Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
Contra la anticoncepción
No tenemos derecho, gracias a Dios
No te enorgullezcas del hecho de que su abuela quedara perpleja ante algo que tú estás acostumbrado a ver o escuchar sin asombro alguno... Bien puede ser que tu abuela fuera un ser extremadamente animado y lleno de vida, mientras que tú eres un paralítico. — G. K. Chesterton
El año pasado tuve el placer de estar sentado junto a un joven padre de familia en una cena de la Sociedad Filadelfia en Fort Worth, Texas. Ese hombre joven sabía de nuestra revista, y me preguntó qué era lo que unificaba a nuestros editores, a pesar de nuestras diferencias denominacionales. él era un católico, padre de cinco hijos, así que yo decidí entrar con todo. Pero él casi ni siquiera levantó una ceja cuando le dije: “Bueno, todos nosotros estamos opuestos a la anticoncepción y a la ordenación de mujeres.”
“Yo nunca vi ningún problema con la anticoncepción hasta que entré a la escuela de Derecho [en Harvard]” —comentó. ¿Acaso la Escuela de Derecho de Harvard tenía algo que decir contra la anticoncepción? “No —continuó—; fue cuando cubrimos el caso Griswold [caso legal de 1965 con el que la Corte Suprema de Estados Unidos legalizó la anticoncepción para los matrimonios — Nota del traductor]. Todos quedamos asombrados al enterarnos de que todavía en 1965, apenas ayer, la gente pensaba que la anticoncepción era mala. Tal vez por entonces era aceptada por mucha gente o incluso por la mayoría, no sé, pero no se consideraba algo bueno. Entonces comencé a pensar en eso. ¿Cómo podía pasar de malo a bueno?”
¡Buena pregunta! ¿Cómo podía pasar eso? Seguro hubo algún gran descubrimiento o algo nuevo con la condición humana de hoy que simplemente no sabíamos en 1965... o en 1925, cuando todas las Iglesias católicas, protestantes y ortodoxas del mundo consideraban la anticoncepción como algo moralmente ilícito (a quienes quieran entender por qué toda la cristiandad estaba unificada contra la anticoncepción, les recomendamos el artículo de James Altena “Las desventajas de los anticonceptivos” [publicado en la edición inglesa de Touchstone, enero-febrero de 2023. — Nota del traductor.]).
La comedia Maude, 1972
En la década de 1970, Norman Lear dominó la televisión estadounidense con una serie de entrevistas cómicas con carga política que promovían el pensamiento progresista, comenzando con All in the Family (“Todo en familia”) (y como en ese tiempo solo había tres canales para escoger, si estaba en la televisión abierta, probablemente ustedes la vieron). En 1972 Lear recibió un pago de $10.000 de la organización Crecimiento Poblacional Cero, del Dr. Paul Ehrlich, para producir un episodio de comedia que promoviera la meta de crecimiento poblacional cero que impulsaba Ehrlich.
Para 1972, la anticoncepción ya era un debate demasiado anticuado para Lear y su primera comedia derivada de All in the Family, titulada Maude, de manera que escribió un guion cómico sobre la primera gran sensación derivada de la anticoncepción y el gran plan de respaldo: el aborto legalizado. ¡Comiquísimo! ¡Prendan la máquina de risas! (un invento sin el cual hoy nadie conocería el nombre de Norman Lear). Las futuras derivaciones de la anticoncepción incluirían la familia sin un padre, el colapso de la fecundidad estadounidense, la redefinición del matrimonio, las redes pornográficas, la conversión del movimiento LGBT en arma política, y así sucesivamente... pero de eso hablaremos después.
En el episodio, Maude (papel representado por Bea Arthur, de 50 años de edad) descubre que está embarazada por su cuarto marido. Su hija Carol le implora que consiga un aborto, diciendo: “Cuando tú eras joven, el aborto era una mala palabra; pero ya no lo es. Así que piensa en eso.” ¿Pensar en qué, exactamente? Carol no dijo cómo el aborto podía pasar de ser malo a ser bueno, pero le aseguró a su madre que hoy día hacerse un aborto “era como ir al dentista”. Aparentemente, la facilidad con la que uno podía cometer un acto malo era lo que había transformado algo malo en algo bueno: eso, y el imprimátur de la cultura pop tomado de la obra, ya hace tiempo desacreditada, del Dr. Paul Ehrlich, Norman Lear y la red televisiva CBS. Tres meses después, la Corte Suprema emitiría su sentencia en el caso Roe vs. Wade, que ordenaba el aborto legal en todos los Estados de la Unión, y en cosa de diez años, el número de abortos practicados anualmente en los Estados Unidos había de aumentar más del doble.
La explosión del aborto no resultó una sorpresa para nadie. Para la década de 1970, nuestras escuelas públicas ya les enseñaban a todos los niños estadounidenses que el sexo bueno, el sexo seguro = anticoncepción, y que el sexo malo, el sexo peligroso = un bebé. Y cualquier adolescente de primeros años de secundaria entendía que este sexo bueno, seguro y correcto que sus maestros le estaban enseñando a practicar no era el sexo en el matrimonio. (Ah, pero bueno, si tú piensas que la... “fornicación” —ja, ja— pone triste a Jesús, entonces está perfectamente bien que te quedes en casa y veas con tus padres algún programita inocente, preciosa.)
Entonces ¿por qué, en palabras del muy popular presidente Obama, debería alguien ser “castigado con un bebé” por practicar el sexo bueno, seguro, responsable y prematrimonial según la instrucción de sus maestros? Si el sexo prematrimonial y la anticoncepción son moralmente buenos, y un bebé es malo, entonces ¿a quién se le ocurre que el aborto pueda ser malo? Entonces los abortos se duplicaron. ¿Qué otra cosa pensábamos que iba a pasar?
Humanae vitae, 1968
Aún así, al mirar atrás hacia la decisión de la Corte Suprema en el caso Griswold desde su aula de Harvard, habría sido plausible que mi compañero de mesa y sus compañeros se preguntaran si la anticoncepción no era realmente una buena idea. Después de todo, en 1960 las mujeres estaban teniendo muchos niños, y la tasa de ilegitimidad de 5,3% estaba en ascenso. Si la píldora, que se introdujo ese año, podría reducir ese número, ¿no iba a ser todo para bien?
Dos puntos. Primero, como nos lo recordó el Papa Paulo VI en su encíclica de 1968 en que condenaba la anticoncepción, Humanae vitae, “no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien”. Segundo, de eso no se consiguió ningún bien.
En 1960, el año en que la FDA [Administración de Alimentos y Medicamentos de los EE. UU. — Nota del traductor] aprobó la píldora, el hogar estadounidense promedio producía un buen promedio de 3,55 hijos por familia. Sesenta y dos años más tarde, la tasa estadounidense de fecundidad ha caído a la cifra demográficamente suicida de 1,6 hijos por hogar, mientras que para el número comparativamente minúsculo de niños que hoy día completan la gestación, la tasa de ilegitimidad ha subido de 5,3% a 40% (48% en el Reino Unido; 55% en Suecia; 60% en Francia; 71% en Islandia). ¿Por qué, en esta coyuntura, podría alguien esperar que un padre se mantenga presente? Hace treinta años que el Vicepresidente Dan Quayle fue ampliamente condenado por sugerir que el programa de televisión Murphy Brown se equivocaba al idolatrar a la principal heroína estadounidense de la cultura anticonceptiva, la madre soltera. Y en 2015, el magistrado de la Corte Suprema Anthony Kennedy dejó bien claro, en su decisión del caso Obergefell en que redefinía el matrimonio, que cualquiera que piense que va en el mejor interés del niño el tener una mamá y un papá es un intolerante.
Casi hasta anteayer, todo el mundo —no solo las Iglesias— se oponía a ella. Como lo ha relatado en muchas ocasiones Allan Carlson en estas páginas, la oposición a la anticoncepción (y a la pornografía) prácticamente no tenía adversarios. Demócratas y republicanos por igual estaban contra ella.
¿A quién pensamos que estábamos engañando durante todo este tiempo? Después de todo, la anticoncepción eleva y celebra la separación del placer sexual por encima de su propósito natural. ¿De veras alguien creyó que una cultura anticonceptiva hipersexualizada iba a ser buena para los niños o para las familias? Claro que no. Y es por eso que, casi hasta anteayer, todo el mundo —no solo las Iglesias— se oponía a ella. Como lo ha relatado en muchas ocasiones Allan Carlson en estas páginas (artículos “Pure Visionary” en junio de 2009; “Sanger’s Victory” en enero/febrero de 2011, y “Moral Kombat” en septiembre/octubre de 2022), la oposición a la anticoncepción (y a la pornografía) prácticamente no tenía adversarios. Demócratas y republicanos por igual estaban contra ella. Los principales empresarios del país estaban unidos en su contra. Los rectores de las universidades de Amherst, Yale, Brown y Dartmouth fungieron todos como vicepresidentes de la Sociedad de Nueva Inglaterra para la Supresión del Vicio. En 1931, el periódico Washington Post señaló que la anticoncepción iba a “dar el campanazo fúnebre del matrimonio como institución sagrada” (más adelante cito algo más de ese editorial), e incluso se oponían a ella algunas feministas del siglo XIX como Elizabeth Cady Stanton, quien consideraba que la pornografía, el aborto, la anticoncepción y el abuso de la mujer eran una sola cosa.
¿Y en qué ha consistido el movimiento LGBT de estos últimos veinte años sino en la imposición militante del mismo tema de la anticoncepción, separando y elevando el placer sexual, no solo por encima de su fin natural, sino por encima de todo lo demás?
Mirando atrás en 1993 a la Humanae vitae, veinticinco años después de su publicación, Janet Smith, de la Universidad de Dallas, identificó cuatro cosas que el Papa Paulo VI había profetizado que se seguirían de la creciente cultura anticonceptiva de Occidente: (1) una decadencia moral general; (2) una pérdida de respeto por la mujer; (3) el abuso del poder por parte del Estado; y (4) el surgimiento de la creencia del hombre de que él tiene dominio total sobre su propio cuerpo.
El Papa Paulo VI no podía haber sabido, en 1968, que su cuarto punto se manifestaría en la mutilación química y quirúrgica de niños sanos mediante los tratamientos de “transición sexual”, ni que su tercer punto acarrearía la redefinición del matrimonio por parte del gobierno y las marchas del “Orgullo” auspiciadas por el Estado, o que sus puntos segundo y tercero significarían que las mujeres ya no podían tener acceso a sus propios baños o competiciones deportivas. Una vez más, dejemos de engañarnos: todos esos horrores se construyeron encima del cimiento de nuestra cultura de anticoncepción, sin la cual no se respaldaría hoy ninguno de ellos.
Lambeth, 1930
En 1920, la Conferencia de Lambeth de la Comunión Anglicana se manifestó fuertemente en contra del uso de anticonceptivos bajo cualquier circunstancia. [La Conferencia de Lambeth es un órgano gubernativo de la Comunión Anglicana, que se celebra cada diez años. — Nota del traductor.] Diez años después, en la Resolución 15 del informe final de la Conferencia de Lambeth de 1930, la Comunión Anglicana se convirtió en la primera y única Iglesia del mundo en considerar circunstancias que permitían el uso de anticonceptivos, únicamente entre personas casadas. Pero incluso entonces el obispo anglicano de Londres declaró, tras leer las resoluciones de Lambeth en su conjunto, que estaba convencido de que los obispos se habían pronunciado “del lado estricto” en contra de la anticoncepción. La Resolución 15 disponía apenas una pizca de margen de movimiento... solo para matrimonios... y solo bajo circunstancias especiales... y apenas...
“Me temo que esto es prácticamente todo lo contrario de la verdad” —replicó el antiguo obispo anglicano de Oxford, Charles Gore, quien percibió cómo en Lambeth el camello había metido la cabeza bajo la carpa. Ni siquiera el Washington Post podía creer lo que tenía ante sus ojos. Su editorial del 22 de marzo de 1931 arremetió contra la aprobación de las resoluciones de Lambeth por el Consejo Federal de Iglesias en Estados Unidos (precursor del Consejo Nacional de Iglesias): “el informe del comité, si se lleva a efecto, significaría el campanazo fúnebre del matrimonio como institución sagrada, al establecer prácticas degradantes que estimularían la inmoralidad indiscriminada. La sugerencia de que el uso de anticonceptivos legalizados sería ‘cuidadoso y limitado’ es un disparate.”
En estos días y en esta época a muchos les cuesta imaginarse cómo alguien podría oponerse al uso de los anticonceptivos; pero el Obispo Gore publicó en 1930 un panfleto titulado “Lambeth sobre los anticonceptivos” cuyos argumentos en contra son aplastantes. [El texto de ese panfleto está reproducido en la edición original de Touchstone de enero-febrero de 2023. — Nota del traductor.] Anthony Esolen [uno de los editores de Touchstone — Nota del traductor.] se expresó así respecto a ese artículo: “Pienso que, como suele ocurrir, lo que se escribe cuando comienza una controversia es más coherente, con una visión más amplia, y centrado con más precisión en las cuestiones fundamentales que lo que viene después, cuando entran en juego el desorden de los asuntos humanos y las autojustificaciones.”
Los editores de Touchstone difícilmente podríamos lavarnos las manos en todo esto. El desprecio que hemos descrito lo amontonamos sobre nosotros mismos porque, en diversos momentos de nuestra vida, la mayoría de nosotros pensábamos que la anticoncepción estaba bien y era sensata. Pero después, nunca pudimos responder cómo algo malo podía volverse bueno.
E incluso si quisiéramos tirar la toalla y sumarnos al mundanal ruido, Charles Gore nos recuerda que esa no es una decisión que nosotros tengamos la autoridad para tomar:
Si la Iglesia ha sido floja en el pasado... todavía sigue siendo su tarea... bajo persecución o en medio de la impopularidad, consolidar al resto fiel, a los que deben alimentar sus almas con la disposición a sufrir con Cristo y en la seguridad secreta de la victoria final con él. No tenemos derecho a contentarnos con lo que no llega a ser lo mejor. •
De Touchstone, Enero/ Febrero de 2023.
J. Douglas Johnson es el Editor Ejecutivo de Touchstone.
Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
