El hilo gnóstico

El hilo gnóstico

La carrera anticristiana hacia la desencarnación

Marzo/Abril de 2026
De la edición de Touchstone de Marzo/Abril de 2026

Hace cuatro años me contrató mi actual empleador para que colaborara en la construcción de la supercomputadora más veloz del mundo. Hace poco más de un año alcanzamos nuestra meta de lograr la primera computadora “exaescala” en la historia del mundo, lo cual quiere decir que construimos una máquina que puede hacer un quintillón de cálculos aritméticos por segundo. Si toda la población de la tierra comenzara a hacer cálculos matemáticos cada segundo durante 24 horas todos los días, duraríamos como cuatro años en hacer tantos cálculos como los que esta máquina puede hacer en un solo segundo.

Hubo cientos, si no miles, de personas trabajando para construir ese sistema. Mi propia función implicaba la construcción de herramientas de software que pueden observar la interacción entre las aplicaciones y el hardware del sistema para ayudar a descubrir formas en que el software pudiera aprovechar más eficientemente los recursos computacionales que estaban dentro del sistema. Se podría imaginar eso como construir herramientas que sean una especie de mirones tecnológicos para los fanáticos de las matemáticas.

Después de esa época, mi trabajo se ha redirigido hacia el ámbito de la inteligencia artificial. Algunas de las herramientas que construí para la supercomputadora se han reorientado para la IA y se están usando activamente en compañías cuyos nombres la mayoría de los lectores reconocerían como las que optimizan el rendimiento computacional de sus modelos de IA.

Menciono todo esto porque, al hacer esta clase de trabajo en sistemas complejos por muchos años, uno comienza a formarse ciertos hábitos mentales. Uno de esos hábitos es el de percibir patrones relacionados en fenómenos aparentemente inconexos. No estoy diciendo que yo siempre tenga razón al identificar esos patrones. Pero en la mayoría de los casos he tenido éxito en este trabajo gracias a una terca determinación a derivar patrones de mis observaciones esforzándome mucho por adquirir datos a partir de esos sistemas complejos. (En tema aparte, uno de mis escepticismos acerca del alarmismo climático se origina en mi propia experiencia de lo difícil que es monitorear sistemas que son mucho menos complejos que los climas planetarios. No creo que los datos de los alarmistas climáticos puedan jamás bastar para predecir nada en una forma confiable. En el mejor de los casos, solo pueden emitir hipótesis. El hecho de que los alarmistas climáticos no describan públicamente las proyecciones de su modelos como meras hipótesis nos dice la mayor parte de lo que necesitamos saber acerca de la ética dominante en la ciencia climática.)

Pero eso es una digresión.

El hilo del gnosticismo

Aquí quiero sugerir que un patrón inesperado (inesperado para mí, al menos) ha brotado a partir de ciertos puntos de inflamación sociales importantes. Esos puntos de inflamación son la homosexualidad, los transgéneros, la IA y el covid. Eso puede parecer un surtido disparejo, y uno podría preguntarse cuál patrón general podrían tener en común. Pero creo que hay un hilo conceptual común que se entreteje a través de esos temas aparentemente inconexos, un hilo que haríamos bien en considerar. Ese hilo en común —al cual, sugeriría también, los cristianos no somos inmunes— es el antiguo hilo del “gnosticismo”.

El gnosticismo es una antigua herejía que fue rechazada profundamente por la Iglesia antigua pero que, sin embargo, ha mostrado una sorprendente resiliencia y capacidad de resurgir en diferentes épocas. El centro de la idea gnóstica es la noción de que el puro conocimiento es la base para la salvación (la palabra griega gnosis, de la cual se deriva “gnóstico”, significa “conocimiento”). El gnosticismo sugiere que el mundo físico fue creado por un ser espiritual inferior y por lo tanto es inherentemente malo. Insiste en que el conocimiento, incontaminado por la existencia material, es la esencia de la fe. En sus antiguas formas cristianizadas, llegaba al punto de decir que Jesús no se había encarnado realmente. Probablemente esa sea la razón por la que encontramos que el apóstol Juan escribe en una de sus epístolas:

Y este es el mandamiento: que vivan en este amor, tal como lo han escuchado desde el principio. Es que han salido por el mundo muchos engañadores que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. El que así actúa es el engañador y el anticristo. (2 Juan 6b-7)

Los gnósticos solían reaccionar contra su propia existencia corporal ya fuera abrazando conductas hedonistas, con la premisa de que lo que hagamos con nuestro cuerpo físico no importa, o con la conducta casi totalmente contraria, una especie de rigurosa negación de sí mismos. Esto último puede haber sido la razón por la cual Pablo advierte, en su epístola a los Colosenses, contra esas formas de fe que implican “severo trato del cuerpo”.

¿Por qué, entonces, sugiero que el gnosticismo es un tema unificador de la homosexualidad, los transgéneros, la IA y el covid? Comencemos con los primeros dos elementos.

El gnosticismo y la sexualidad aberrante

El supuesto implícito, aunque tal vez no siempre reconocido conscientemente, que subyace al activismo homosexual es la premisa de que no hay nada en la anatomía humana masculina o femenina que nos diga nada importante respecto a la forma en que han de orientarse los intereses sexuales, o en qué forma, o con qué fin. Aquellos que insisten en la afirmación de la conducta homosexual están insistiendo, implícitamente, en que no hay nada en la condición física del cuerpo humano que nos dé instrucción alguna de nada que tenga que ver con la expresión sexual.

Una de las cosas que me resultan más interesantes acerca de ese supuesto implícito es lo marcadamente que se aparta de los supuestos de la evolución darwiniana. Según Darwin, las formas de los seres evolucionaron como evolucionaron porque los rasgos evolucionados le conferían ventajas a la especie. Eso significa, en los propios términos del darwinismo, que las formas observables nos dicen algo acerca del propósito y acerca de lo que contribuye a la supervivencia de las especies. Pero los promotores de la homosexualidad están insistiendo implícitamente en que la forma humana no nos dice nada en absoluto. Tal vez no sea totalmente sorprendente que el mundo anticristiano no logre armar bien su alegato.

Una visión del mundo que afirma la homosexualidad es una que hace una distinción entre la vida interior del deseo humano y la forma real de la anatomía humana. Al hacer esa distinción, se está devaluando el papel del cuerpo humano para informar nuestra vida. Insistir en una completa desconexión entre nuestra anatomía y nuestro propósito es despreciar totalmente cualquier papel instructivo que el cuerpo humano pueda desempeñar.

La misma clase de disminución del cuerpo se da con respecto a la actual locura de los transgéneros. Aquí la premisa subyacente es que lo de quiénes y qué seamos verdaderamente está completamente divorciado de nuestra existencia corporal real. Más que eso, nuestro cuerpo puede ser un verdadero impedimento para realizar nuestro verdadero yo. Para los activistas transgéneros, nuestro cuerpo es una incomodidad sin sentido; por eso, una persona puede hacer que le mutilen y le remodelen el cuerpo de forma espantosa con el fin de imponerle al cuerpo su vida interior, en lugar de intentar adaptar su vida interior a las circunstancias reales de su corporeidad.

En el caso de la homosexualidad, lo que alguien quiere se impone a su forma corporal, y en el caso de los transgéneros, lo que alguien se imagina que es se impone a su circunstancia corporal entera. El tema constante de estas dos cosmovisiones agresivas es gnóstico en cuanto que ambas elevan el contenido de su mente por encima de la corporeidad y la existencia física.

La existencia corporal versus la virtual

El menosprecio —o, para usar una palabra más de moda, la cancelación— del cuerpo humano no es más evidente en ninguna parte que en el mundo de la tecnología. La realidad virtual, por ejemplo, se está promoviendo no simplemente como entretenimiento, sino como un verdadero sustituto para nuestra existencia física. En 2021 Marc Andreessen, inventor del buscador web y miembro de la junta de Meta (antes llamada Facebook), fue entrevistado acerca de los planes de Meta para el “metaverso”, un mundo de realidad virtual en línea que su compañía estaba construyendo. Durante la entrevista, a Andreessen le preguntaron si pensaba que quizás la tecnología nos volvía demasiado conectados y virtualizados en formas que son inconvenientes para la psicología humana. Respondió sugiriendo que esa noción podría ser en sí misma un producto del “privilegio de la realidad”:

Su pregunta es un excelente ejemplo de lo que yo llamo Privilegio de la Realidad. Es una paráfrasis de un concepto que articuló Beau Cronin: “Consideremos la posibilidad de que una defensa visceral de lo físico, acompañada de un rechazo de lo virtual como algo inferior o escapista, es un resultado de los privilegios del superusuario.” Un pequeño porcentaje de personas viven en un ambiente del mundo real que es rico, incluso sobreabundante, con una sustancia gloriosa, entornos hermosos, estímulos copiosos, y muchas personas fascinantes con quienes hablar, con quienes trabajar y con quienes tener citas amorosas. También están todas las personas que logran hacer preguntas acuciosas como la suya. Todos los demás, la gran mayoría de la humanidad, carecen del Privilegio de la Realidad: su mundo en línea es, o será, inmensurablemente más rico y más realizante que la mayor parte del ambiente físico y social que los rodea en el mundo real entre comillas.

Los que tienen el Privilegio de la Realidad, por supuesto, dicen que esta conclusión es distópica, y exigen que prioricemos mejoras en la realidad por sobre mejoras en la virtualidad. A eso digo yo: la realidad ha tenido cinco mil años para arreglarse, y es claro que todavía es insuficiente para la mayoría de la gente; no creo que debamos esperar otros cinco mil años para ver si algún día llega a cerrar la brecha. Debemos construir —y estamos construyendo— mundos en línea que hagan que la vida, el trabajo y el amor sean formidables para todos, sin importar el nivel de privación de la realidad en que se encuentren.

No hay que pasar por alto el punto esencial que se está enunciando aquí: una existencia incorpórea, virtual, no solo es buena; es en verdad una cuestión de igualdad y justicia.

Mary Harrington, escritora británica, pertenece a una clase emergente de feministas a la antigua que están proponiendo reconsiderar la posibilidad de que el florecimiento humano pudiera implicar apoyarse de hecho en la forma en que uno fue creado. En una entrevista del 2023, esta autora del libro Feminism Against Progress (“El feminismo contra el progreso”) conecta algunas de sus propias afirmaciones, vinculando lo que he llamado preferencia gnóstica por la incorporeidad con la tecnología y la corriente transgénero:

No creo que sea ninguna coincidencia que el verdadero repunte de la identidad trans coincida con la ubicuidad de los teléfonos inteligentes. Creo… que hay un lazo causal muy fuerte y es muy claro que, especialmente, muchas jovencitas que se adhieren a eso y, pues, tratan de trascender los límites de su propio sexo corporal, se sienten inspiradas a hacerlo por influenciadores y realmente por la experiencia de socializar en una forma incorpórea. Usted sabe, si uno ha estado interactuando con otras personas en Minecraft desde que tenía cinco años, entonces, claro, no es de extrañar que uno crea que puede editar su avatar de carne así como puede editar el virtual. Pienso que es obvio que sería cuestión de justicia social básica con la gente que está normalizada dentro de ese paradigma el imaginarse que eso es algo que uno puede hacer y que debería ser capaz de hacerlo.

Una premisa común que comparten la realidad virtual y el mundo emergente de la inteligencia artificial es que la computación es una aproximación adecuada, si no un verdadero sustituto, de los seres humanos de carne y hueso.

¿Meras calculadoras?

Probablemente convenga mencionar algunas observaciones fundamentales acerca de la tecnología antes de seguir adelante con esta línea de pensamiento.

Las computadoras son calculadoras; no son personas ni “seres” de ninguna clase. Computan; no disciernen. Son máquinas que procesan números; no tienen entendimiento. Pueden ser programadas para que conviertan números en texto. Podemos usarlas para calcular las asociaciones estadísticas entre fragmentos de texto contenidos dentro de vastos cúmulos de documentos. Eso es lo que hacen los modelos de lenguaje que están detrás de todo el actual entusiasmo por la IA. Computan un vasto océano de estadísticas referentes a letras y palabras que aparecen juntas, y pueden vomitar secuencias de texto estadísticamente probables.

Los modelos de IA no tienen ideas propias. Reconstituyen cadenas de texto armadas a partir de probabilidades estadísticas. Eso quiere decir que la calidad de sus respuestas depende totalmente de la calidad de los documentos de los cuales han derivado sus estadísticas. Si el corpus documental está lleno de errores o de mentiras, una IA producirá una aproximación de esos errores y mentiras. Si el corpus documental está lleno de sesgos políticos, generará respuestas con el correspondiente sesgo político. Los modelos de IA no “saben” lo que están haciendo. Solo emiten aproximaciones calculadas de lo que se les ha “dicho”. En cierto sentido, podemos concebir a ChatGPT y todos sus hermanos como enormes rocolas que pueden “reproducir” variaciones de la sabiduría convencional sobre cualquier tema en particular sobre el cual hayan sido “entrenadas”.

Podemos concebir a ChatGPT y todos sus hermanos como enormes rocolas que pueden “reproducir” variaciones de la sabiduría convencional sobre cualquier tema en particular sobre el cual hayan sido “entrenadas”.

El misticismo que está actualmente en boga para describir la IA, especialmente en la prensa popular y en las redes sociales, se basa en parte (sospecho yo) en la amplia aceptación de la “teoría computacional de la mente” o “computacionalismo”, que Wikipedia define como “una familia de puntos de vista que sostienen que la mente humana es un sistema de procesamiento de información y que el conocimiento y la conciencia, juntos, son una forma de computación”.  

El supuesto subyacente aquí es que el cuerpo humano no es más que una especie de computadora fofa y húmeda. Son los cómputos mismos —dice la narrativa— lo que constituye lo que percibimos como una “persona”. Una vez que esa clase de “cómputos” los pueden ejecutar otras clases de computadoras, entonces esas otras computadoras también constituirán personas. Si lo que significa ser humano se puede reducir a cómputos matemáticos, entonces los seres humanos no contienen nada más significativo que los cómputos. De ese modo el cuerpo humano se vuelve irrelevante, excepto, quizás, como un instrumento increíblemente eficiente de poder para hacer matemáticas.

Dado que el lenguaje es una faceta central de nuestra existencia humana, el que las personas interactúen con una máquina que puede computar una respuesta lingüística a sus preguntas es algo que puede afectar profundamente. Un video en YouTube (youtube.com/watch?v=Ko0sl33ify4) ilustra muy bien este punto. Su productor se las ingenió para acentuar la sensación mística del espectador respecto a la IA, al escoger como su rostro de IA a un viejo monje, un personaje que muchos perciben como alguien con autoridad espiritual. No nos equivoquemos: aquí se está estableciendo una especie de trabajo preparatorio. Tampoco es accidental que el productor eligiera darle a su monje de IA un acento británico; hay muchos estudios psicológicos que sugieren que un acento británico aumenta [para los estadounidenses; Nota del traductor.] la percepción del oyente de que quien habla tiene autoridad y experiencia.

La amplia aceptación (al menos entre los tecnólogos) de la teoría computacional de la mente —que los seres humanos son esencialmente computadoras— conduce inevitablemente, más adelante en el camino, a implicaciones novedosas acerca de lo que significa incluso ser humano.

En una conversación de 2022 entre Lex Fridman y Andrej Karpathy, dos pensadores líderes en el campo de la IA, se plantean preguntas acerca de la moralidad de desconectar una IA que dice que quiere vivir, junto con la sugerencia de que esas preguntas llegarán a tener un peso moral comparable al que acompaña a las preguntas acerca del aborto.

Fridman: Pero también está esto —tal vez sea solo un discurso que nos decimos a nosotros mismos—: se siente como algo para experimentar el mundo, [el plantear] el difícil problema de la conciencia.

Karpathy: Así es…

Fridman: Pero eso podría ser simplemente un discurso que nos decimos a nosotros mismos.

Karpathy: Creo que eso [la conciencia de la IA] saldrá a flote. Creo que va a ser algo muy aburrido. Vamos a estar hablándoles a esas IA digitales; ellas alegarán que son conscientes; dará la impresión de que lo son; harán todas las cosas que uno esperaría de otros seres humanos… y va a ser un punto muerto.

Fridman: Creo que va a haber muchas preguntas éticas reales y fascinantes, como preguntas de nivel de la Corte Suprema acerca de si a uno se le permite apagar una IA consciente, y si se permite construir una IA consciente. Tal vez tendría que haber el mismo tipo de debates que tenemos por ahí —perdón por traer a colación un tema político, pero—… el aborto… la pregunta más de fondo con el aborto es: ¿qué es la vida? Y la pregunta de fondo con la IA también es: ¿qué es la vida y qué es estar consciente?

Karpathy: Correcto.

Fridman: Y yo creo que será muy fascinante plantear todo eso; podría llegar a ser ilegal construir sistemas que sean capaces de un nivel así de inteligencia. (Lex Fridman, Pódcast #333)

Encontrar mortificante la condición de criaturas

Una forma de entender el conflicto que agita a Occidente respecto a estas facetas esenciales de la naturaleza humana, el puesto de la humanidad en el mundo y nuestra existencia corporal es verlo como un resentimiento moderno contra la realidad misma de nuestra condición de criaturas. La gente moderna, especialmente en Occidente, cada vez se amarga más por la posibilidad de que las circunstancias de nuestra existencia sean prescritas por cualquier persona que no seamos nosotros mismos. En un contexto así, adoptar una creencia, como la de que el género es cualquier cosa que nosotros digamos que es, empieza a parecer como algo que a lo que más se asemeja es a un deseo colectivo de maldecir a Dios.

A la gente moderna en realidad no le gusta el hecho de que seamos creados y por lo tanto nunca podamos ser completamente autodefinidos. Para el ser humano moderno, el que las circunstancias de nuestra existencia nos sean impuestas es, por lo visto, algo que causa furia. Así, muchos se resuelven a creer que nuestra humanidad puede divorciarse de nuestra existencia corporal y reducirse a algo puramente computacional. Esas pretensiones gnósticas ofrecen un escape de las imposiciones de nuestra condición física. Uno capta una sensación de esta clase de moderna petulancia intelectual en este extracto de un discurso de Yuval Harari [Historiador y filósofo israelí; Nota del traductor.] en 2018:

Los organismos son algoritmos. Esta es la gran Intuición de las modernas ciencias de la salud: que los organismos, ya sean virus o bananos o seres humanos, en realidad son solo algoritmos bioquímicos. Y estamos aprendiendo a descifrar esos algoritmos. Al descifrar los organismos, las elites pueden adquirir poder para rediseñar el futuro de la vida misma. Porque una vez que uno logra descifrar algo, por lo general podrá también rediseñarlo. La ciencia está reemplazando a la evolución por selección natural por la evolución por diseño inteligente: no el diseño inteligente de un Dios más allá de las nubes, sino nuestro propio diseño inteligente.  

Fue durante la pandemia del covid que comencé a percibir este tipo de negatividad cultural tan extendida contra la corporeidad. Se manifestó en aquella época como una receptividad inmediata, incluso entusiasta, a la idea de que los cuerpos humanos deben concebirse primeramente como vectores para la transmisión de la enfermedad. Y fue especialmente la prevalencia de supuestos similares —y de los argumentos éticos novedosos que los acompañan— en el seno de la comunidad cristiana más amplia lo que me dejó rascándome la cabeza.

Y la razón es esta.

Comenzando con los primeros capítulos del texto bíblico, empieza a surgir una teología del cuerpo humano. La distintividad sexual, la expresión sexual llena de propósito, una existencia corporal: esos fueron los primeros principios que se establecieron al puro inicio. El destino mismo del mundo dependía de las decisiones dietéticas de Adán y Eva referentes a unos alimentos para ser consumidos por el cuerpo.

Más adelante, la fe y los cuerpos humanos se intersecaban en cosas como el uso de vestimentas sacerdotales, el consumo de carne sacrificial, la circuncisión, las unciones, el cabello sin cortar y los lavamientos ceremoniales, entre otras cosas.

Y después, para gran asombro de todos los seres del cielo y de la tierra, Dios llegó al extremo de encarnarse él mismo, y fue su muerte corporal, precedida por los tormentos corporales, demostrada por los fluidos corporales que salieron de su costado traspasado, y seguida por la sepultura física y en última instancia por la resurrección corporal, lo que reconcilió con él todas las cosas del cielo y de la tierra.

Nuestro Señor dio instrucciones de que debíamos bautizar el cuerpo de los nuevos discípulos. En la noche en que fue entregado, nuestro Señor les dijo a sus discípulos: “Esto es mi Cuerpo”, y lo hizo en el contexto mismo en que les enseñó la necesidad de conmemorar esos acontecimientos consumiendo corporalmente el pan y bebiendo el vino. Para dondequiera que miremos, la Escritura enseña que los seres humanos somos criaturas corporales; que nuestra fe se interseca con nuestra existencia corporal, y así hace de nuestra misma fe algo que es ineludiblemente encarnado.

La fe cristiana no es carente de información: sin duda, el evangelio comprende contenido informativo. Pero no se puede reducir a mera información. El Cuerpo (de nuevo esa palabra) de la Iglesia no puede reducirse simplemente a un vehículo para el intercambio de información.

Me alegra mucho que tengamos la tecnología de Zoom y transmisión en vivo para personas que están física o geográficamente imposibilitadas de congregarse en persona con la Iglesia. Ciertamente es una enorme bendición para aquellos que simplemente no pueden reunirse corporalmente. Pero el cristianismo de la Biblia es a la vez informativo y encarnado. Es una amalgama confusa y terrena de pies sucios y cuerpos bañados, carne y sangre, muerte y resurrección. La antigua fe cristiana simplemente no puede quedar contenida dentro del parpadeo antiséptico de un video transmitido en vivo.

Por mucho tiempo el cristianismo ha adolecido de una inclinación gnóstica. El gnosticismo siempre se ha caracterizado por su insistencia, en mayor o menor grado, en una dicotomía entre el contenido de la fe cristiana y la práctica encarnada de esa fe. Siempre ha habido una tendencia gnóstica a disminuir esa impura corporeidad en favor del conocimiento incontaminado. Cualquier forma de entender el cristianismo que se conciba primariamente como una forma de información desencarnada, reducida casi totalmente a un tráfico de opiniones correctas, es un cristianismo que emite más que un tufillo del pasado gnóstico.

Conectando los puntos

Estamos pasando por en medio de una erupción de locura transgénero y homosexual: un momento que se caracteriza por rechazar la pertinencia del cuerpo natural como guía para la identidad sexual humana y para la expresión sexual. Es una época en que los pensadores tecnológicos de elite han adoptado una concepción reduccionista de los seres humanos como meros algoritmos. Están debatiendo abiertamente si se nos debería permitir encender o apagar lo que en realidad son apenas unas calculadoras muy rápidas porque podrían ofrecer el mismo fundamento moral que los seres humanos corpóreos. Después de todo, si el ser humano no es más que una máquina, una máquina bien puede ser un ser humano.

Dado todo eso, tal vez no sea tan descabellado preguntarse si la corriente submarina gnóstica de nuestros tiempos está afectando el pensamiento de aquellos cristianos que han llegado a ver su propia participación corporal como una faceta opcional de la práctica de su fe.

Una de las tareas urgentes que se nos presenta a los cristianos modernos, creo yo, es la necesidad de reforzar nuestra comprensión de la naturaleza corpórea de nuestra fe. Lo que va incluido en la fe cristiana no se circunscribe a cosas informativas o psicológicas. No se limita solo a la rehabilitación moral de nuestra vida interior. El cristianismo bíblico es una forma comprensiva y redimida de ser, que penetra a todos los rincones y rendijas de nuestra existencia. Jesús no nos redimió simplemente para capacitarnos para ordenar en fila todas nuestras fichas informativas.

Seguir a Jesús implica llevar todo nuestro ser —cuerpo, mente y alma— a tomar las armas en un conflicto muy antiguo: un conflicto contra el gnosticismo, que continúa siendo esgrimido en un intento por seducirnos con la idea de que nuestra fe existe solo en el ámbito de las ideas y no necesita poner su morada en nuestro cuerpo.

De Touchstone, Mayo/Junio de 2025.

Keith Lowery trabaja como miembro sénior en una gran empresa fabricante de semiconductores, donde realiza investigaciones avanzadas de software. Trabajó con emprendimientos tecnológicos durante más de 20 años y por un tiempo fue uno de los principales ingenieros en Amazon. Es miembro de la Iglesia Bíblica Lake Ridge en un suburbio de Dallas, Texas, donde participa con regularidad, con el personal pastoral, en el pódcast Fe y Cultura que produce su iglesia.