Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
La cuestión de la identidad humana
La respuesta cristiana completa a la crisis de la modernidad
La sociedad occidental de hoy está turbada por la cuestión de la identidad. La mayoría de nosotros no somos académicos con suficientes dones y tiempo que dedicar a los incontables libros y estudios e interminables debates acerca del racismo, los derechos LGBT, el “matrimonio” homosexual, la polémica transgénero, los espermatozoides y óvulos de donantes, la maternidad subrogada, el colapso de la familia, la pornografía, el divorcio en aumento, la población que va disminuyendo, la teoría de la persona, el aborto, la eutanasia, el lenguaje de odio y la libertad de religión. Simplemente estamos conscientes de que adondequiera que miremos, nos vemos confrontados por el veneno, la disensión, la acusación y el conflicto. La afirmación que todos hacen de sus derechos toma precedencia sobre cualquier otra consideración. El debate racional sobrio y honesto ha llegado a ser bastante poco común. La confusión abunda por doquier.
La forma en que la Iglesia considera la identidad humana necesita ser aclarada, porque muchos cristianos están tan confundidos como sus amigos que no creen. Este ensayo se propone echar una mirada a varios de los textos antropológicos clave en la Biblia, en un esfuerzo por delinear una visión cristiana coherente y sencilla de la identidad humana que pueda ser útil, teológica y pastoralmente, mientras buscamos presentarle el evangelio a un mundo consternado y agitado.
Nuestra identidad humana creada
Nuestro primer texto es Génesis 1:27-28:
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla. Gobiernen sobre los peces del mar y las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.”
Este texto presenta una visión mítica de la creación, una revelación, mediante el poder de la imaginación, de una realidad universal y una profunda verdad que nosotros no podríamos conocer de otra manera. Hay que señalar aquí dos puntos: (1) Son el varón y la mujer juntos, sexualmente complementaos y de igual dignidad, los que son creados a imagen de Dios, y el primer mandato que reciben es el de procrear y asumir el dominio sobre el resto de la creación de Dios. Esa es nuestra identidad humana primaria y nuestra vocación. Cualquier noción de que una unión homosexual, intrínsecamente estéril, pudiera contar con una legitimidad dada por Dios, queda descartada. (2) El hombre (en ambos sexos) es creado a imagen de Dios; este es el fundamento de la dignidad humana y de cualesquiera derechos que podamos legítimamente reclamar. Pero el hombre no es por naturaleza, en sí mismo, la imagen de Dios. Solo Jesús es por naturaleza la imagen de Dios (Col 1:15; 2 Cor 4:4).
El segundo texto es Génesis 2:7:
El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.
Los demás animales también eran “seres vivientes” (Gn 1:20,24), pero carecían del espíritu de vida soplado por Dios que hacía de Adán la imagen de su Creador. Adán era un ser de un orden diferente del de los otros animales, espiritualmente emparentado con Dios, su Creador.
El tercer texto es Génesis 2:20b-24:
Pero para Adán no encontró ayuda adecuada. Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Entonces el Señor Dios formó, de la costilla que le había sacado a Adán, una mujer, y se la presentó al Adán. Adán exclamó: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará “mujer”, porque del varón fue sacada.” Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.
Este relato de la creación, a diferencia del primero, que simplemente coloca ante nosotros a los dos humanos uno al lado del otro, revela la intimidad óntica del hombre y la mujer, que se ha de consumar en el matrimonio. Son dos personas distintas, sexualmente diferenciadas; no son andróginas, pero están esencialmente unidas en su naturaleza humana.
Es Adán el que tiene la autoridad originaria en la relación; es a él al que, antes de la creación de quien sería su ayuda adecuada, se le dio la tarea de poner nombre a los animales; fue él quien, más tarde, llamó a su mujer “Eva”, y no ella quien lo llamó a él “Adán”; fue a él a quien Dios le dijo que no debía comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pero sin ella, él está solo, sin compañía adecuada para él —diferente de él pero de su misma especie—, y Dios considera que esto “no es bueno” (Gn 2:18). Al verla, él se llena de alegría. Ella es su ayuda orgánica, indispensable para su realización como hombre, así como él es indispensable para ella como su cabeza, cobertura y protector. Por medio del amplio cuidado que él ejercerá por ella y por la familia de ambos, ella tendrá la libertad de realizarse como mujer, principalmente, si no exclusivamente, mediante la procreación y la maternidad.
Creado a la imagen de Dios, que es amor, Adán está hecho para amar, para derramarse sobre otra persona, así como Dios —Padre, Hijo, y Espíritu Santo— se ha derramado al crear el mundo. Y, tomada del cuerpo de Adán, Eva está, por decirlo así, orgánicamente hecha para amarlo a su vez. El amor es una cuestión de relación: uno no puede amar a solas. La unión sexual de ellos afirmará y consolidará su amor y los hará capaces, en obediencia al mandato de Dios, de “ser fecundos y multiplicarse” (Gn 1:28).
Efectos de la caída
Nuestro cuarto texto, Génesis 3:1-7, relata la Caída. Dios le ha informado a Adán, y Adán le ha informado a Eva (Gn 2:15-17; 3:3) que no quiere que coman del árbol del conocimiento del bien y del mal. El núcleo de la tentación de la serpiente radica en los versículos 4-5, donde Eva es seducida por el prospecto del conocimiento y su poder. La serpiente representa a una figura verdadera, Satanás, un ángel caído, que un día tentará al propio Jesús y fracasará.
Pero con Eva tiene éxito. Si ella come del árbol —le dice la serpiente—, tendrá el conocimiento del bien y del mal y será como Dios. Ella (y también Adán) podrá decidir por sí misma lo que es bueno y lo que es malo. Brotan dentro de ella el interés por sí misma, la soberbia y la ambición, junto con un antojo carnal, y come. El pecado original es la desobediencia al mandato de Dios, que surge del hambre por ser como Dios. Se expresa en la autojustificación, la acusación, los celos, el ansia de poder y la violencia, tal como nos lo muestran las Escrituras y la historia. La modernidad y postmodernidad, con su pericia científica y tecnológica, están llevando esos efectos a su punto culminante: la pretensión de que el hombre no solo es como Dios sino que es Dios; no existe un ser que sea el Creador trascendente.
Un punto que rara vez se señala es que Eva era vulnerable a la tentación porque ni ella ni Adán estaban actuando conforme a su rol marital correspondiente, unos roles que fueron delineados con exactitud milenios después por el apóstol Pablo en su carta a los Efesios (5:21-33). Adán estaba “con ella” cuando Eva fue tentada (Gn 3:6), pero omitió protegerla ejerciendo su rol de autoridad espiritual. Pudo haberle dicho, y debió haberle dicho, que no hiciera caso de la mentira de la serpiente. Eva, por su parte, omitió someterse a la autoridad de él siendo deferente a él y al mandato que él había recibido de Dios de no comer del árbol. En este sentido, ella omitió ayudar a Adán a cumplir su llamado como hombre y como marido.
De modo que la unidad de ellos dos ya estaba comprometida antes de la Caída; y después de la Caída, quedó rota. Adán le echa la culpa a Eva; Eva le echa la culpa a la serpiente. El gozo inicial de Adán ante la presencia de Eva se cambia en acusación, y a partir de entonces él usará su autoridad sobre ella, no principalmente para protegerla, sino para dominarla y mandarla. La humanidad ha caído en la recriminación, la brutalidad y la corrupción. El primogénito de Eva, Caín, matará al segundo, Abel. El resto es historia.
Con la Caída, hombres y mujeres quedan separados de la intimidad con su Creador. La imagen de Dios que llevan permanece; su relación con él subsiste, pero la imagen se ha invertido y se ha vuelto negativa. La alienación, que se pone de manifiesto con el temor que experimentan Adán y Eva cuando Dios los llama en el huerto (Gn 3:9), viene a reemplazar al amor. El centrarse en sí mismos reemplaza el centrarse en Dios. Ese centrarse en sí mismos toma la forma de idolatría de las cosas creadas hasta que, con la modernidad, se convierte en autoidolatría en sí, aparejada con el ateísmo intencional. Los dones de la razón, la voluntad, la libertad y la conciencia, integrales al hombre hecho a imagen de Dios, todavía están ahí —Dios no los retira—, pero a partir de entonces su uso positivo, el cual, por la gracia de Dios, se expresará correctamente para adquirir dominio sobre la creación y construir la civilización, con frecuencia será pervertido por el impulso explotador del poder, el placer sin ley y la autoglorificación, tal como lo demuestran los siglos posteriores a los días de Adán en el relato bíblico de la torre de Babel (Gn 11). El dominio —mandato y expresión positiva de la imagen divina— se verá con demasiada frecuencia pervertido y transformado en dominación.
Tal es la identidad humana según la conocemos por la historia. No podemos comprender correctamente la identidad humana sin hacer referencia a la Caída. El hombre, tal como fue creado, se ha descoyuntado y a partir de entonces actuará en forma pecaminosa, es decir, en forma egocéntrica, incluso si permanecen constantes en su alma la capacidad del amor y la justicia y un anhelo interior por el gozo y la paz divinos y por la vida eterna. Una conducta que es innatural a la luz del relato de la creación, como la práctica de la homosexualidad, se volverá natural en el sentido de que la desobediencia a la ley natural de Dios se vuelve normal. El verdadero conocimiento y amor por el único Dios verdadero, el Creador, quedará fuera del alcance de la humanidad. Las falsificaciones antropocéntricas de la vida en Dios, la cual está enraizada en la dignidad humana universal y se expresa en la justicia y el gozo, brotarán a lo largo de toda la historia. El comunismo y el libertinaje sexual son dos ejemplos de ello en los tiempos modernos.
Los engaños del hombre caído
Antes de pasar a la siguiente etapa en la historia de la identidad humana, que se refiere a la oferta de redención que hace Dios, necesitamos insistir en que tanto la creación como el Pecado Original —la Caída—, según se revelan en las Escrituras, son aspectos fundamentales de la forma en que la Iglesia entiende la identidad humana y el problema del mal. Los cristianos no podemos asegurar que sabemos exactamente cómo se efectuaron esas realidades, pero difuminar cualquiera de ellas es quedarse sin entender el mundo real. Nosotros no nos creamos a nosotros mismos ni al resto de la naturaleza, y por eso no podemos intentar impunemente rehacer la naturaleza o a nosotros mismos a nuestra propia imagen mediante la manipulación tecnológica. Los postmodernistas gnósticos aseguran que eso es posible afirmando absurdamente, por ejemplo, que el género y la distinción sexual entre varón y mujer son constructos humanos y que la homosexualidad y el “matrimonio” homosexual son formas de intimidad humana tan legítimas y tan sanas como la heterosexualidad y el matrimonio entre un hombre y una mujer, cuyo fin, como lo vimos con Adán y Eva, es la procreación y la complementariedad en el amor y en el apoyo.
La proposición filosófica de que el hombre caído es naturalmente bueno y de que la sociedad como tal es en algún sentido la causa de la corrupción del individuo, o la pretensión de que nosotros podemos, por nosotros mismos y por medio de revoluciones políticas, económicas, sexuales o tecnológicas, como el transhumanismo o la inteligencia artificial, abrir paso a alguna forma de utopía... todas esas son ilusiones insensatas, como lo es la afirmación disparatada, común en nuestros días, de que la tradición, o la familia, o el patriarcado, o la religión o la moral son, en sí mismas, opresoras y constituyen la causa de los males y desdichas de la humanidad.
En el esfuerzo por descifrar la tragedia de la historia humana, así como la gloria de los logros de la humanidad, la Iglesia, al afirmar la creación y la Caída como verdades reveladas de la realidad primigenia, está pisando un terreno mucho más sólido, racionalmente hablando, que el secularista que las niega. Lo mismo se cumple cuando la Iglesia (junto con números crecientes de cosmólogos y biólogos) rechaza tenazmente el reduccionismo materialista y la atribución absurda del asombroso orden y racionalidad del universo, así como del origen y la estructura de la vida dentro de él, a la pura casualidad mezclada con el tiempo.
Una realidad sin precedentes
Habiendo creado el mundo, la vida y la humanidad, y viendo luego a los seres humanos desobedecer su mandato y caer en el temor, la desconfianza y la violencia, Dios, por amor a su obra y resuelto a hacer realidad su proyecto primordial para la creación, da entonces pasos para redimir a la humanidad. Una insinuación de su gracia se nos da en Génesis 3:21, cuando Dios provee vestimentas de pieles para cubrir a sus criaturas humanas, que han perdido su inocencia y conocen ahora la vergüenza. Pasado el tiempo, el Señor llama a Abraham (Gn 12), hace una alianza con él (Gn 15) y crea para sí un pueblo que será el portador de su Nombre y, en cierto momento, el que dé a luz al Salvador de la humanidad. Jesucristo, el Verbo mismo de Dios, por medio de quien fue creado el mundo, se encarna en el vientre de una mujer, una descendiente de Eva. Dios, Creador del tiempo y del espacio, entra en el tiempo y en el espacio con el fin de salvar a la humanidad, su imagen creada y grandemente amada, del pecado y de la muerte.
El siguiente paso de Dios consiste en liberar a su pueblo escogido de la esclavitud en Egipto, ofreciendo así un imagen histórica y una analogía de la liberación de la humanidad entera de la esclavitud del pecado, que Jesús había de cumplir siglos después. A esto sigue la declaración de su Ley por medio de Moisés, que se expresa de la forma más sucinta en los Diez Mandamientos (éx 20). Lo que sigue en el Antiguo Testamento es un relato constante de cómo incluso el pueblo escogido de Dios, los hebreos, agraciados con su presencia y su alianza perdurable, se muestran casi tan incapaces de obedecer su Ley como el mundo pagano que los rodea. Como lo destaca San Pablo siglos después, en realidad la Ley sirve para poner de manifiesto el pecado y la naturaleza caída del hombre (Rm 5:12-13, 20; 7:7-25; 1 Cor 15:56-57).
Pablo afirma que el hombre, en su naturaleza caída, es “carnal, vendido como esclavo al pecado” (Rm 7:14). Desde el tiempo de Adán hasta el tiempo de Cristo, esto ha permanecido sin cambio. En Cristo, y solo en Cristo, radica la redención de la humanidad. Jesucristo es la Imagen misma de Dios (2 Cor 4:4; Col 1:15; cf. Heb 1:3), el Hijo de Dios hecho hombre. Mediante su encarnación, pasión, resurrección y ascensión, seguidas por su don del Espíritu Santo, se abre para la humanidad una posibilidad sin precedentes: la de recuperar, para los seres humanos individuales, lo que se había perdido en la Caída, la imagen positiva de Dios y la intimidad con su Creador.

Esto podía hacerse realidad por medio de la experiencia del nuevo nacimiento del cual habla Jesús en Juan 3:7 y Pedro en 1 Pedro 1:23. Al recibir a Cristo y creer en su nombre, uno puede hacerse una “nueva creación” (2 Cor 5:17; Gál 6:15), hijo o hija de Dios (Juan 1:12-13). Una expresión conmovedora de esta verdad se halla cerca del fin del Evangelio de Juan, cuando Jesús le dice a María Magdalena: “Suéltame, porque aún no he subido al Padre; pero ve adonde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes’” (Juan 20:17). Hay que señalar que a Dios ocasionalmente a Dios se lo llama Padre en las Escrituras hebreas, pero esto es en referencia a él como Padre de la nación de Israel, no de los judíos a título individual (Jr 31;9; Is 63:16; 64:8). La filiación personal es fruto de la nueva alianza en Cristo.
Esta era una nueva realidad en la historia de la humanidad. Por medio de Cristo, que asumió sobre sí el pecado y la muerte del hombre y luego resucitó a la vida nueva, brotó una nueva identidad como posibilidad humana universal, disponible no solo para el pueblo elegido, los judíos, sino también para todos los seres humanos: un individuo, mediante la fe en Cristo Redentor, podía encontrarse nuevamente en una comunión positiva íntima con su Creador, conociendo y amando a Dios como lo habían conocido y amado Adán y Eva antes de la Caída. Así nació la Iglesia, Cuerpo de Cristo, compuesta por la comunidad de los creyentes: una entidad distinta del resto de la humanidad, no por alguna mayor virtud natural de sus miembros sino por su reconocimiento del pecado seguido de un movimiento de arrepentimiento y un acto de fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que había asumido la carne para abrirle a la humanidad un camino de regreso hacia Dios Padre.
Esta realidad sin precedentes la expresa con sencillez el apóstol Pablo en Gálatas 3:26-28:
Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos ustedes que fueron bautizados en Cristo, se revistieron de Cristo. Ya no hay judío ni griego, ya no hay esclavo ni libre, ya no hay varón ni hembra; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, entonces son simiente de Abraham, herederos según la promesa.
Un texto paralelo en Colosenses 3:11 añade “escita” y “bárbaro” a las categorías sociales que quedan trascendidas en Cristo. Tales categorías no se eliminan, pero, para los miembros de ellas que están en Cristo y constituyen la comunidad de la Iglesia, dejan de ser barreras culturales y fuentes de enemistad y oposición. Mediante la participación en la cruz y resurrección de Cristo, personas de cualquier procedencia y con cualquier identidad social pueden experimentar el amor divino y la unidad y así, con todas sus diferencias, gozar de verdadera comunión espiritual y fraterna. Sus diferencias se experimentan como riquezas y no como ofensas o amenazas. Si bien, lamentablemente, los cristianos rara vez han vivido en plena consonancia con esta posibilidad, a lo largo de los siglos algunos lo han hecho fielmente, con incalculables beneficios para la sociedad. El testimonio esencial de la Iglesia sigue siendo veraz y eficaz, aun cuando sus miembros con frecuencia no estén a la altura de la plenitud de la gracia de Dios en Cristo.
Progreso en la santidad
El último punto que quisiera destacar en este tratamiento de la identidad humana tiene que ver con el asunto del progreso constante en la conformidad con Cristo-Imagen-de-Dios por parte de los que ahora se llaman “herederos de Dios” (Rm 8:17), que han recuperado la realidad y dignidad primordiales de su identidad como creados a imagen de Dios. En Colosenses 2:20 Pablo escribe que el cristiano “ha muerto con Cristo a los elementos del mundo”. Lo que el apóstol llama el “hombre viejo” o la “carne” —no el cuerpo en cuanto tal sino la orientación egocéntrica del hombre natural caído— ha quedado muerto en Cristo, el cual ha cargado con el pecado humano en su sangre sobre la cruz. El bautismo, que significa muerte y nuevo nacimiento, es la expresión sacramental de esta nueva realidad. Los cristianos son justificados y santificados en Cristo e incorporados a su Cuerpo, la Iglesia (1 Cor 1:2; 6:11; Rm 5:1-2).
Pero si su posición en Cristo es de santidad, su condición moral real está lejos de ser santa. La vida del cristiano obediente será un proceso de crecer en santificación, para que pueda llegar a ser lo que de veras es espiritualmente mediante la gracia de Dios en Cristo. “Hagan realidad su propia salvación con temor y temblor”, les escribe Pablo a los Filipenses (2:12), y a los Tesalonicenses: “Esta es la voluntad de Dios, su santificación: que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo en santidad y honor, no en la pasión de los malos deseos como hacen los paganos que no conocen a Dios” (1 Ts 4:3-5). Y añade para concluir: “Que el mismo Dios de la paz los santifique por completo, y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado sin mancha para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5:23).
La nueva vida a la cual está llamado el cristiano exige obediencia a la Palabra escrita y encarnada de Dios, disciplina, perseverancia, humildad y valor. Esa conducta es posible en cuanto es realizada por el poder del Espíritu Santo que habita dentro del cristiano. Es el cristiano el que actúa, pero es el Espíritu el que inspira las buenas acciones y conforma a la persona a Cristo, cuya naturaleza habita en ella. Los cristianos han de ser “transformados por la renovación de su mente”, escribe Pablo (Rm 12:2). Esto lo logran “ofreciendo su cuerpo como sacrificio vivo” (Rm 12:1), muriendo cada vez más a lo que queda de su antigua naturaleza, las motivaciones y acciones todavía no santificadas que caracterizaban su vida anterior: “si por el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo, vivirán; porque los que son conducidos por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8:13b-14).
Identificarse con Jesús
Al entregar su vida a Cristo, los cristianos se identifican con Jesús sobre la cruz. Cuando reconocen en su vida un pecado, están llamados a declararlo muerto y a considerarse a sí mismos, a partir de entonces, muertos a ese pecado y vivos a la nueva conducta conforme al Espíritu Santo. Actuar así es poner en práctica su identidad en Cristo y experimentar la santificación que va aumentando siempre. Les escribe Pablo a los Romanos:
Si hemos quedado unidos a él en una muerte como la suya, también nos uniremos a él en su resurrección. Porque sabemos que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, para que se destruyera el cuerpo de pecado y no fuéramos ya siervos del pecado; porque el que muere ha quedado libre del pecado. (Rm 6:5-7)
La identificación con Cristo en su muerte y resurrección, y la aplicación concreta de su identidad a nuestra conducta ética, es la clave para la santificación y la continua curación de los pecados y las heridas del alma sufridas en el pasado. El Espíritu Santo puede traer a la luz esos pecados, exponiendo así sus raíces y las conexiones entre ellos, para que puedan resolverse específicamente en la confesión y la oración. La ayuda pastoral de un sacerdote o pastor, o simplemente de otros hermanos cristianos laicos, suele ofrecerse a este respecto. La llamada “curación interior” —que es vital para una vida cristiana fructífera y para la vitalidad de cualquier parroquia o comunidad— toca esta verdad y esta práctica. Los cristianos tienen el perdón mediante la muerte y resurrección de Cristo, y pueden perdonar a otros por las heridas que han sufrido, y perdonarse a sí mismos también por sus propios pecados, muriendo con Cristo y en Cristo al orgullo, la amargura, la lujuria, la inmoralidad sexual, los celos, el temor, la codicia, la avaricia, la ira, la presunción, el desprecio, el odio y la condenación que pueden haber marcado su pasado, así como al odio de sí mismos y la compasión por sí mismos que suelen acompañar a esos y a otros pecados, por los cuales el Espíritu les otorga arrepentimiento. Cuanto más específico sea el objeto y el foco de ese arrepentimiento y de este hacer morir, más poderosa será la liberación, la transformación interior y la recién encontrada libertad y testimonio para la gloria de Dios.
Y así el cristiano, como miembro del Cuerpo de Cristo, va creciendo progresivamente en humildad, en paz interior y en santidad, y va avanzando hacia el cumplimiento de su vocación como ser humano, un ser humano redimido en Cristo y llamado al amor. Por este medio los cristianos realizarán toda clase de buenas obras y tendrán un poderoso impacto sobre la sociedad en la que viven. San Pablo llega a esta conclusión al escribirle así a la iglesia en Roma:
Y sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para bien, a los que han sido llamados según su propósito. Porque a los que de antemano conoció, los predestinó a transformarse a imagen de su Hijo, para que él fuera primogénito de muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó, a esos también los justificó; y a los que justificó, a esos también los glorificó. (Rm 8:28-30)
Esa glorificación en y por medio de Cristo es el destino al cual está llamada la humanidad, la expresión máxima y la plena realización de la identidad humana. •
De Touchstone, Mayo/Junio de 2025.
George Hobson es un poeta y sacerdote jubilado en la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos, que ha pasado muchos años trabajando en el movimiento ecuménico/carismático en Francia. Obtuvo un doctorado en teología en la Universidad de Oxford en la década de 1980, y en la de 1990 fungió como Párroco Canónigo en la Catedral Americana en París. Posteriormente dio clases en institutos teológicos en países en desarrollo, entre ellos Ruanda, Haití, Pakistán y Armenia. Ha publicado seis colecciones de poemas y dos libros de análisis teológico—social.
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