Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
Los Estados Unidos después del cristianismo
El tenebroso encanto del neopaganismo
En una alocución por televisión en 1974, el Arzobispo Fulton Sheen declaró que “nos hallamos al final de la cristiandad”, la cual definió como “la vida económica, política [y] social inspirada por principios cristianos”. “Eso se está terminando —dijo—; lo hemos visto morir.” Un cuarto de siglo después, el Papa San Juan Pablo II dijo: “Incluso en países que fueron evangelizados hace muchos siglos, la realidad de una ‘sociedad cristiana’ que, en medio de todas las fragilidades que siempre han caracterizado la vida humana, se medía a sí misma explícitamente conforme a los valores del Evangelio, ha pasado ya.”
Por muy debatible que fuera hace cincuenta años la valoración de Sheen, o la de Juan Pablo II en 2001, hoy día es innegable. La cristiandad ya pasó. Nos demos cuenta de ello o no, Occidente ha ingresado en una nueva era que es postcristiana.
¿Qué significa eso exactamente? Para empezar, significa que la moral cristiana ya no va a dar forma a nuestra vida pública. También significa que ya no vamos a desear o buscar cristianos para cargos de liderazgo en la sociedad. De hecho, consideraremos que los cristianos sinceros son intolerantes y fascista, no aptos para puestos de confianza pública. Esta opinión ya ha sido ampliamente aceptada por la corriente principal de la izquierda, y en ciertos aspectos la está adoptando ahora la derecha. En resumen, la descristianización de los Estados Unidos significa que la corriente principal de la cultura en nuestro país ya no será simplemente secular o neutral con respecto a los cristianos: será activamente hostil contra la fe cristiana.
Si una sociedad estadounidense descristianizada es hostil hacia la fe cristiana, también será hostil hacia aquellos ideales y principios que se derivan de esa fe y que dependen de ella: cosas como la libertad de expresión y de religión, el gobierno por consentimiento, la igualdad ante la ley, los derechos humanos básicos. Ninguna de esas cosas va a ser tolerada por un orden cultural y político postcristiano. Desaparecerán junto con la cristiandad. Y ya están desapareciendo, ante nuestros propios ojos.
La mayoría de la gente de hoy en Occidente no se da cuenta de eso o no lo acepta. Pero está ocurriendo de todos modos. Por lo tanto, nuestra tarea es, primeramente, aceptar que este cambio de marea se está dando —de hecho, se ha dado ya— y, en segundo lugar, persuadir a los demás de la realidad de nuestra situación. Solo entonces podremos comenzar a pensar con claridad acerca de lo que hay que hacer al respecto.
Paralelos con la Roma pagana en decadencia
Hay una comparación histórica que podría ayudarnos a comprender todo esto. En su obra The Final Pagan Generation (“La última generación pagana”), el historiador Edward Watts dice que los romanos que nacieron en las primeras dos décadas del siglo IV d.C. fueron la última cohorte de paganos romanos. Esos romanos
nacieron en un mundo en que la mayoría de la gente creía que el orden religioso público pagano de los últimos milenios iba a continuar indefinidamente. Fueron los últimos romanos que crecieron en un mundo que simplemente no podía imaginarse un mundo romano dominado por una mayoría cristiana.
Cuando finalmente su mundo colapsó, eran hombres ya viejos que no se daban cuenta de que durante la mayor parte de su vida habían estado viviendo en un orden social y religioso que estaba desapareciendo para siempre. Los miembros mayores de esa generación nacieron en un imperio que nunca había tenido un emperador cristiano y que había suprimido activamente el cristianismo, además de perseguir con saña a los cristianos. Iban a morir en un imperio que nunca más sería gobernado por un emperador pagano y que nunca más iba a apoyar públicamente los sacrificios paganos, ni los templos y festivales del antiguo orden romano. No vieron venir al cristianismo, y cuando vino, no pudieron creer que transformaría su mundo para siempre.
Nos corresponde pensar en esa generación ahora, no porque nuestra fe cristiana esté en riesgo de correr la misma suerte que el paganismo romano, sino porque nosotros estamos en riesgo de cometer los mismos errores que cometió la última generación pagana: dar por sentado que nuestra sociedad, nuestra civilización, va a sobrevivir por mucho tiempo separada de su fuente, que ha sido siempre la fe cristiana, viva y activa entre la gente que la integra. A medida que el cristianismo desaparezca de la vida pública en Occidente, alguna otra cosa irá tomando su lugar. Y esa otra cosa ya está tomando su lugar.
La mejor manera de entender esta nueva era postcristiana en Occidente es como una repaganización: es decir, el retorno del paganismo en una forma moderna. Podríamos llamarlo neopaganismo para una era tecnológica y digital.
¿Por qué paganismo? Porque una vez que lleguemos al final del materialismo secular —y en efecto ya hemos llegado—, la única alternativa al cristianismo es alguna forma de paganismo, o al menos del ethos pagano.
Diferentes formas, idénticas raíces
¿Y qué queremos decir con “pagano”? Puede ser un término vago, o incluso llevar a confusión. El retorno del paganismo no significa que vayamos a ver un regreso de sus formas antiguas. No se erigirán templos a Zeus o a Apolo en el centro de Nueva York. Asumirá una forma contemporánea, una que compagine con nuestra era postmoderna de reencantamiento.
Por ejemplo, pensemos en la explosiva popularidad de “influencers de la brujería” en TikTok o en Instagram. La gente mayor podría reírse de eso, pero no debería. No es posible exagerar la medida en que las redes sociales realmente influyen y configuran nuestra cultura de hoy. La brujería suele ser presentada, especialmente a la gente joven, como un medio de empoderamiento y de identidad. Podríamos llamarla brujería terapéutica. Si uno la busca en línea, por todos lados la encontrará.
O para dar otro ejemplo, consideremos los cambios en el discurso acerca del aborto. En los tiempos de Roe versus Wade [el caso legal en que la Corte Suprema de Estados Unidos dio paso al aborto en 1973 — Nota del traductor], la justificación para el aborto era que el niño no nacido era “solo un conglomerado de células”, y que ponerle fin al embarazo no era diferente de hacerse una apendicectomía. Los avances en la tecnología médica en las décadas de 1980 y 1990 pronto hicieron que esa justificación fuera insostenible. Entonces se nos dijo que el aborto era una realidad lamentable del mundo moderno, que, con tal que la permitiéramos, debía ser “segura, legal y poco común”.
Hoy día ya ni nos molestamos por mantener esas ficciones corteses. Hace como diez años, los activistas proaborto acuñaron la frase “Proclama tu aborto”. A las mujeres se les dijo que no debían avergonzarse de matar a su niño no nacido, que el aborto era un bien positivo, que no debía asociarse con ningún estigma social, y que, en efecto, era algo que había que proclamar desde las azoteas.
Dado el estado de la tecnología médica en nuestros días, no puede haber debate razonable acerca de la humanidad de los no nacidos. Son seres humanos; están vivos; pueden sentir dolor; pueden incluso expresar sus preferencias por cierto tipo de alimento. Hoy día nadie finge que los niños no nacidos son simples “conglomerados de células”. Y aún así, nuestro consenso cultural es que es posible matarlos con impunidad. En Estados Unidos se libró una guerra civil para erradicar la esclavitud, pero ahora hemos llegado a aceptar una nueva forma de esclavitud. Creemos que, para defender los derechos de las mujeres, a toda una clase de personas hay que negarles todos los derechos, incluyendo el derecho más básico que es la vida. Para decirlo sin rodeos, el aborto no es hoy simplemente una nueva forma de esclavitud: es también una nueva forma de sacrificio humano, cosa que ha sido característica de las sociedades paganas.
En su sentido más básico, paganismo quiere decir “no cristiano” o incluso “anticristiano”. En efecto, la cosmovisión pagana es una inversión casi perfecta de la cristiana. En lugar de un Dios trascendente y todopoderoso que gobierna toda su creación, la mente pagana postula una multitud de dioses inmanentes que pueblan nuestro mundo aquí y ahora. En vez de una moral objetiva basada en la creación como una realidad dada y en un orden moral fijo, el ethos pagano exige un relativismo moral apropiado para un mundo en que lo correcto y verdadero es contingente. En lugar de ver a cada persona como una criatura con dignidad inherente, creada a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto igual en su naturaleza humana ante Dios, el pagano cree en una desigualdad natural y fundamental, y no ve razón alguna por la que los fuertes no deban gobernar a los débiles y explotarlos. Los fuertes y poderosos son naturalmente superiores a los débiles e impotentes, y por ende es justo que tengan dominio sobre ellos.
En efecto, la idea de que los débiles y los sin poder cuentan, de que tienen igual dignidad que los poderosos, es una idea exclusivamente cristiana. Uno no podría encontrarla en ninguna parte en los largos anales del pasado pagano. Es por eso que las sociedades paganas, si son avanzadas, en algún momento asumen la forma de imperios esclavistas gobernados por una clase sacerdotal que practica alguna forma de sacrificio humano. Eso se cumple en amplias extensiones de tiempo, de geografía y de culturas. Desde Babilonia hasta Cartago, pasando por los vikingos de Europa del norte y los imperios azteca e inca en América, las culturas paganas más avanzadas pueden haber tenido diferencias externas, pero en lo medular eran lo mismo.
Fue solamente el encuentro con la cristiandad lo que puso fin a las depredaciones de esos imperios paganos. No fue el simple paso del tiempo. La humanidad no podía salir —y no salió— por simple evolución de la esclavitud y de los sacrificios humanos propios del paganismo. Solo Cristo podía mostrar la salida.
Nos engañamos hoy si pensamos que el simple avance tecnológico o el conocimiento científico nos van a ahorrar ese tipo de prácticas paganas de sacrificio, mutilación y depravación que caracterizaban al mundo antiguo. Después de todo, esas cosas están regresando ahora en formas nuevas y espantosas; y no, no van a desaparecer como resultado de unas elecciones o de un decreto ejecutivo.
Falsa trayectoria
Lo que deberíamos aprender del regreso del ethos pagano es que algo hemos entendido muy mal acerca de la trayectoria de la civilización occidental. Ya debería estar muy claro que nuestra sociedad descristianizada no va a ser una era de liberalismo secular caracterizado por una siempre creciente libertad personal y autonomía, tolerancia y un espíritu de vivir y dejar vivir. Ya por varias generaciones se nos ha enseñado que el liberalismo secular es el sucesor natural de la cristiandad. La Ilustración —se nos dice— entresacó todo lo que pudo del cristianismo medieval y, desechando sus creencias supersticiosas en un Dios invisible y en un cosmos encantado, colocó a la humanidad en una ruta de progreso racional, cuya meta era dominar la naturaleza, superar las debilidades de la naturaleza humana, y crear un paraíso sobre la tierra.
En la medida en que Jesucristo y su evangelio tuvieron un papel que desempeñar en ese esfuerzo, ese papel consistía simplemente en señalar el camino hacia una moral “universal”, que se podía descubrir por medio de la razón humana y alcanzar mediante la decisión y el gobierno racionales. El secularismo, un concepto heredado de aquellos supersticiosos cristianos medievales, se convertiría en el principio organizador de la política liberal. La era secular ponía su confianza en la ciencia y el materialismo científico como nuestra única fuente de conocimiento, e insistía en que una especie de cristianismo sin Cristo bastaría para mantener el orden liberal.
Pero no resultó así. Lo que comenzó en los siglos XVII y XVIII como un proyecto para liberarnos de los grilletes y la superstición de la religión había de terminar, en el siglo XX, con la matanza masiva de millones de seres humanos y la creación de los regímenes más tiránicos de la historia humana: regímenes que pretendían estar guiados por la ciencia, la racionalidad y un frío y duro materialismo. Y donde no produjo regímenes así, como es el caso aquí en Occidente, había de producir una cultura de vano consumismo, desintegración familiar, aborto masivo, confusión sexual, aislamiento, irreligión, hedonismo y desesperanza.
Resultó que el liberalismo, que en sí mismo era producto de la civilización cristiana, no podía sobrevivir si se lo separaba de su fuente, que ha sido siempre el cristianismo. Lo que se ha vuelto obvio, aquí en los albores del siglo XXI, es que en Occidente hemos estado viviendo a expensas del capital de la cristiandad, haciendo retiros del depósito de nuestra civilización cristiana sin reabastecerlo. Y ahora el capital se ha terminado.
Pasos de ciego hacia atrás
Entonces no: el futuro del Occidente postcristiano no será secular ni será liberal. Tampoco será ateo ni materialista, o al menos no del todo. El materialismo y el ateísmo, como ya podemos verlo, no logran darle al hombre el sustento espiritual que él requiere. Habiendo desterrado la religión cristiana, y habiendo supuestamente avanzado más allá de ella, nos hallamos ahora ocupados tratando de encontrar una nueva que llene el vacío que hay en el corazón de nuestra civilización. En pocas palabras, nos estamos embarcando en un gran reencantamiento.
Pero eso de reencantamiento, en este contexto, significa principalmente un encantamiento tenebroso. Los viejos dioses están regresado, con nuevos nombres y en nuevas formas. Desde luego, en realidad nunca se fueron; solo se escondieron mientras nos esforzábamos bajo el engaño de que habíamos crecido más que ellos y los habíamos desterrado, tras evolucionar para comprender el mundo en términos estrictamente materialistas y científicos.
Esos viejos dioses, según pensábamos, no eran más que los relatos simples que la humanidad se narraba a sí misma en su infancia, así como el mensaje cristiano era una ficción que nosotros nos decíamos a nosotros mismos en nuestra adolescencia. Una civilización completamente madura no tenía necesidad de esas cosas. Habíamos “visto a través de ellas” y habíamos entendido por fin que las únicas cosas verdaderas, las únicas cosas reales, eran aquellas que podíamos medir con nuestros instrumentos, las cosas que podíamos cuantificar.
Pero estábamos equivocados. Resulta que la cosmovisión racionalista y pagana nos deja fríos y sin realización personal, así como el afán por la riqueza y el confort no llega a saciarnos. Deseamos tener una conexión con algo verdadero, y percibimos, en un nivel profundo, que el mundo espiritual es realidad.
Y lo es. Esa es una cosa que el mundo pagano y la cristiandad tienen en común. Pero como ya perdimos nuestra fe cristiana, y al buscar ahora alguna forma de encantamiento, estamos dando pasos de ciego hacia atrás, hacia el pasado pagano, con toda su sangre, su fuego y su violencia.
La verdadera contienda
El resurgimiento del ethos pagano, entonces, tiene para nosotros consecuencias que van más allá de la ruina de las vidas individuales, porque es totalmente incompatible con cosas como el constitucionalismo estadounidense o la república estadounidense. Para comprender por qué, es necesario reconocer que la proposición estadounidense de que todos los hombres han sido creados iguales es una afirmación religiosa, y específicamente una afirmación cristiana.
Es decir, los fundadores de los Estados Unidos no eran secularistas. La única razón por la que creían que todos los hombres han sido creados iguales era porque creían que todos somos hijos de Dios, creados a su imagen. Todo nuestro sistema de gobierno brota de esa creencia; sin ella, el sistema entero se derrumba. La idea de que toda persona es en alguna forma sagrada, portadora de la imago Dei, es evidente por sí misma solo para una conciencia moral formada y despertada por las enseñanzas del cristianismo a lo largo de los siglos, enseñanzas que, según creemos los cristianos, vienen de Cristo mismo.
La contienda se da entre una visión del mundo pagana y otra cristiana. Y la proposición que se halla en el corazón de la visión pagana es que todos los hombres no han sido creados iguales; no han sido dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables. Es una proposición que proviene de orden más antiguo, precristiano. Declara que algunos hombres son por naturaleza esclavos y otros son amos. La desigualdad es inherente en nuestra naturaleza y por lo tanto debe reflejarse en nuestro gobierno y en nuestras leyes.
Habiendo rechazado el cristianismo, ¿qué podemos afirmar en Occidente en contraposición a esas afirmaciones paganas? Nada.
Si no hay fe no hay república
Para combatir el retorno del paganismo, los cristianos en Estados Unidos tendrán que desechar la falsa noción, que en Occidente se ha sostenido por demasiado tiempo, de que la religión es un asunto puramente privado, y de que debe haber un “muro de separación” entre nuestra religión y nuestra política. Tenemos que alegar, sin disculparnos, que la vida pública en este país debe ser configurada por la moral cristiana y ordenada por sus dictados, como lo fue por la mayor parte de la historia de nuestra nación.
Sin la fe cristiana viva y activa entre la gente no puede existir la república estadounidense, porque no puede haber base alguna para la proposición que se halla en su mismo centro: que todos los hombres han sido creados iguales. Esa proposición, para decirlo claramente, exige el cristianismo y todo lo que él conlleva.
Entonces, si queremos salvar nuestra república, tendremos que volver a convertirnos en una población cristiana. No bastará con ganar unas elecciones, o con asegurarse una sentencia favorable de la Corte Suprema, o con juntar una coalición mayoritaria en el Congreso. Se necesitará una reconversión del pueblo estadounidense y una refundación de la república. Y tenemos que ser realistas: eso no se va a lograr durante la vida de ninguno de los que hoy vivimos. Durará generaciones.
Eso quiere decir que nos espera un camino tortuoso, pero no se trata de un consejo de desesperanza. La única base sólida para la esperanza, en esta situación, es que seamos francos en cuanto a lo que ha pasado y lo que hay que hacer ahora. Sin una vida pública configurada por el cristianismo no puede haber república estadounidense. Separada de nuestra fe cristiana, nuestra civilización está muriendo. Esa es la pura verdad, y en el fondo, todos los hombres de fe y de buena voluntad sabemos que es válida.
Así sea. Como escribió G. K. Chesterton en The Everlasting Man (“El hombre sempiterno”): “La cristiandad ha tenido una serie de revoluciones, y en cada una de ellas el cristianismo ha muerto. El cristianismo ha muerto muchas veces pero ha resucitado, porque tiene un Dios que conoce el camino para salir del sepulcro.” •
Este artículo está basado en la charla que dio el autor en la conferencia Touchstone 2024, “Vida y muerte en el mundo negativo”.
De Touchstone, Mayo/Junio de 2025.
John Daniel Davidson es un editor principal en The Federalist y autor de Pagan America: The Decline of Christianity and the Dark Age to Come (Regnery, 2024).
Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
