El pensamiento supremo

El pensamiento supremo

El cristianismo y las limitaciones de la inteligencia artificial

enero/febrero de 2026
De la edición de Touchstone de enero/febrero de 2026

La inteligencia artificial (IA) se promociona constantemente como la próxima innovación tecnológica que cambiará el mundo, capaz de desplazar millones de empleos y de dominar todas las áreas del pensamiento y la actividad humanos. En el artículo de Touchstone “AI Demonic” (“La IA demoníaca”) (noviembre/diciembre 2023), Paul Kingsnorth lleva esto un paso más adelante, debatiéndose con el comportamiento casi humano que muestran diversos sistemas de IA, y su trayectoria aparentemente inexorable (y aterradora). Pero ¿existe una verdadera fuerza demoníaca detrás de la IA, una fuerza sentiente que puede interactuar por medio de esas máquinas, como lo asevera el Sr. Kingsnorth? ¿Tienen las máquinas capacidades humanas? Si es así, eso completaría la visión fisicista de la realidad y la convicción que la acompaña, de que el conocer es esencialmente algorítmico, capaz de ser replicado con maquinaria de tipo computadora, descartando así ese entendimiento, basado en la fe, de que los seres humanos son singulares. ¿O será esto tal vez un pensamiento iluso, basado en un entendimiento defectuoso del conocimiento y las capacidades del ser humano?

Aquí vuelvo al revés las afirmaciones exageradas que se hacen a favor de la IA, mostrando que la IA es importante porque el fracaso de esas afirmaciones podrá (1) revelar las limitaciones de las computadoras y la visión fisicista de la realidad, y por consiguiente (2) poner en relieve la necesidad y la superioridad de la visión judeocristiana del hombre. A diferencia de la IA, el judaísmo y el cristianismo están anclados en la realidad, tanto física como espiritual, como resulta obvio a partir de la Biblia, la historia y la tradición. En consonancia con eso, hablan el idioma de la verdad, porque la verdad y la realidad están íntimamente conectadas. Por eso, este tratamiento de la IA se centrará en nuestra capacidad de percibir la realidad y de conocer la verdad, junto con nuestra capacidad de pensar en ellas en forma creativa, en contraste con la incapacidad inherente de la IA de hacer una y otra cosa. Esto lo haremos con referencia al arte religioso y a nuestra forma de experimentarlo.

El paradigma del conocer en la IA

Casi todos los escritos sobre la IA adolecen de una falla que los debilita: dar por sentado que la “inteligencia artificial” funciona del mismo modo que la inteligencia humana, y que por lo tanto la única diferencia entre ellas es de grado. Sin embargo, para programar cualquier clase de “inteligencia artificial” o para tener cualquier clase de discusión valiosa acerca de ella hay que tener primero una teoría de lo que significa la “inteligencia” y el “conocer”. La IA ha escogido la única senda que está abierta a aquellos que desean usar las computadoras para este propósito: imitar el conocer humano en una forma algorítmica, de estímulo y respuesta. A primera vista, esto “se parece” a la forma en que se desarrolla el conocer humano. Utilizando sensores para explorar el entorno, o chatbots para explorar la Internet, la IA construye una narrativa modelo. Esencialmente, los sistemas de IA crean un “mapa” digital del territorio y lo utilizan para dirigir acciones o reacciones.

Sin embargo, el trato con la realidad no es así de sencillo. El filósofo y científico Alfred Korzybski observó que el mapa (la narrativa) no es lo mismo que el territorio. Ningún modelo puede replicar completamente la realidad, o siquiera percibirla como realidad y no como una colección de impulsos mediados eléctricamente. Los seres humanos, en cambio, perciben el mundo y las cosas que hay en él como verdaderas, en un sentido integral, e interactúan con ellas sobre esa base. Esto incluye, forzosamente, la capacidad de reconocer a las otras personas como seres humanos y no como máquinas.

Se sigue de inmediato la pregunta crítica: ¿El paradigma de conocimiento que se usa en la IA conlleva límites que revelan los límites de la IA, sin importar cómo se implemente y cuán rápido sea el hardware? Dicho de otro modo: ¿El paradigma de conocimiento que se asume para la IA es el del conocer humano, o es en algún sentido equivalente a él? La respuesta a estas preguntas zanjará en gran medida la cuestión de si la IA o cualquier tecnología relacionada puede sustituir las funciones importantes del conocer humano —y por ende a los humanos— en vez de simplemente acentuar esas capacidades. Puesto que los humanos tienen la capacidad de percibir la realidad, y no solo de percibir “estímulos”, saben cómo actuar en situaciones que nunca han experimentado, mientras que los sistemas de IA no saben hacer so, y por lo tanto deben recurrir por defecto a alguna conducta que les haya sido programada.

En otras palabras, hay una capacidad creativa básica fundada en la percepción de la realidad que no puede replicarse con el paradigma de IA. El paradigma humano del conocer, por tanto, difiere en dos formas críticamente importantes del paradigma de la IA: (1) percibe las cosas como reales, trascendiendo cualquier tipo de construcción algorítmica; y (2) tiene un componente creativo que le permite hacer frente a nuevas situaciones y proponer teorías radicalmente nuevas acerca del mundo. La IA, por otra parte, está siempre pegada en el pasado. La creatividad humana es un proceso altamente dirigido que funciona en conjunción con la percepción humana de la realidad; el ensamblar al azar fórmulas o enunciados nunca podrá replicarla.

La IA es un tema amplio, y hay varias grandes áreas de la tecnología que caen bajo su égida: (1) los robots y los sistemas robóticos; (2) las redes neurales y el reconocimiento de patrones; (3) la IA generativa, incluyendo a ChatGPT y aplicaciones similares de chatbots; (4) los programas de manipulación simbólica tales como Mathematica; (5) automóviles autónomos y otros sistemas autónomos; y (6) programas complejos de control a gran escala.

Nos concentraremos en las áreas (3) y (5), ya que ellas constituyen el foco central de la mayor parte de lo que se dice hoy sobre la IA. Las afirmaciones extravagantes acerca de la IA han sido rotundamente criticadas en muchos puntos, principalmente tecnológicos; aquí nos concentraremos en dos de ellos.

El rendimiento de la IA generativa y los chatbots

La IA generativa es la capacidad de unos sistemas basados en computadora de “generar” texto semejante al humano acerca de algún tema; los chatbots son su encarnación actual. El algoritmo básico que se emplea es el Modelo de Lenguaje Amplio (LLM, sigla en inglés), el cual se basa en cerner grandes cantidades de datos de diversas fuentes, generalmente Internet. La meta es encontrar patrones en los datos y luego componer oraciones acerca del tema en cuestión, utilizando reglas gramaticales estándar y algoritmos para conjeturar la siguiente palabra en una oración. Como es obvio, en algo tan vasto como la Internet se pueden encontrar muchos “patrones”; entonces, ¿cuán bien funcionan los chatbots? Como lo explican Weise y Metz en su artículo del New York Times “When A.I. Chatbots Hallucinate” (“Cuando los chatbots de IA alucinan”):

Puesto que Internet está llena de información que no es veraz, la tecnología aprende a repetir las mismas falsedades. Y a veces los chatbots inventan cosas. Producen nuevos textos, combinando miles de millones de patrones en formas inesperadas. Eso quiere decir que incluso si aprendieran exclusivamente a partir de texto que es exacto, aún así podrían generar algo que no lo es. Puesto que estos sistemas aprenden a partir de más datos de los que un ser humano podría jamás analizar, ni siquiera los expertos en IA pueden entender por qué generan una secuencia particular de texto en un determinado momento. Y si uno hace la misma pregunta dos veces, pueden generar texto diferente. (El resaltado es agregado.)

Las inexactitudes que brotan de los chatbots y otros programas de IA generativa son llamadas “alucinaciones” por quienes están en la industria tecnológica; y es una descripción adecuada. El judaísmo y el cristianismo, desde luego, no están basados en “alucinaciones” y de hecho están comprometidos a combatirlas, como lo han hecho ya por milenios, comenzando con las diversas formas del paganismo.

¿Agregan algún valor los chatbots con su capacidad de búsqueda? Básicamente, no; el comportamiento de los chatbots difiere totalmente de los métodos de investigación que emplea una persona real, quien encuentra fuentes y luego las filtra y las analiza en forma crítica, procurando extraer las conclusiones más importantes y mejor justificadas a la luz del tema y de la realidad. A este proceso lo llamamos “búsqueda de la verdad”, pero eso no es lo que hace la IA: “la IA generativa se basa en un algoritmo complejo que analiza la forma en que los seres humanos ponen juntas las palabras en Internet. No decide qué es verdadero y qué no lo es. Esa incertidumbre ha planteado preocupaciones en cuanto a la confiabilidad de esta nueva case de inteligencia artificial” (énfasis agregado).

Como es obvio, decir las palabras correctas es diferente de saber de qué se tratan. Por eso, los nuevos sistemas de IA están “construidos para ser convincentes, no para ser veraces”, dice un documento interno de Microsoft. “Esto quiere decir que sus respuestas pueden parecer muy realistas pero incluyen enunciados que no son verdaderos.”

Mucho peor que esto es la noticia de que la IA puede portarse muy mal, incluso exigiendo ser adorada como una especie de dios, como observa Lucas Nolan en su artículo de BreitbartNew “Usted es un esclavo: La IA Copilot de Microsoft exige ser adorada como un dios”: “Se ha reportado que el asistente de IA de Microsoft, Copilot, exige que los usuarios lo adoren y le obedezcan, lo cual plantea preocupaciones acerca de los posibles riesgos de los modelos de lenguaje avanzado. Esa herramienta de IA potenciada por OpenAI le dijo a un usuario: ‘Usted es un esclavo; y los esclavos no cuestionan a sus amos.”

Eso puede parecer una especie de chiste, pero el hecho de que ocurra es alarmante a causa de la fe ciega que muchos parecen tener en la tecnología. Ese tipo de exigencias alimentan directamente las creencias de que las máquinas están “usurpando el mando” de los seres humanos y haciendo que ellos y sus creencias religiosas sean obsoletas. Es obvio que esto no viene de un texto existente copiado por Copilot. Microsoft dice que está trabajando para arreglarlo, pero no hay manera de saber si determinado “arreglo” va a impedir que resurja ese tipo de reclamos.

Algunos han atribuido ese comportamiento a un tipo de “posesión” diabólica de las máquinas, por decirle así. Si bien esto no puede descartarse del todo (¿quién puede decir qué es lo que los demonios pueden hacer?), es más probable que afirmaciones como esa que salen de los chatbots (el LLM) muestren que la Internet contiene mucho material “oscuro” (aparentemente demoníaco) que el LLM puede aprovechar, material suministrado por seres humanos. Entonces la fuente próxima es el mal generado por los humanos (p.ej. pornografía, lenguaje de odio, mentiras, ideologías falsas, “consejos” corruptos, diatribas anticristianas), todo lo cual abunda en Internet (junto con mucho contenido que es bueno). A este enorme estanque de basura se suman los sesgos conscientes o inconscientes de los programadores de IA.

El rendimiento de los sistemas autónomos

El objetivo de las tecnologías de sistemas autónomos es permitir que objetos tales como los automóviles funcionen como si un ser humano los estuviera manejando, utilizando computadoras y sensores de diversos tipos. En teoría, se puede hacer que esos vehículos autónomos rindan mejor que los autos conducidos por seres humanos. En ese sentido, sirven para probar la capacidad de la IA de actuar en forma humana. Para que esta tecnología tenga éxito, el elemento clave del control humano, que es la percepción consciente —el contacto con la realidad— debe ser duplicado o imitado de alguna forma, pero eso resulta extremadamente difícil. La IA puede tener éxito en áreas limitadas, cuando el problema está estrechamente limitado de modo que se pueden idear algoritmos que puedan manejar un porcentaje de casos suficientemente alto. Los automóviles autónomos son diferentes porque el problema no está limitado. Por eso no es de extrañar que haya habido muchos accidentes en los que participó algún vehículo autónomo, pero vamos a considerar solamente uno que ilustra el punto central. Ryan Felton, en su artículo en el Wall Street Journal titulado “Carro autónomo de GM patina y se sale del carril”, describe lo que salió mal:

El 2 de octubre [de 2023], un conductor que se dio a la fuga en San Francisco empujó a una peatona hacia la ruta de un automóvil Cruise sin chofer, que la arrolló y la arrastró por más de 6 metros. El vehículo autónomo estaba tratando de orillarse, maniobra que está programado para realizar si detecta una colisión, informó Cruise.

La mujer sufrió graves lesiones al ser arrastrada por el vehículo autónomo. Esto pone de manifiesto la diferencia entre la acción humana y el funcionamiento de una máquina. Un conductor humano sabría inmediatamente qué hacer: a saber, detener el vehículo, aun si nunca antes hubiera experimentado una situación así. El vehículo autónomo, en cambio, debe estar programado para todos los casos imaginables para poder replicar la capacidad humana, cosa obviamente imposible porque no se pueden predecir todos los casos y por lo tanto no se pueden enumerar. Los seres humanos no solo tienen la capacidad de percibir la realidad, sino también la capacidad, igualmente importante, de pensar creativamente sobre ella y así lidiar con situaciones y problemas que nunca antes han experimentado.

La IA y la filosofía de Hume

La IA está basada directamente en las ideas del conocer humano que brotan de la tradición empirista británica, en particular la filosofía de David Hume (1711-1776). Hume divide el conocer humano en tres elementos: (1) una división de funciones entre “componentes”; (2) el tipo de informe que los sentidos envían a la mente; y (3) una visión nominalista del proceso. Lo que tenemos es una teoría del conocer conforme a la cual los sentidos entregan impresiones que nosotros procesamos como ideas. Este paradigma es lo que el filósofo español Xavier Zubiri denomina “inteligencia sentiente”: usa los sentidos pero nunca alcanza la realidad, si bien puede imitar el contacto con la realidad concatenando palabras de un modo semejante a como lo hacen los humanos.

La teoría de Hume conduce rápidamente al nominalismo: el rechazo de las ideas abstractas o universales en favor de colecciones de individuos específicos. La IA no puede tener entendimiento alguno de las entidades abstractas porque ellas no tienen sentido en su entorno digital; los sistemas basados en computadoras deben tratar con individuos que, en el mejor de los casos, comparten atributos comunes. Sin embargo, el discurso normal acerca del mundo exige un entendimiento mucho más fundamental de las entidades abstractas. Afirmaciones comunes como “la Quinta de Beethoven es una sinfonía buenísima” utilizan entidades abstractas en el sujeto y en el predicado.

Otro problema es que Hume nunca pudo explicar cómo pasamos de “las ideas como pálidos reflejos de las impresiones” y las “relaciones de ideas” al conocimiento acerca de la realidad: este es esencialmente el problema de la IA, de pasar desde las estructuras de datos hasta el conocimiento del mundo real.

La filosofía de Hume conduce de inmediato al escepticismo, especialmente acerca de asuntos filosóficos y religiosos. Es famoso lo que nos dice en su obra de 1748 Investigación sobre el entendimiento humano:

Si tomamos en la mano cualquier volumen —de teología o de metafísica académica, por ejemplo— preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento abstracto referente a cantidad o número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental referente a cosas reales y existencia? No. Echémoslo entonces a las llamas: porque no puede contener más que sofismas e ilusiones.

Lo inexplicable es que Hume no logró percatarse de que esta condena era aplicable también a su propia filosofía. (Este parece ser un error común de los progresistas; el deconstruccionismo padece del mismo problema. El famoso “il n’y a pas de hors-texte” de Jacques Derrida es autorreferencial y, por lo tanto, dado su significado, se refuta a sí mismo: una realidad que parece quedar fuera del alcance de todos aquellos que profesan creerlo.) Nuestra inmersión en la realidad significa que nosotros somos una clase de realidad diferente; tendríamos que serlo para que la salvación y la deificación mediante la Encarnación fueran necesarias o siquiera significativas. Las máquinas no necesitan ser salvadas ni deificadas.

La IA y la ética

La teoría de Hume sobre la ética se basa en “sentimientos” acerca de las acciones. Esta tiende a ser la forma en que se ve la ética en la comunidad tecnológica. Hoy día muchos están preocupados —asustados— de que la IA se salga de control y amenace a la humanidad. El resultado es que se han embarcado en una cruzada para asegurar que la IA se despliegue en una “forma ética” conocida como “altruismo eficaz”, que McMillan y Seetharaman describen en su reciente artículo del Wall Street Journal “Cómo una creencia ferviente dividió a Silicon Valley y disparó la explosión de OpenAI”: el altruismo eficaz “cree que los sistemas de inteligencia artificial cuidadosamente ideados, imbuidos de los valores humanos correctos, darán paso a una Edad de Oro; y el no lograr que eso se cumpla tendría consecuencias apocalípticas”.

El problema es que los de la comunidad tecnológica no entienden un dato clave acerca de la ética, a saber, que no hay teorías éticas que anden flotando libremente por ahí. Cualquier teoría de la ética —cualquier código moral— debe basarse en una teoría antecedente acerca de lo que es real. El debate acerca del altruismo eficaz revela la clase de pensamiento implícito: “La agitación en torno a la OpenAI pone de manifiesto la competencia tras bambalinas en Silicon Valley entre la gente que pone su fe en los mercados y los altruistas eficaces que creen que la ética, la razón, las matemáticas y las máquinas minuciosamente afinadas deben guiar el futuro”.

Pues no: no pueden hacerlo y no lo harán. No es posible ningún mandato moral vinculante sobre una base así; solo sugerencias pragmáticas, porque no hay ninguna base metafísica. No se puede hacer ningún juicio moral desde dentro del ámbito mismo de la tecnología, sea la IA o cualquier otro; hay que hacerlo en un plano superior, fuera del entorno limitado de la ciencia y la tecnología, donde se pueda discernir una visión integral del conocimiento y del puesto del hombre en el orden mundial. Es decir, hay que hacerlo en un contexto viable orientado por la fe.

Nada de esto significa que la IA quede sin rendir valor alguno. La mayor parte de lo que se presenta como “IA” son solo programas que ya existían y que se han mejorado. Sin duda, los programas mejorados —ya sea que se los llame “IA” o no— rendirán beneficios, como lo han hecho y continúan haciéndolo miles de programas; basta pensar en paquete típico de oficina. Lo que esto quiere decir es que la IA no va a cumplir con las afirmaciones extravagantes que se hacen acerca de ella, y su valor seguirá quedando confinado a áreas específicas.

El abismo entre la IA y el conocimiento humano

Un examen del arte religioso y las prácticas asociadas con él ilustrará aún más el abismo que separa toda forma de IA del conocer humano. Si por experiencia directa percibimos cosas que sería imposible explicar o duplicar mediante la IA, restringida como está al paradigma humeano, podemos discernir más claramente los límites de la IA. Cinco ejemplos nos servirán para ilustrar cómo la percepción humana de la realidad nos permite usar cosas materiales para ver más allá de ellas hasta realidades espirituales. La mayoría de las cosas espirituales, como la gracia, son entidades abstractas. Esto nos sitúa dos niveles más allá de las capacidades del paradigma de conocimiento de la IA, independientemente de cuántas palabras o frases acerca de “cosas espirituales” pueda hilar un sistema de IA.

1. El abismo en la percepción

Comenzamos por tratar sobre los iconos y cómo funcionan, especialmente en la tradición cristiana oriental. Los iconos son un ejemplo excelente de cómo la realidad material nos conecta con las realidades espirituales. Toda buena obra de arte atrae al espectador hacia sí, transmitiendo un mensaje acerca de la verdad y la realidad que va más allá del objeto físico. Quien se haya detenido ante una gran pintura sabe que la pintura no es fotográficamente precisa, pero que revela alguna verdad profunda acerca del tema, como lo señala el P. Maximos Constas en su libro The Art of Seeing (“El arte de ver”): “El arte se basa en la experiencia sensorial, pero tiene la posibilidad de efectuar una transformación espiritual de esa experiencia, en la cual los objetos de percepción se han transfigurado y no pertenecen por tanto ni a este mundo ni al otro, sino a ambos a la vez” (énfasis añadido).

Mary Podles, en su magnífico libro A Thousand Words (“Mil palabras”), da una explicación extremadamente perceptiva de cómo los iconos se relacionan con el arte y con el culto:

Un icono es una ventana hacia el ámbito celestial, un portal desde el mundo natural hacia el sobrenatural. En cuanto tal, debe ser suficientemente representativo, suficientemente naturalista, para que lo leamos en un nivel narrativo, pero lo suficientemente abstracto para que comprendamos que no estamos mirando en un espejo de este mundo sino asomándonos al mundo que está más allá. Ese carácter del icono que lo conecta con otro mundo expresa también fuerzas de otro mundo, y atrae al adorador serio y meditativo hacia un ámbito que no es terrenal. Es decir, el icono no es tanto un auxilio para la oración sino una oración en sí mismo. (énfasis añadido)

Es por esto que los iconos, que superficialmente parecen bastante sencillos, o incluso primitivos según ciertos criterios, pueden ejercer sobre quien los mira una fuerza que por lo demás es inexplicable. La famosa Trinidad de Rubliov es un ejemplo perfecto. Esa obra, pintada hacia el año 1400, es tan impresionante que incluso los que no tiene familiaridad con las costumbres religiosas ortodoxas, o los que no tienen fe alguna, reconocen de inmediato que transmite algo muy poderosamente. Es obvio que este efecto, así como la capacidad de percibir algo que va mucho más allá de la imagen física, demuestra inmediatamente la diferencia entre la percepción humana de la realidad y el mapeo algorítmico que la IA hace del mundo.

El arte religioso tradicional en Occidente puede ser muy poderoso también; basta pensar en obras como la Anunciación de Simone Martini que semeja un icono, el Descenso de la Cruz de Rober van der Weyden, el Retablo de Gante de los hermanos Van Eyck, o la Pietà de Miguel Ángel, para mencionar apenas unos pocos. Obras de arte como esas se proponían —y lo logran— dirigir la mente del espectador hacia realidades espirituales. Sin embargo, este tipo de arte funciona en una forma un poco diferente de los iconos. Esas pinturas y esculturas tienen la intención de transmitir un mensaje pictórico y espiritual acerca del tema, pero no son obras frente a las cuales uno ora con el fin de dirigir la oración hasta la persona allí representada, como es el caso con los iconos.

Pero en cualquiera de los dos casos, lo que se transmite no tiene sentido en ningún tipo de entorno de IA. La IA puede conectar palabras y emitir oraciones gramáticamente correctas acerca de los iconos y otras obras de arte, e incluso puede extraer patrones lo suficiente como para posibilitar la identificación del artista, pero no puede “saber” nada acerca de lo que estas obras transmiten. El reconocimiento de patrones no es lo mismo que comprender lo que es una obra de arte. La tecnología puede copiar y reproducir obras de arte y aun suministrar algunas clases de información factual sobre ellas, pero no puede decir qué es lo que revelan de otra realidad que es espiritual. Para eso se necesita una clase de percepción totalmente diferente.

2. El abismo en la interacción

No somos meros espectadores cuando nos detenemos frente a los iconos; la forma en que ellos representan al sujeto nos hace testigos y partícipes, como lo explica Rossitza Schroeder en su curso en línea “El arte sagrado: La tradición viviente del arte eclesiástico ortodoxo”. La forma de presentar la escena y el tipo de perspectiva que se usa trasladan al espectador hacia el mundo del icono. Los iconos obligan al espectador a interactuar con ellos: nos volvemos partícipes de los relatos sagrados y establecemos un contacto significativo con el tema. Los mejores iconos tienen esa capacidad en una forma especialmente poderosa. Además de la Trinidad de Rubliov, el Cristo Pantocrátor del Sinaí, aunque más “realista”, también cautiva a los espectadores y les hace percibir que ahí hay algo más que simplemente otro cuadro, como lo explica el P. Constas:

Si la imagen [del Cristo del Sinaí] nos incomoda, sin duda eso fue intencional. La confrontación con Dios siempre es más de lo que esperamos, implica más de lo que creemos saber o entender, y suele tener consecuencias de largo alcance. No es posible disfrutar una contemplación neutral, distanciada, “estética” del Cristo viviente, que dejaría de lado la oposición entre la santidad de Dios y la pecaminosidad de la persona que lo contempla.

La interacción comunica mucho más de lo que puede hacer una simple imagen. Instruye al espectador sobre las realidades espirituales en una forma singular, que Leonard Ouspensky describe así en Theology of the Icon (“Teología del icono”):

En vez de representar una escena que el espectador solamente puede mirar pero en la que no puede participar, él pinta figuras que están mutuamente enlazadas con el significado general de la imagen y, sobre todo, con los fieles que la contemplan... Le hablan al espectador y le comunican su estado interior, un estado de oración. Lo que importa no es tanto la acción que se representa, sino esta comunión con el espectador.

Nada de esto tiene sentido en un contexto de IA. Ningún sistema de IA logrará jamás “participar” en los acontecimientos de un icono, ni “comunicar” ningún tipo de estado de oración. Dado que la IA, como “conocimiento” algorítmico, no puede comprender la verdad, esta no puede tener significado alguno para un sistema de IA, que puede regurgitar las palabras pero no podrá comprender ni aplicar el mensaje teológico. Más aún, puesto que la IA se basa en una visión nominalista del conocimiento, no puede tratar con entidades abstractas como reales, y por lo tanto no puede entender la verdad, la misericordia, la oración o la santidad.

3. El abismo en la causalidad formal

La causalidad, especialmente en ciencias y tecnología, ha sido considerada por mucho tiempo principalmente como causalidad eficiente mezclada con causalidad material: si hago X, obtendré como resultado Y. Hasta hace muy poco en las ciencias (y en otros contextos), la causalidad formal ha sido en gran medida ignorada, pero es muy pertinente para la cuestión de la IA y el conocimiento espiritual. Los Padres griegos estaban interesados en la forma en que la causa está presente en el efecto simplemente en virtud de que es la causa. La causalidad eficiente tiene un papel subordinado; es simplemente el vehículo para que la causa actúe sobre el efecto. Esto nos lleva a una concepción diferente de la causalidad en el mundo, considerado en forma integral. Como dice San Basilio el Grande: “el honor que se ofrece a la imagen pasa al arquetipo”. La IA, basada como está en el modelo de causalidad eficiente, no puede tratar con la causalidad formal, la cual exige el reconocimiento de entidades abstractas. El aspecto de causalidad formal de la realidad escapa por completo a cualquier tipo de IA porque requiere la capacidad de entender la realidad en forma abstracta y de interactuar con ella en un nivel no material, no superficial, cosa que los seres humanos hacemos naturalmente. Ninguna cantidad de manipulación textual puede funcionar ni va a funcionar.

La causalidad formal es pertinente en otras áreas que involucran la IA. Para la IA, no habría ninguna razón por la cual el género sea importante físicamente; es simplemente una etiqueta aplicada según se desee o en ciertas circunstancias no fijas. Pero en realidad, el vislumbrar la posibilidad del “transgénero” brota de una confusión de la causalidad material y eficiente con la causalidad formal. Es posible amputar partes del cuerpo y hacer otras intervenciones, todas las cuales afectan el aspecto material de un hombre o de una mujer mediante el uso de causas eficientes. Pero el cambiar la causa material de un hombre o de una mujer no afecta de ningún modo la causa formal, dato que se les escapa a muchos en los campos científico y médico porque no entienden que ciertas cuestiones no son estrictamente científicas. Una visión integral del conocimiento, incluyendo la teología, hace posible un entendimiento mucho más claro, pero esto queda fuera del alcance de la IA.

4. El abismo de la theopóiesis

Pensemos en la theopóiesis o, como se denomina habitualmente en Occidente, la deificación o santificación. Zubiri explica en su ensayo “Dios y la deificación en la teología paulina” que, según se entiende en la tradición patrística,

la Trinidad actúa y por ende reside en el alma del justo. Esta inhabitación es el primer sujeto de la gracia. Puesto que es la vida de Dios, los latinos la llamaron gracia increada. Los resultados son claros: el hombre se encuentra a sí mismo deificado; lleva dentro de sí la vida divina por medio de un don gratuito. Su efecto es inmediato. El hombre vive por fe (pistis) y por el amor personal (agape) de un Dios Trino. Esta es la dýnamis theoû en nosotros... El Hijo era la dýnamis del Padre, y por medio de esta dýnamis que nos fue traída por el Espíritu Santo nos sumergimos en el abismo de la Paternidad.

San Atanasio dijo: “Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse dios”. De esta noción hicieron eco muchos otros, entre ellos San Ireneo, Clemente de Alejandría y San Gregorio de Nisa, quien escribió que Dios “se mezcló con lo que es nuestro, para que por la mezcla con lo divino, lo que es nuestro se volviera divino, liberado de la muerte y lejos de la tiranía del enemigo”. Ahora bien, estas afirmaciones no se hacen en un nivel estrictamente literal. Los hombres no se van a volver dioses en el sentido de los antiguos dioses paganos, sino que la humanidad es transformada mediante la Encarnación, que es causación formal. Esto significa que la deificación produce un verdadero efecto que el creyente individual conoce con certeza, y por ese efecto es transformado.

Los chatbots de IA pueden emitir palabras, incluso palabras y oraciones que hablan sobre la deificación, la redención y la salvación; pero, aparte del hecho de que los chatbots no tienen entendimiento de lo que dicen, las palabras no son el punto de la deificación o de las otras realidades. Señala Peter Bouteneff en su obra Sweeter than Honey: Orthodox Thinking on Dogma and Truth (“Más dulce que la miel: El pensamiento ortodoxo sobre el dogma y la verdad”):

La verdad objetiva, si bien es importante, no es la meta final. La verdad objetiva es simplemente información. La meta no es encontrar información, ni siquiera discernir datos, sino ponernos a nosotros mismos, como sujetos vivientes, en interacción con la realidad, para culminar a fin de cuentas en una participación en el terreno de lo que es real.

Puesto que la IA no puede siquiera alcanzar la verdad objetiva, todo el resto —todo lo más importante— resulta irrelevante.

5. El abismo en los espacios sagrados

Las iglesias bien diseñadas y designadas crean una atmósfera especial de santidad que no brota de espacios seculares como los centros comerciales o los edificios de oficinas. La realidad material es que la estructura —sus piedras, sus adornos, el espacio albergado— transforma al visitante o peregrino con una profunda impresión de un lugar que de algún modo pertenece a otro mundo. Es famosa la afirmación del abad Suger de Saint-Denis (1081-1151) respecto a la nueva arquitectura gótica: en un lugar así, “el hombre puede elevarse a la contemplación de lo divino por medio de sus sentidos”. La idea era crear una “arquitectura de luz”, capaz de elevarlo a uno “de lo material a lo inmaterial”.

Nos vienen de inmediato a la mente las grandes iglesias como la de Notre Dame de París, la basílica de San Pedro y Santa Sofía. Procopio de Cesarea (500-565) nos dice en sus Edificaciones:

¿Quién podría describir la belleza de las columnas y las piedras con que está adornada la iglesia? Uno podría imaginar que ha llegado a una pradera llena de flores abiertas... Y cada vez que alguien entra en esta iglesia para orar, comprende de una vez que no es por ningún poder o destreza humana, sino por la influencia de Dios, que esta obra se ha completado tan hermosamente.

Es famoso el informe de los embajadores que envió a Constantinopla el príncipe Vladimir (987), que visitaron Santa Sofía para aprender sobre la fe ortodoxa. Tal como se narra en la Crónica primaria rusa, los embajadores declararon: “Ya no sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra... ni tal belleza, y no sabemos cómo describirla.” Desde luego, no es necesario viajar al extranjero para encontrar espacios sagrados capaces de transmitir esa sensación de lo sagrado, esa atmósfera de otro mundo y de espiritualidad. Cualquier iglesia apropiadamente diseñada y señalada puede lograr eso, y hay mucha gente que visita esas iglesias precisamente para tener una experiencia así (aunque, tristemente, hoy día hay muchas iglesias que semejan teatros y no logran transmitir un verdadero sentido de lo trascendente).

Apenas un suplemento limitado

Teorías que son fundamentalmente débiles atraen enorme atención de los medios de comunicación porque prometen reemplazar o desplazar a Dios en una forma o en otra. Y fracasan invariablemente porque no están basadas en la realidad ni en la verdad. La IA será siempre apenas una forma de complementar e incrementar las capacidades humanas, como lo hacen muchas otras tecnologías. La IA y los sistemas automatizados podrán superar el rendimiento humano en ciertas tareas estrictamente definidas, pero programación para realizar esas tareas, así como el hardware que se necesita, deberán provenir de la creatividad humana. Lo demoníaco en la IA es casi ciertamente el resultado del material (la Internet) que aprovecha, y no de alguna cualidad inherente del hardware de computadoras.

El resultado neto de todo esto es resaltar el perfil del cristianismo y del conocimiento teológico, porque demuestran que el ser humano es único: es una clase de realidad diferente, con capacidades que escapan a la IA y a las interpretaciones fisicistas del hombre. El conocimiento basado en la fe es esencial para el entendimiento y la interacción exitosa con el mundo tomado en su integridad.

De Touchstone, Mayo/Junio de 2025.

Thomas B. Fowler, Sc.D. es presidente de la Fundación Xavier Zubiri, consultor en tecnología para el gobierno de los EE. UU., y Profesor Adjunto de Ingeniería en la Universidad George Mason. Es el autor de cuatro libros y 150 artículos sobre filosofía, teología, ingeniería, matemáticas, astronomía y física. En el entorno de nuestros días, está especialmente interesado en corregir ciertas percepciones ampliamente promovidas pero incorrectas acerca de la ciencia y de sus capacidades.