la norma para los monjes y aquellos que aspiraban al liderazgo eclesiástico, mientras se animaba a los párrocos a casarse y a tener muchos hijos. él replicó de una estocada: “¿Transigencia? ¡Jamás! ¡Esta es la verdad divina!” Tal vez sea así, pero eso lo dejo para otra conversación.
Aún así, los ortodoxos orientales les han dado a los hombres jóvenes cristianos de hoy el modelo y el respeto por otro signo —muy visible por cierto— de la masculinidad: ¡la barba! Mientras que la mayoría de los reformadores protestantes se dejaban crecer la barba como indicación de masculinidad viril (y filoprogenitiva), e incluso los prelados católicos adoptaron esa moda (aunque por diferentes razones) en los siglos XVI y XVII, ya para el siglo XX la mayoría de los clérigos católicos y protestantes evitaban el pelo facial. Solo los ortodoxos consideraban y mantenían la barba cerrada como señal de fidelidad.
Ahora esto está cambiando. Según algunos relatos, el regreso a las barbas comenzó hace una década con el ejemplo del “Comandante Duck” Phil Robertson y su Dinastía Duck, con base religiosa en la espiritualidad de los bautistas del Sur. [Los bautistas del Sur son la rama más conservadora de los bautistas en EE. UU. “Dinastía Duck” fue una serie de televisión muy popular que se emitió de 2012 a 2017, protagonizada por los hombres de la familia Robertson y su negocio “Duck Commander” que vendía implementos para cazadores de patos. — Nota del traductor.] Sin embargo, las barbas parecen estar creciendo ahora en todos los ámbitos del Mero Cristianismo. Mi propia parroquia luterana, fiel devota del Sínodo de Misuri [El Sínodo de Misuri es la rama más conservadora del luteranismo estadounidense. — Nota del traductor.], incluye a muchos jóvenes atraídos por un pastor lleno de energía que predica un evangelio masculino. La mayoría de ellos tienen barba cerrada.
Tal vez esa sea la respuesta de Dios a la herejía de la ordenación femenina. No importa de cuántas maneras pueda una mujer introducir o bombear testosterona en su cuerpo, no podrá producir más que una patética maraña de vello ralo en su mentón. Ahí es donde los transgéneros espirituales se encuentran con su Hacedor. ¡Que florezcan millones y millones de folículos cabelludos! •
De Touchstone, Mayo/Junio de 2023.
Allan C. Carlson es uno de los editores principales de Touchstone.
Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
