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Cómo vivir después de la cristiandad
La elección de ser cristiano en un mundo nuevo
Después de la ascensión de Jesús, los seguidores del “Camino” empezaron su recorrido por 300 años de persecución. Eso era normativo, porque el reino dentro del cual los cristianos vivían y tomaban sus decisiones —el Imperio Romano— estaba basado en un paradigma diferente del del reino de Dios. En su ministerio terrenal, Jesús constantemente redirigía a sus seguidores para que se alejaran de la visión del mundo del Imperio, porque su reino era el polo opuesto. Jesús no cambió de opinión ni ha cambiado de opinión.
La Iglesia estaba tratando de entender qué era ese nuevo reino de Dios, cuando de pronto vino la reversión dramática: Constantino reconoció y estableció el sistema que llamamos “cristianismo”. Las persecuciones de Diocleciano apenas estaban desvaneciéndose en el espejo retrovisor cuando llegó Constantino, solo siete años después, con el edicto de Milán (313), y para el 325 los cristianos se estaban dando de puñetazos en la calle, lidiando con diversas herejías, pero ya sin temor de que los echaran a los leones. Pero tristemente —por maravilloso que fuera el cese de las persecuciones—, tan pronto como el Camino hubo sido legalizado, la Iglesia se infectó con el parásito del poder.
La versión cultural que surgió no debería entenderse como “cristianismo” sino más bien como “constantinismo” o su sinónimo más conocido, “cristiandad”. Esta era un marco, un molde dentro del cual uno podía ser un creyente cristiano con algo menos de fricción que antes; pero bajo Constantino y sus sucesores, e incluso hasta nuestros días, los súbditos de la cristiandad todavía tenían que tomar las mismas decisiones que en tiempos de Diocleciano: llevar su cruz, amar a su prójimo, vivir el Sermón de la Montaña, y perdonar a quienes los ofendían. Incluso bajo el estandarte supuestamente seguro de la cristiandad, hubo santos que siguieron siendo perseguidos. Pensemos en el caso de los nazarenos, cristianos que afirmaban todas las doctrinas del credo pero eran despreciados porque se aferraban a su identidad judía (para no mencionar el trato espantoso que se daba a los judíos no cristianos). En tiempos de la cristiandad, no hemos sido muy cristianos unos con otros.
Parte de la razón por la que los cambios recientes en la sociedad nos han tomado con la guardia tan baja es que, aunque sabemos que los imperios se levantan y caen, pensábamos que la “cristiandad” no podría en absoluto ser uno de esos imperios. Me da un poco de risa cuando me encuentro con esos jóvenes y celosos catecúmenos que quieren “hacer grande a Bizancio otra vez”. Yo también tengo la esperanza de que algún día podamos celebrar la Divina Liturgia en una Santa Sofía reconsagrada, pero estoy aguantando la respiración.
No debemos escandalizarnos mucho ante la negatividad de la desorientación que estamos experimentando. Para ponerlo en términos sencillos, a la cristiandad le están quitando el marco, y su contenido se está derramando. Imaginémonos un buen molde para gelatina que llevaríamos a un picnic, que contiene deliciosas piezas de fruta. Sin su recipiente, la gelatina de la cristiandad se ha derretido ahora bajo el sol, y los aspectos prácticos de la vida —la cultura, la filosofía, la práctica litúrgica, las costumbres sociales— ya no tienen una cohesión social funcional; por eso podemos sentirnos como pedacitos de fruta nadando sin rumbo en una sopa pegajosa.
La polarización positivo-negativo acerca de la cual escribe Aaron Renn en su obra Life in the Negative World (“La vida en el mundo negativo”) no tiene que ver en realidad con una amenaza contra el cristianismo; se refiere más bien al final de la cristiandad. Estamos viviendo en los últimos momentos de la caída del imperio cristiano/romano; pero lo que está en problemas no es el Camino. Jesús dijo que las puertas del infierno no prevalecerían contra nosotros. Cuando dijo que su reino no era de este mundo, no fue como si al llegar el año 313 Jesús dijera: “Un momento; he cambiado de opinión. Solo me refería al reino tal como era en aquel tiempo. Cambio de planes: he decidido que, después de todo, me quedo con el reino del mundo.”
No necesitamos defender el reino de este mundo, luchar por el legado de la Ilustración, ni pelearnos acerca de si los padres fundadores de los Estados Unidos eran cristianos o francmasones teístas. Eran unos que estaban experimentando dentro de la cristiandad, hombres de su tiempo, igual que Constantino; así como los Padres de la Iglesia eran hombres de su tiempo. Por más que fueran genios y gigantes espirituales, ellos también tenían una comprensión limitada y muchísima historia por delante de ellos, no solo detrás.
La cristiandad en efecto implicó que, durante 1.700 años, el reino del mundo estuvo funcionando conforme al paradigma judeocristiano. Esto vino con presuposiciones importantes que cambiaron la trayectoria de la historia y de las relaciones humanas. Si comenzamos solo con una —la presuposición de que todo ser humano está hecho a imagen de Dios—, entonces el viraje negativo que se aleja de esa presuposición socava el fundamento mismo de —entre otras cosas— la abolición de la esclavitud, el reconocimiento de la dignidad de las mujeres y de las niñas, y el valor de la igualdad ante la ley. Estamos viendo cómo la aceptación universal de esas afirmaciones se desintegra ante nuestros ojos precisamente a causa de la caída de la cristiandad, y esto plantea la necesidad de reintroducir esos conceptos en la cultura predominante.
Llevo años diciendo que no estamos viviendo, en ninguna forma que sea real, en una cultura postcristiana. Si lo que estamos afrontando no es la muerte del cristianismo sino la caída de la cristiandad, entonces eso significa que somos gloriosamente precristianos. No vamos a recuperar la “civilización occidental” ni “nuestras instituciones”, y en verdad no necesitaos recuperarlas; eso no fue lo que se nos encargó. Debemos estar dispuestos a dejar que esas cosas queden atrás y a forjar un nuevo camino hacia adelante, a construir un nuevo recipiente social dentro del cual vivir en la práctica nuestra antigua fe. Esa es una lucha digna, y estamos en libertad de intentarla.
Si tengo razón, y si somos tan precristianos como lo éramos en el año 4 a.C., quiere decir que tenemos la oportunidad de emprender la más gigantesca renovación del mundo.
Espero que entendamos que todas las peticiones y deseos de Jesús van a ser contestadas. Él desea que estemos con él en la consumación de todas las cosas. Pero, mientras que su deseo para nosotros es perfecto, nuestro deseo de él hay que cultivarlo.
Recuperar nuestro primer amor
Hace ya décadas, después de que me hice cristiana, mi anhelo era evangelizar. Había hallado un amor tan poderoso que estaba desesperada por compartirlo, y todavía lo estoy. Pero cada vez que una conversación vira hacia lo espiritual, parece que primero hay que hacer grandes trabajos preparatorios para definir términos y estar seguros de que estamos siquiera hablando el mismo idioma. Para mí, el énfasis siempre ha estado puesto en la pre-evangelización.
Antes me lamentaba de que yo nunca parecía ser capaz de ayudar a alguien a tomar esa decisión —la más importante de todas— de seguir a Cristo. Pero con el paso del tiempo, me di cuenta de que ese importante trabajo de tender puentes era precisamente la tarea para la cual Dios me había equipado. Todo el espíritu que anima mi trabajo es traducir, mediante el relato y la imagen, el mundo invisible y las rimas de la historia para lectores jóvenes y viejos. Se trata de construir un nuevo recipiente para un relato que la mayoría de la gente, lejos de rechazarlo, nunca ha escuchado de verdad.
En vez de lamentarnos porque nuestra evangelización está cayendo en oídos sordos, que no estamos llegándole a la cultura porque nuestra fe parece una desventaja, podemos primero tratar de ayudar a la gente a entender en cuál paradigma —en cuál recipiente— están funcionando desde el comienzo. En lugar de intimidar a las personas o lograr que asientan a unas leyes espirituales que no entienden, podemos, si escuchamos con cuidado y servimos con atención, ayudarles a comprender de dónde proceden sus valores, y podemos confiar en que Dios hará su obra a más largo plazo. Esas mismas personas podrían quedar sorprendidas al enterarse, como Richard Dawkins, de que todo el tiempo han sido “cristianos culturales” —en otras palabras, súbditos de la cristiandad— y que hay conceptos que compartimos, incluso si para ellos el lenguaje ha cambiado. Este podría ser un fundamento más estable sobre el cual podemos construir.
Si el molde de gelatina se está levantando, las reglas siguen siendo las mismas: cualquiera que sea el recipiente en que nos hallemos, siempre tenemos que optar por ser cristianos.
¿Cómo lo hacemos? La respuesta es sencilla, aunque su práctica puede llevarnos toda una vida. Debemos centrar toda nuestra atención y todo nuestro esfuerzo en recuperar nuestro primer amor.
En su libro Desiring the Beautiful (“El deseo por lo hermoso”), Filip Ivanovic expone las reflexiones de Dionisio el Areopagita y de Máximo el Confesor sobre la identidad de Dios como amor. En la formulación de Dionisio, este amor no es solamente agapē, como nos lo presentan en griego las Escrituras, sino también eros.
Eros es el amor malentendido. Podrá haberse originado en griego como la palabra para el amor sexual, pero en la visión cristiana evolucionó hacia algo mucho más amplio: el amor que anhela. Es el amor que le duele a uno en el pecho. Es el amor del Cantar de los Cantares, que la Iglesia ha interpretado siempre como una alegoría de la relación entre Cristo y su Esposa. Es el mutuo anhelo, cuya consumación solo genera más anhelo.
Por su naturaleza, el objeto de esta clase de amor anhelante no puede ser simplemente una fuente de placer temporal. De hecho, los placeres temporales se nos dan específicamente para causar el anhelo por lo trascendente. Cuando disfrutamos una comida deliciosa o escuchamos una canción excelente o vemos a unas bailarinas prodigiosas, experimentamos una especie de satisfacción, pero siempre nos deja con ganas de más. Cuando los niños Prevensie y sus compañeros llegan a la Narnia de verdad al final de La última batalla, ¿qué es su llegada sino el inicio de un nuevo recorrido sin tropiezos, mientras van gritando y riéndose: “¡Más arriba y más profundo!”?
Jesús ruega así en su oración sacerdotal: “Padre, quiero que los que me diste estén también conmigo donde yo estoy” (Juan 17:24). La palabra quiero —thélō— no podría ser más fuerte: es la misma palabra que usa cuando se refiere a su voluntad de curar. Cuando dice que ha “deseado ardientemente comer esta Pascua” con los discípulos (Lucas 22:18), la palabra que usa, epethýmēsa, es la misma palabra que se usa para apetecer, ansiar y codiciar. Jesús, Dios encarnado, tiene fuertes deseos, entonces al igual que ahora.
Espero que entendamos que todas las peticiones y deseos de Jesús van a ser contestadas. Él desea que estemos con él en la consumación de todas las cosas, y eso se le concederá. Pero, mientras que su deseo para nosotros es perfecto, nuestro deseo de él hay que cultivarlo. El Primer Mandamiento es el primero por una razón: anima nuestros deseos y luego afecta nuestras acciones. Si queremos recorrer las ruinas de la cristiandad, nuestro único guía es el mismo que guio a los israelitas hacia la Tierra Prometida: el imperativo de amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra mente, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza; en otras palabras, desearlo a él, anhelarlo, ansiarlo por sobre todas las cosas.
Las hermosas homilías de Bernardo de Claraval sobre el Cantar de los Cantares comienzan con ese anhelo: “Que me bese con los besos de su boca” (Cant 1:2).
Pero Bernardo nos dice que emprender esa osadía de la unión con Cristo “en un solo salto es un terrible error”, porque es un peregrinaje largo y arduo. Como María de Betania, nosotros debemos comenzar por besarle los pies. Entonces podremos levantarnos con nuestra confianza en su amor y besarle la mano, la mano que nos conduce y nos guía mientras lo vamos siguiendo. Y entonces, por fin, podemos apuntar hacia lo que Pablo describe como “crecer hasta Cristo mismo, que es la Cabeza”; esa es la unión perfecta con el Amado.

Eros como preparación: Los pies
Cuando tuve mi encuentro con Cristo hace más de treinta años (el día que, sin saberlo yo, era la fiesta de María de Betania), fue por medio de una visión de sus preciosos pies clavados en la cruz. Allí donde comencé, allí vuelvo una y otra vez. Es a sus pies que reconocemos nuestro pecado; nos abajamos; contemplamos su decisión de abandonar su libertad y dejar que sus pies fueran clavados para que nosotros pudiéramos caminar en libertad, y es ahí donde elegimos aceptar la libertad que él nos ofrece. Allí comienza el anhelo, y nosotros comenzamos a apuntar más arriba, hacia su rostro. Es en eso en lo que consiste el arrepentimiento. Nos arrepentimos, nos volvemos; pero ¿nos volvemos hacia dónde? No solo para alejarnos de nuestro pecado, sino para acercarnos a su rostro, y nada menos.
Dice Bernardo: “La esperanza sin amor es como un prisionero que va tachando los días en su calendario. El amor no correspondido va disminuyendo gradualmente.” Ha habido circunstancias en mi vida que me abrumaron al punto de paralizarme. Todo lo que sé hacer en momentos así es regresar a los pies de Jesús, y a partir de allí apuntar hacia su rostro, hacia su inmenso afecto por mí.
En septiembre del 2022 estaba yo sufriendo un extremo agotamiento después de escribir mi novela Berliners (“Los berlineses”). Como nuestra familia había ingresado recientemente a la Iglesia Ortodoxa, mi esposo y yo decidimos hacer una peregrinación a Roma. Allí hicimos el tour de los scavi (excavaciones), la necrópolis que está debajo de la Basílica de San Pedro, y vimos los huesos del propio San Pedro. Cuando nuestro guía vio, por nuestras genuflexiones, que éramos peregrinos y no turistas, nos permitió tocar la tumba con nuestras cruces. También visitamos la cueva de San Benito y la tumba de San Pablo, donde vimos sus cadenas. Vimos la tumba de San Francisco y su túnica, y recorrimos las catacumbas de Domitila. Pudimos sentir nuestra fe de modo palpable.
Poco después de eso conocí las investigaciones más recientes sobre el Sudario de Turín y los milagros eucarísticos documentados. Quedé encantada: esas reliquias me llenaron con una sensación de lo numinoso por medio de objetos que todos nosotros, como Iglesia, poseemos de verdad. Tenemos pertenencias y efectos físicos de Jesús, de su madre, de los santos: elementos tangibles y visibles que existen todavía, y que atestiguan la realidad histórica de nuestra fe trascendente. El resultado fue que comencé a sentir el anhelo físico y espiritual de tener más de Dios.
Unos meses después fui escogida para formar parte de un grupo de autores judíos a quienes se les otorgaba un viaje a Israel con todos los gastos pagados. (Yo fui criada como judía, y mis novelas suelen tratar temas relacionados.) Ese viaje fue una respuesta directa a mi oración de años de ser invitada y patrocinada específicamente por un grupo judío. Pasé casi un mes en Israel, la mayor parte sola, y tuve profundos encuentros.
Cierta mañana el Señor me despertó con una voz casi audible, invitándome a ir a mirar con él el amanecer sobre el Mar de Galilea. Otro día me infiltré al recién descubierto sitio de Betsaida y sentí junto a mí la presencia tanto de Jesús como de mi santo patrono, Felipe Apóstol. En Jerusalén coloqué mi cruz sobre la piedra del Gólgota y sobre la piedra del sepulcro donde pusieron al Señor, sobre el mismísimo Sudario que se guarda en Turín. Esas experiencias, que no fueron ni una fracción de todo lo que experimenté, fueron pruebas preciosas que yo sabía que estaban cambiando activamente mi vida y mi paradigma, profundizando mi anhelo por Cristo.
Durante esos peregrinajes la voz del Señor me susurraba una y otra vez: “Esto lo vas a necesitar para lo que vendrá.”
Y esto era lo que iba a venir: el recipiente de mi vida se levantó, y todo se derramó. Apenas unos días después de regresar de aquel viaje mágico a Israel, se desató una tormenta perfecta. Mi hijo se fue para un campamento de entrenamiento militar, y nuestro contacto con él era solo por carta: ni llamadas telefónicas, ni mensajes de texto, ni correos electrónicos. Como madre y como pacifista, tuve que reconciliarme con la decisión que él había tomado de ponerse en medio del peligro.
Luego mi madre, que padece trastorno bipolar, entró en el peor episodio maníaco que yo hubiera visto en más de veinte años. Eso amenazaba con obstaculizar la graduación de mi hijo, y tuve que invertir toda mi fuerza de voluntad para proteger nuestro viaje familiar en que lo veríamos como el Graduado de Honor de toda su compañía. La creciente manía de mi madre me hizo tener síntomas neurológicos y una reaparición del trastorno de estrés postraumático. Tuve que tomar la difícil decisión de distanciarme de ella por un tiempo para poder, lejos del torbellino, tratar de reconstruir mis reservas de resiliencia.
Poco después de eso se me diagnosticó una enfermedad deformante del tejido linfático y conectivo. El tratamiento exige cuatro cirugías invasivas para detener el avance de la enfermedad. Es incurable y progresiva y requiere una atención diaria obsesiva. Mi compañía de seguros ha denegado repetidas veces mis operaciones, sin razón alguna.
Y entonces vino el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre. La profanación de la tierra que yo había llegado a amar, el dolor de mis amigos, y nuestro temor por la seguridad de nuestros hijos en el ejército ya eran bastante para aguantar, pero para la semana siguiente también tuve que cancelar el curso universitario que doy en Nueva York porque había millares de simpatizantes del terrorismo que estaban manifestándose en las calles en apoyo de ese atroz pogromo.
Aunque estaba horrorizada por el frenético desenfreno genocida de 6.000 terroristas que se infiltraron aquel día en el territorio israelí colindante con Gaza, no me sorprendió: debido a la naturaleza de mi trabajo como historiadora, yo llevaba casi diez años de estar advirtiendo que el antisemitismo mundial seguía desde hacía siglos un ciclo de 70 años que estaba llegando a su punto de reinicio. Lo que realmente me chocó fue la inmediatez y el fervor de los que apoyaban ese desmadre y lo llamaban por lo contrario de lo que era: una insurrección de “liberación” contra el “apartheid” y el “genocidio”, términos todos calumniosos que han desmantelado toda coherencia lingüística.
Personas que nunca me habría imaginado —amigos con quienes compartía verdadera historia, pares del postgrado universitario que habían participado en el desarrollo de mi libro sobre el Holocausto, What the Night Sings (“Lo que canta la noche”) y por lo tanto conocían esa historia— ahora me estaban llamando a mí apologista del genocidio, asesina de bebés y racista. Hasta mi agente editorial me rechazó por abogar en favor de los rehenes.
La sed de sangre y la manipulación psicológica terminaron por derrotarme. Me daba miedo portar mi Estrella de David en actividades artísticas, en los aviones o hasta en las calle de mi propia ciudad. Peor aún, mi sentido del valor de mi trabajo se vino abajo. Yo había pensado que con solo escribir con suficiente seriedad, con poner bellas ilustraciones y con hallar los narradores adecuados para audiolibros, con solo presentarme en suficientes escenarios y hablar en suficientes pódcasts y visitar suficientes escuelas, tal vez la gente iba a escuchar y no repetir el pasado. Pero ahí estaba la misma generación para la que yo había estado escribiendo, capturada por el mismo engaño masivo acerca del cual yo había tratado de advertir. Yo me preguntaba: ¿acaso algo de lo que he creado ha hecho la más mínima diferencia?

Eros como peregrinaje: El costado traspasado
En mi novela A Cloud of Outrageous Blue (“Una nube de azul intolerable”), el personaje llamado Alice Palmer regresa de un peregrinaje a Tierra Santa revestida de una insólita sabiduría. Los peregrinos medievales coleccionaban muestras a lo largo de su camino a Tierra Santa. Esas pruebas, ya sean físicas o experienciales, nos ayudan a recordar dónde hemos estado y hacia dónde nos dirigimos.
Usted podría sentir que está en una especie de peregrinaje, atravesando este nuevo paisaje fuera de la cristiandad. Usted no está solo. Necesitamos recoger las pruebas de nuestra historia en Dios. Ellas nos prepararán para lo que viene. Todos tenemos esas muestras o pruebas, incluso si nos hemos olvidado de ellas. Tome tiempo a solas y comience a traer a la mente todas las experiencias significativas, y escríbalas. Si usted tiene objetos que asocia con su relación con Dios, recójalos y póngalos donde pueda verlos: cualquier cosa que usted pueda hacer para recordar por dónde sus pies han andado con los de Cristo.
Al pasar por el Valle de mi Año de Sombras, estuve pensando en lo que el Señor me había dicho durante aquellos años de peregrinaje: “Esto lo vas a necesitar para lo que vendrá.” Resultó ser exactamente correcto. Al destrozarse mi “recipiente” anterior, apenas ahora me encuentro comenzando a salir de un valle de tinieblas. Muchas veces he preguntado cómo lograré pasar otros cuarenta años así. Pero he podido recordar aquellas ocasiones de la dulzura y cercanía del Señor, desde los peregrinajes mismos hasta los momentos más íntimos, como aquel amanecer sobre el Mar de Galilea desde las colinas de Corazín, o la sensación de su afecto por mí al orar. Jesús es para mí más real que nunca, más elemental y esencial, y lo anhelo a él aún más. Me acuerdo de que en el Salmo 23 el valle de tinieblas lleva hacia aguas tranquilas y verdes praderas, y hacia una mesa ya aderezada donde puedo sentarme con mi Amado.
Por muchos años he contemplado las llagas de Jesús, particularmente la llaga de su costado. Ahí es donde vivo, donde tengo la profunda sensación de estar en casa. Él me ha dado una porción de su dolor de la cual puedo participar. No lo digo a la ligera. El mundo está perdiendo su encanto; cada vez confío menos en él. El retorno del gozo está inextricablemente ligado a las llagas de Jesús porque ellas nos muestran las intenciones de su corazón. Por medio de la creación, por medio de las promesas de la Escritura, por medio de la manifestación sensorial de la Liturgia y de la Eucaristía, todo esto mantiene viva esta hambre en mi espíritu fatigado. El único camino hacia adelante es este anhelo, y por eso voy a seguir avivando la llama, porque la mecha humeante él no la apagará.

Eros como amistad: La mano
Mientras que los pies hablan de preparación y el costado habla de dónde estamos ubicados, la mano habla de lo que hacemos, las acciones y opciones que tomamos; como dice Bernardo, de “desarrollo y crecimiento espiritual”. Nuestras acciones son la forma en que besamos la mano de Jesús.
El colapso de la cristiandad ha hecho que nuestra toma de decisiones se vuelva gravemente confusa. Nos vemos tirados de aquí para allá entre los susurros nostálgicos de la cristiandad y la seducción del reino de este mundo. Rod Dreher ha hablado sobre el falso encantamiento del ocultismo, que es tan tentador para una generación que se encuentra a la deriva. W. H. Auden dice: “Cuando somos víctimas de un falso encanto, deseamos ya sea poseer al ser que nos ha encantado, o ser poseídos por él… Un falso encanto puede, con demasiada facilidad, durar toda la vida.”
La manipulación de nuestras decisiones por medio la propaganda del falso encantamiento es un gran mal. Eso, el opuesto de Eros, es todo cuestión de posesión —la satisfacción del impulso carnal—, y esas cosas nos hacen perder la razón. El pecado, literalmente, nos enloquece y nos vuelve insensatos (Prov 6:32), y esos deseos se volverán y nos poseerán. Eros no es subversivo, a pesar de lo que esos interminables espectáculos de entrega de premios pretendan decirnos con su despliegue de demonios danzantes. La subversión de lo bueno, lo verdadero y lo bello es, francamente, aburrida.
Debemos agarrarnos de la mano de Cristo, besar la mano de Cristo, para mantenernos orientados y cuerdos. Tenerlo de la mano significa que estamos comprometidos en amistad con él. “La amistad del Señor es con los que le temen, y él les da a conocer su alianza” (Sal 25:14). Y Jesús dice: “Ya no los llamo siervos, sino amigos” (Juan 15:15). Si cultivamos nuestra amistad con él, entonces, a pesar del recipiente roto, vamos a saber qué hacer cuando necesitemos saberlo.

Eros como afinarse con Dios: La boca
Hace poco tuve un sueño formativo que me ayudó a comprender el momento en que nos encontramos. Yo estaba en la plaza de una ciudad donde dos médicos jóvenes —un hombre y una mujer— estaban tratando de diagnosticar a una mujer joven. A ella no le estaba pasando nada, pero ellos estaban convencidos de que sí. El médico varón colocó una herramienta, parecida a una pluma, sobre la frente de la joven y luego la apretó, y dejó un pequeño círculo con un agujero (la médica, por su parte, tenía tres de esos agujeros en su propia frente). La joven protestó, pero fue en vano: la tenían arrinconada.
Me viré y vi que en esa plaza estaban reunidos muchos adolescentes y jóvenes. Todos deseaban recobrar el encantamiento y por eso estaban probando toda suerte de métodos estéticos para adquirirlo: en su forma de vestir, de hablar y de caminar. Por los aires, la voz de una muchacha cantaba una canción pop acerca de ese fenómeno del reencantamiento, y por todas partes empezaron a pasar “cosas bonitas”: un grupo de mariposas salió volando de una glorieta mientras ella cantaba, y en el aire aparecieron unos colores prismáticos. La gente, instintivamente, quería reunirse; hasta había un grupo que trataba de cocer la frittata más grande del mundo, pero esa era la expresión incorrecta porque, allá en otra esquina, alguien estaba cocinando levemente dos huevos para otra persona, y esa clase de intimidad era lo que se necesitaba. Mientras la muchacha cantaba, el estribillo declaraba que la única cosa que nadie en su generación sabía hacer era enamorarse.
Me desperté de inmediato sabiendo que eso es lo que necesitamos en este momento: el nuevo recipiente va a ser un amor fundamental e inquebrantable por Dios, que trascienda los sistemas terrenales, o no será nada.
Es revelador que, dada la obsesión que el reino de este mundo tiene con el sexo, los integrantes de la generación Z están teniendo menos relaciones sexuales que sus predecesores. Incluso mientras trompetean y desfilan con todo tipo de cosas “eróticas”, están entorpecidos, impotentes y profundamente solitarios. Su concepto de Eros, su mecanismo de anhelo, está tan distorsionado que han aceptado una completa falsificación de la realidad. Es la misma dinámica con todo clérigo que se engaña cayendo en el pecado sexual: el ardid nunca funcionará, porque el amorío es un fantasma. El verdadero rostro de todo amor falso y de todo escándalo llegará a revelarse, y la mentira le costará todo, porque cualquier forma de anhelo que no provenga de Dios es un engaño demoníaco, otro recipiente más que se ha roto.
En verdad, lo que está al alcance tanto de la generación Z como de los clérigos caídos es el paradigma que ofrece Jesús: el anhelo sin límites que nunca se quedará sin satisfacer el hambre por el verdadero amor, y a la vez provocarla. Es un paradigma de enamorarse para siempre.
Este no es un problema que se pueda resolver intelectualmente. No podemos encontrar un camino razonado para salir de la caída de la cristiandad. Lo único que se puede hacer es recuperar el primer amor.
Muchos jóvenes están ingresando a expresiones tradicionales como la Iglesia Ortodoxa, en parte por su profundidad y riqueza, su rigor y su oferta intelectual, e incluso por su estética sensorial. Como los dos médicos al principio de mi sueño, han diagnosticado parte del problema, pensando que tiene algo que ver con la mente. Pero, como otras tendencias, si no tiene amor, no tiene nada.
Este es el verdadero sentido del “arrepentimiento”: la metanoia, el volver toda nuestra atención, esfuerzo y práctica hacia el rostro del que nos amó primero, y responder en amor.
Por importante que sea un abordaje razonado a la fe, la razón por sí misma no basta. Los buscadores no encontrarán lo que buscan sin el “romance” del evangelio: Dios que se deposa con su pueblo y con cada individuo. Por cierto, es importante que esto se exprese por medio del matrimonio terrenal mismo, tanto como sea posible. Si este paradigma del primer amor no se establece en el corazón de cada creyente y de cada comunidad, la gente comenzará ya sea a dejar la Iglesia o la fe, diciendo que el cristianismo era una más de esas cosas que “no dan resultado”, o bien permanecerán allí y se sumarán a las filas de los “escogidos pero congelados”.
Lo que estoy describiendo es un amor puro y casto, un amor cortés, una nueva expresión del amor caballeresco. Pero debe ser cultivado e inculcado, porque ha estado perdido durante varias generaciones. Los que ya ahora hacen vida esta visión poseen un tesoro, cuyo valor no pueden comenzar a percibir. En una era saturada con esa clase de obsesión por el sexo que conduce a la asexualidad, a la impotencia y a la desesperanza, la recuperación del amor lo es todo. Este es el reencantamiento que va a perdurar, que va a soportar el sufrimiento y la tribulación.
En su libro devocional Mañana y tarde, Charles Spurgeon dice así:
Cuando Jesús recibe a los pecadores, no tiene un lugar de recepción al aire libre, un pabellón informal donde los atiende caritativamente como hacen los hombres con un mendigo que pasa, sino que abre las puertas de oro de su corazón regio, y recibe al pecador directamente a su presencia; sí, admite al humilde penitente a una unión personal y lo hace miembro de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.
¿Podemos ver en esto el deseo que Jesús tiene por nosotros, y podemos dejar que esto cultive en nosotros un mayor deseo por él?
Aquí está el punto central del asunto: debemos, en este momento de reencantamiento, aprender a enamorarnos otra vez de Jesús, o seremos tentados a enamorarnos de cualquier otra cosa, e incluso a enamorarnos de los vestigios de la cristiandad y de sus atuendos culturales.
No es la cristiandad lo que necesita restauración; es la relación con nuestro primer amor lo que necesita restauración, en cada área de nuestra vida individual y colectiva.
La cantante de mi sueño decía que su generación necesitaba alguien que les enseñara cómo enamorarse. Esto no es algo que se pueda fingir o fabricar. No es un programa. Bernardo de Claraval dice que el único que entiende el “beso” místico de Cristo es aquel que lo ha recibido. No podemos pensar o planificar el camino para llegar ahí. Debemos pedirle a Jesús que se haga real para nosotros, y eso lo hace por los medios que ya él ha provisto.
Tal vez usted tenga en su vida alguien que usted sospecha que ya ha experimentado ese “beso” místico, y usted puede aprender de esa persona. Puede iniciar una amistad sobre esa base. La Iglesia también nos ha dado 2.000 años de sabiduría y de práctica, y de experiencias encarnadas como la Liturgia y el ayuno, y muy especialmente la Eucaristía.
G. K. Chesterton dice: “La paradoja de la historia es que cada época es convertida por el santo que más la contradice.” En un mundo que está orientado hacia la destrucción y la desconstrucción, ¿cuánto más contradictorios podemos volvernos sino siguiendo a Aquel que nos atrae hacia la vida, y dejando que él nos reconstruya a nosotros y al mundo?
Entre el artista y el instrumento
El año pasado mi esposo trabajó con una película acerca de un pequeño equipo en Nueva York que repara y restaura violines Stradivarius. ¿Qué es lo que hace que un Stradivarius sea lo que es? No es simplemente la buena artesanía, el sentido de que “ya las cosas no las hacen como antes”. Son también los músicos que han tocado esos instrumentos a lo largo de los años.
Antonio Stradivari era en su época un hombre de negocios increíblemente astuto, y promovió sus instrumentos para que los adquirieran los artistas más sublimes, aquellos que podían sacar lo mejor en el violín o el violonchelo cuando estaba nuevo. Esa tradición lleva ya cinco siglos.
Esos instrumentos los compran a veces coleccionistas o músicos de menor calibre, y cuando los llevan a reparar, el técnico puede darse cuenta de que el instrumento ha sufrido. Pero cada vez que un verdadero maestro toca el instrumento, se rinde a la perfección del tono que se está tocando, del dedo que crea el vibrato como debe ser. Cuando uno oye —y especialmente cuando ve en vivo— a un verdadero artista tocar un instrumento fino, percibe en la música ese deseo, ese anhelo. Hay una reciprocidad entre el artista y el instrumento. Los dos se afectan mutuamente.
Pensemos, entonces, en la vulnerabilidad de Dios que se hace carne, que se deja conmover por la mujer cananea o por la muerte de Lázaro o por las lágrimas de María de Betania. Dios se deja “afinar” por nuestro deseo de él, y a la vez nos “afina” a nosotros con su deseo de nosotros. Esta es la razón por la cual el libro del Apocalipsis culmina con Maranatha, el anhelo de su retorno. ¿Anhelaríamos el retorno de un político o de un carcelero, o de un mero imperio? ¿Por qué otra cosa anhelaríamos el retorno de Cristo, si no fuera él nuestro Esposo?
Este es, una vez más, el verdadero sentido del “arrepentimiento”: la metanoia, el volver toda nuestra atención, esfuerzo y práctica hacia el rostro del que nos amó primero, y responder en amor: no mirando atrás con sentimentalismo a un antiguo recipiente, ni hacia adelante con la interminable tentación de una solución “nueva”, sino mirando hacia arriba, hacia el objeto de nuestro deseo. Es en eso en lo que siempre ha consistido el Camino, y no ha cambiado simplemente porque nos encontremos en un nuevo reino del mundo (como sea que lleguemos a llamarlo) que no forma parte de esa relación ni lo formó jamás, aun cuando se llamara “cristiandad”. Es el amor de Dios por el mundo lo que, entonces como ahora, desea sacar a la gente del reino del mundo para llevarla al reino de Dios, que es nuestro verdadero hogar.
Apartándonos de la destrucción, volvámonos ahora hacia el rostro de Cristo.
Después de la ascensión de Jesús, los seguidores del “Camino” empezaron su recorrido por 300 años de persecución. Eso era normativo, porque el reino dentro del cual los cristianos vivían y tomaban sus decisiones —el Imperio Romano— estaba basado en un paradigma diferente del del reino de Dios. En su ministerio terrenal, Jesús constantemente redirigía a sus seguidores para que se alejaran de la visión del mundo del Imperio, porque su reino era el polo opuesto. Jesús no cambió de opinión ni ha cambiado de opinión.
La Iglesia estaba tratando de entender qué era ese nuevo reino de Dios, cuando de pronto vino la reversión dramática: Constantino reconoció y estableció el sistema que llamamos “cristianismo”. Las persecuciones de Diocleciano apenas estaban desvaneciéndose en el espejo retrovisor cuando llegó Constantino, solo siete años después, con el edicto de Milán (313), y para el 325 los cristianos se estaban dando de puñetazos en la calle, lidiando con diversas herejías, pero ya sin temor de que los echaran a los leones. Pero tristemente —por maravilloso que fuera el cese de las persecuciones—, tan pronto como el Camino hubo sido legalizado, la Iglesia se infectó con el parásito del poder.
La versión cultural que surgió no debería entenderse como “cristianismo” sino más bien como “constantinismo” o su sinónimo más conocido, “cristiandad”. Esta era un marco, un molde dentro del cual uno podía ser un creyente cristiano con algo menos de fricción que antes; pero bajo Constantino y sus sucesores, e incluso hasta nuestros días, los súbditos de la cristiandad todavía tenían que tomar las mismas decisiones que en tiempos de Diocleciano: llevar su cruz, amar a su prójimo, vivir el Sermón de la Montaña, y perdonar a quienes los ofendían. Incluso bajo el estandarte supuestamente seguro de la cristiandad, hubo santos que siguieron siendo perseguidos. Pensemos en el caso de los nazarenos, cristianos que afirmaban todas las doctrinas del credo pero eran despreciados porque se aferraban a su identidad judía (para no mencionar el trato espantoso que se daba a los judíos no cristianos). En tiempos de la cristiandad, no hemos sido muy cristianos unos con otros.
Parte de la razón por la que los cambios recientes en la sociedad nos han tomado con la guardia tan baja es que, aunque sabemos que los imperios se levantan y caen, pensábamos que la “cristiandad” no podría en absoluto ser uno de esos imperios. Me da un poco de risa cuando me encuentro con esos jóvenes y celosos catecúmenos que quieren “hacer grande a Bizancio otra vez”. Yo también tengo la esperanza de que algún día podamos celebrar la Divina Liturgia en una Santa Sofía reconsagrada, pero estoy aguantando la respiración.
No debemos escandalizarnos mucho ante la negatividad de la desorientación que estamos experimentando. Para ponerlo en términos sencillos, a la cristiandad le están quitando el marco, y su contenido se está derramando. Imaginémonos un buen molde para gelatina que llevaríamos a un picnic, que contiene deliciosas piezas de fruta. Sin su recipiente, la gelatina de la cristiandad se ha derretido ahora bajo el sol, y los aspectos prácticos de la vida —la cultura, la filosofía, la práctica litúrgica, las costumbres sociales— ya no tienen una cohesión social funcional; por eso podemos sentirnos como pedacitos de fruta nadando sin rumbo en una sopa pegajosa.
La polarización positivo-negativo acerca de la cual escribe Aaron Renn en su obra Life in the Negative World (“La vida en el mundo negativo”) no tiene que ver en realidad con una amenaza contra el cristianismo; se refiere más bien al final de la cristiandad. Estamos viviendo en los últimos momentos de la caída del imperio cristiano/romano; pero lo que está en problemas no es el Camino. Jesús dijo que las puertas del infierno no prevalecerían contra nosotros. Cuando dijo que su reino no era de este mundo, no fue como si al llegar el año 313 Jesús dijera: “Un momento; he cambiado de opinión. Solo me refería al reino tal como era en aquel tiempo. Cambio de planes: he decidido que, después de todo, me quedo con el reino del mundo.”
No necesitamos defender el reino de este mundo, luchar por el legado de la Ilustración, ni pelearnos acerca de si los padres fundadores de los Estados Unidos eran cristianos o francmasones teístas. Eran unos que estaban experimentando dentro de la cristiandad, hombres de su tiempo, igual que Constantino; así como los Padres de la Iglesia eran hombres de su tiempo. Por más que fueran genios y gigantes espirituales, ellos también tenían una comprensión limitada y muchísima historia por delante de ellos, no solo detrás.
La cristiandad en efecto implicó que, durante 1.700 años, el reino del mundo estuvo funcionando conforme al paradigma judeocristiano. Esto vino con presuposiciones importantes que cambiaron la trayectoria de la historia y de las relaciones humanas. Si comenzamos solo con una —la presuposición de que todo ser humano está hecho a imagen de Dios—, entonces el viraje negativo que se aleja de esa presuposición socava el fundamento mismo de —entre otras cosas— la abolición de la esclavitud, el reconocimiento de la dignidad de las mujeres y de las niñas, y el valor de la igualdad ante la ley. Estamos viendo cómo la aceptación universal de esas afirmaciones se desintegra ante nuestros ojos precisamente a causa de la caída de la cristiandad, y esto plantea la necesidad de reintroducir esos conceptos en la cultura predominante.
Llevo años diciendo que no estamos viviendo, en ninguna forma que sea real, en una cultura postcristiana. Si lo que estamos afrontando no es la muerte del cristianismo sino la caída de la cristiandad, entonces eso significa que somos gloriosamente precristianos. No vamos a recuperar la “civilización occidental” ni “nuestras instituciones”, y en verdad no necesitaos recuperarlas; eso no fue lo que se nos encargó. Debemos estar dispuestos a dejar que esas cosas queden atrás y a forjar un nuevo camino hacia adelante, a construir un nuevo recipiente social dentro del cual vivir en la práctica nuestra antigua fe. Esa es una lucha digna, y estamos en libertad de intentarla.
Si tengo razón, y si somos tan precristianos como lo éramos en el año 4 a.C., quiere decir que tenemos la oportunidad de emprender la más gigantesca renovación del mundo.
Espero que entendamos que todas las peticiones y deseos de Jesús van a ser contestadas. Él desea que estemos con él en la consumación de todas las cosas. Pero, mientras que su deseo para nosotros es perfecto, nuestro deseo de él hay que cultivarlo.
Recuperar nuestro primer amor
Hace ya décadas, después de que me hice cristiana, mi anhelo era evangelizar. Había hallado un amor tan poderoso que estaba desesperada por compartirlo, y todavía lo estoy. Pero cada vez que una conversación vira hacia lo espiritual, parece que primero hay que hacer grandes trabajos preparatorios para definir términos y estar seguros de que estamos siquiera hablando el mismo idioma. Para mí, el énfasis siempre ha estado puesto en la pre-evangelización.
Antes me lamentaba de que yo nunca parecía ser capaz de ayudar a alguien a tomar esa decisión —la más importante de todas— de seguir a Cristo. Pero con el paso del tiempo, me di cuenta de que ese importante trabajo de tender puentes era precisamente la tarea para la cual Dios me había equipado. Todo el espíritu que anima mi trabajo es traducir, mediante el relato y la imagen, el mundo invisible y las rimas de la historia para lectores jóvenes y viejos. Se trata de construir un nuevo recipiente para un relato que la mayoría de la gente, lejos de rechazarlo, nunca ha escuchado de verdad.
En vez de lamentarnos porque nuestra evangelización está cayendo en oídos sordos, que no estamos llegándole a la cultura porque nuestra fe parece una desventaja, podemos primero tratar de ayudar a la gente a entender en cuál paradigma —en cuál recipiente— están funcionando desde el comienzo. En lugar de intimidar a las personas o lograr que asientan a unas leyes espirituales que no entienden, podemos, si escuchamos con cuidado y servimos con atención, ayudarles a comprender de dónde proceden sus valores, y podemos confiar en que Dios hará su obra a más largo plazo. Esas mismas personas podrían quedar sorprendidas al enterarse, como Richard Dawkins, de que todo el tiempo han sido “cristianos culturales” —en otras palabras, súbditos de la cristiandad— y que hay conceptos que compartimos, incluso si para ellos el lenguaje ha cambiado. Este podría ser un fundamento más estable sobre el cual podemos construir.
Si el molde de gelatina se está levantando, las reglas siguen siendo las mismas: cualquiera que sea el recipiente en que nos hallemos, siempre tenemos que optar por ser cristianos.
¿Cómo lo hacemos? La respuesta es sencilla, aunque su práctica puede llevarnos toda una vida. Debemos centrar toda nuestra atención y todo nuestro esfuerzo en recuperar nuestro primer amor.
En su libro Desiring the Beautiful (“El deseo por lo hermoso”), Filip Ivanovic expone las reflexiones de Dionisio el Areopagita y de Máximo el Confesor sobre la identidad de Dios como amor. En la formulación de Dionisio, este amor no es solamente agapē, como nos lo presentan en griego las Escrituras, sino también eros.
Eros es el amor malentendido. Podrá haberse originado en griego como la palabra para el amor sexual, pero en la visión cristiana evolucionó hacia algo mucho más amplio: el amor que anhela. Es el amor que le duele a uno en el pecho. Es el amor del Cantar de los Cantares, que la Iglesia ha interpretado siempre como una alegoría de la relación entre Cristo y su Esposa. Es el mutuo anhelo, cuya consumación solo genera más anhelo.
Por su naturaleza, el objeto de esta clase de amor anhelante no puede ser simplemente una fuente de placer temporal. De hecho, los placeres temporales se nos dan específicamente para causar el anhelo por lo trascendente. Cuando disfrutamos una comida deliciosa o escuchamos una canción excelente o vemos a unas bailarinas prodigiosas, experimentamos una especie de satisfacción, pero siempre nos deja con ganas de más. Cuando los niños Prevensie y sus compañeros llegan a la Narnia de verdad al final de La última batalla, ¿qué es su llegada sino el inicio de un nuevo recorrido sin tropiezos, mientras van gritando y riéndose: “¡Más arriba y más profundo!”?
Jesús ruega así en su oración sacerdotal: “Padre, quiero que los que me diste estén también conmigo donde yo estoy” (Juan 17:24). La palabra quiero —thélō— no podría ser más fuerte: es la misma palabra que usa cuando se refiere a su voluntad de curar. Cuando dice que ha “deseado ardientemente comer esta Pascua” con los discípulos (Lucas 22:18), la palabra que usa, epethýmēsa, es la misma palabra que se usa para apetecer, ansiar y codiciar. Jesús, Dios encarnado, tiene fuertes deseos, entonces al igual que ahora.
Espero que entendamos que todas las peticiones y deseos de Jesús van a ser contestadas. Él desea que estemos con él en la consumación de todas las cosas, y eso se le concederá. Pero, mientras que su deseo para nosotros es perfecto, nuestro deseo de él hay que cultivarlo. El Primer Mandamiento es el primero por una razón: anima nuestros deseos y luego afecta nuestras acciones. Si queremos recorrer las ruinas de la cristiandad, nuestro único guía es el mismo que guio a los israelitas hacia la Tierra Prometida: el imperativo de amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra mente, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza; en otras palabras, desearlo a él, anhelarlo, ansiarlo por sobre todas las cosas.
Las hermosas homilías de Bernardo de Claraval sobre el Cantar de los Cantares comienzan con ese anhelo: “Que me bese con los besos de su boca” (Cant 1:2).
Pero Bernardo nos dice que emprender esa osadía de la unión con Cristo “en un solo salto es un terrible error”, porque es un peregrinaje largo y arduo. Como María de Betania, nosotros debemos comenzar por besarle los pies. Entonces podremos levantarnos con nuestra confianza en su amor y besarle la mano, la mano que nos conduce y nos guía mientras lo vamos siguiendo. Y entonces, por fin, podemos apuntar hacia lo que Pablo describe como “crecer hasta Cristo mismo, que es la Cabeza”; esa es la unión perfecta con el Amado.
Eros como preparación: Los pies
Cuando tuve mi encuentro con Cristo hace más de treinta años (el día que, sin saberlo yo, era la fiesta de María de Betania), fue por medio de una visión de sus preciosos pies clavados en la cruz. Allí donde comencé, allí vuelvo una y otra vez. Es a sus pies que reconocemos nuestro pecado; nos abajamos; contemplamos su decisión de abandonar su libertad y dejar que sus pies fueran clavados para que nosotros pudiéramos caminar en libertad, y es ahí donde elegimos aceptar la libertad que él nos ofrece. Allí comienza el anhelo, y nosotros comenzamos a apuntar más arriba, hacia su rostro. Es en eso en lo que consiste el arrepentimiento. Nos arrepentimos, nos volvemos; pero ¿nos volvemos hacia dónde? No solo para alejarnos de nuestro pecado, sino para acercarnos a su rostro, y nada menos.
Dice Bernardo: “La esperanza sin amor es como un prisionero que va tachando los días en su calendario. El amor no correspondido va disminuyendo gradualmente.” Ha habido circunstancias en mi vida que me abrumaron al punto de paralizarme. Todo lo que sé hacer en momentos así es regresar a los pies de Jesús, y a partir de allí apuntar hacia su rostro, hacia su inmenso afecto por mí.
En septiembre del 2022 estaba yo sufriendo un extremo agotamiento después de escribir mi novela Berliners (“Los berlineses”). Como nuestra familia había ingresado recientemente a la Iglesia Ortodoxa, mi esposo y yo decidimos hacer una peregrinación a Roma. Allí hicimos el tour de los scavi (excavaciones), la necrópolis que está debajo de la Basílica de San Pedro, y vimos los huesos del propio San Pedro. Cuando nuestro guía vio, por nuestras genuflexiones, que éramos peregrinos y no turistas, nos permitió tocar la tumba con nuestras cruces. También visitamos la cueva de San Benito y la tumba de San Pablo, donde vimos sus cadenas. Vimos la tumba de San Francisco y su túnica, y recorrimos las catacumbas de Domitila. Pudimos sentir nuestra fe de modo palpable.
Poco después de eso conocí las investigaciones más recientes sobre el Sudario de Turín y los milagros eucarísticos documentados. Quedé encantada: esas reliquias me llenaron con una sensación de lo numinoso por medio de objetos que todos nosotros, como Iglesia, poseemos de verdad. Tenemos pertenencias y efectos físicos de Jesús, de su madre, de los santos: elementos tangibles y visibles que existen todavía, y que atestiguan la realidad histórica de nuestra fe trascendente. El resultado fue que comencé a sentir el anhelo físico y espiritual de tener más de Dios.
Unos meses después fui escogida para formar parte de un grupo de autores judíos a quienes se les otorgaba un viaje a Israel con todos los gastos pagados. (Yo fui criada como judía, y mis novelas suelen tratar temas relacionados.) Ese viaje fue una respuesta directa a mi oración de años de ser invitada y patrocinada específicamente por un grupo judío. Pasé casi un mes en Israel, la mayor parte sola, y tuve profundos encuentros.
Cierta mañana el Señor me despertó con una voz casi audible, invitándome a ir a mirar con él el amanecer sobre el Mar de Galilea. Otro día me infiltré al recién descubierto sitio de Betsaida y sentí junto a mí la presencia tanto de Jesús como de mi santo patrono, Felipe Apóstol. En Jerusalén coloqué mi cruz sobre la piedra del Gólgota y sobre la piedra del sepulcro donde pusieron al Señor, sobre el mismísimo Sudario que se guarda en Turín. Esas experiencias, que no fueron ni una fracción de todo lo que experimenté, fueron pruebas preciosas que yo sabía que estaban cambiando activamente mi vida y mi paradigma, profundizando mi anhelo por Cristo.
Durante esos peregrinajes la voz del Señor me susurraba una y otra vez: “Esto lo vas a necesitar para lo que vendrá.”
Y esto era lo que iba a venir: el recipiente de mi vida se levantó, y todo se derramó. Apenas unos días después de regresar de aquel viaje mágico a Israel, se desató una tormenta perfecta. Mi hijo se fue para un campamento de entrenamiento militar, y nuestro contacto con él era solo por carta: ni llamadas telefónicas, ni mensajes de texto, ni correos electrónicos. Como madre y como pacifista, tuve que reconciliarme con la decisión que él había tomado de ponerse en medio del peligro.
Luego mi madre, que padece trastorno bipolar, entró en el peor episodio maníaco que yo hubiera visto en más de veinte años. Eso amenazaba con obstaculizar la graduación de mi hijo, y tuve que invertir toda mi fuerza de voluntad para proteger nuestro viaje familiar en que lo veríamos como el Graduado de Honor de toda su compañía. La creciente manía de mi madre me hizo tener síntomas neurológicos y una reaparición del trastorno de estrés postraumático. Tuve que tomar la difícil decisión de distanciarme de ella por un tiempo para poder, lejos del torbellino, tratar de reconstruir mis reservas de resiliencia.
Poco después de eso se me diagnosticó una enfermedad deformante del tejido linfático y conectivo. El tratamiento exige cuatro cirugías invasivas para detener el avance de la enfermedad. Es incurable y progresiva y requiere una atención diaria obsesiva. Mi compañía de seguros ha denegado repetidas veces mis operaciones, sin razón alguna.
Y entonces vino el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre. La profanación de la tierra que yo había llegado a amar, el dolor de mis amigos, y nuestro temor por la seguridad de nuestros hijos en el ejército ya eran bastante para aguantar, pero para la semana siguiente también tuve que cancelar el curso universitario que doy en Nueva York porque había millares de simpatizantes del terrorismo que estaban manifestándose en las calles en apoyo de ese atroz pogromo.
Aunque estaba horrorizada por el frenético desenfreno genocida de 6.000 terroristas que se infiltraron aquel día en el territorio israelí colindante con Gaza, no me sorprendió: debido a la naturaleza de mi trabajo como historiadora, yo llevaba casi diez años de estar advirtiendo que el antisemitismo mundial seguía desde hacía siglos un ciclo de 70 años que estaba llegando a su punto de reinicio. Lo que realmente me chocó fue la inmediatez y el fervor de los que apoyaban ese desmadre y lo llamaban por lo contrario de lo que era: una insurrección de “liberación” contra el “apartheid” y el “genocidio”, términos todos calumniosos que han desmantelado toda coherencia lingüística.
Personas que nunca me habría imaginado —amigos con quienes compartía verdadera historia, pares del postgrado universitario que habían participado en el desarrollo de mi libro sobre el Holocausto, What the Night Sings (“Lo que canta la noche”) y por lo tanto conocían esa historia— ahora me estaban llamando a mí apologista del genocidio, asesina de bebés y racista. Hasta mi agente editorial me rechazó por abogar en favor de los rehenes.
La sed de sangre y la manipulación psicológica terminaron por derrotarme. Me daba miedo portar mi Estrella de David en actividades artísticas, en los aviones o hasta en las calle de mi propia ciudad. Peor aún, mi sentido del valor de mi trabajo se vino abajo. Yo había pensado que con solo escribir con suficiente seriedad, con poner bellas ilustraciones y con hallar los narradores adecuados para audiolibros, con solo presentarme en suficientes escenarios y hablar en suficientes pódcasts y visitar suficientes escuelas, tal vez la gente iba a escuchar y no repetir el pasado. Pero ahí estaba la misma generación para la que yo había estado escribiendo, capturada por el mismo engaño masivo acerca del cual yo había tratado de advertir. Yo me preguntaba: ¿acaso algo de lo que he creado ha hecho la más mínima diferencia?

Eros como peregrinaje: El costado traspasado
En mi novela A Cloud of Outrageous Blue (“Una nube de azul intolerable”), el personaje llamado Alice Palmer regresa de un peregrinaje a Tierra Santa revestida de una insólita sabiduría. Los peregrinos medievales coleccionaban muestras a lo largo de su camino a Tierra Santa. Esas pruebas, ya sean físicas o experienciales, nos ayudan a recordar dónde hemos estado y hacia dónde nos dirigimos.
Usted podría sentir que está en una especie de peregrinaje, atravesando este nuevo paisaje fuera de la cristiandad. Usted no está solo. Necesitamos recoger las pruebas de nuestra historia en Dios. Ellas nos prepararán para lo que viene. Todos tenemos esas muestras o pruebas, incluso si nos hemos olvidado de ellas. Tome tiempo a solas y comience a traer a la mente todas las experiencias significativas, y escríbalas. Si usted tiene objetos que asocia con su relación con Dios, recójalos y póngalos donde pueda verlos: cualquier cosa que usted pueda hacer para recordar por dónde sus pies han andado con los de Cristo.
Al pasar por el Valle de mi Año de Sombras, estuve pensando en lo que el Señor me había dicho durante aquellos años de peregrinaje: “Esto lo vas a necesitar para lo que vendrá.” Resultó ser exactamente correcto. Al destrozarse mi “recipiente” anterior, apenas ahora me encuentro comenzando a salir de un valle de tinieblas. Muchas veces he preguntado cómo lograré pasar otros cuarenta años así. Pero he podido recordar aquellas ocasiones de la dulzura y cercanía del Señor, desde los peregrinajes mismos hasta los momentos más íntimos, como aquel amanecer sobre el Mar de Galilea desde las colinas de Corazín, o la sensación de su afecto por mí al orar. Jesús es para mí más real que nunca, más elemental y esencial, y lo anhelo a él aún más. Me acuerdo de que en el Salmo 23 el valle de tinieblas lleva hacia aguas tranquilas y verdes praderas, y hacia una mesa ya aderezada donde puedo sentarme con mi Amado.
Por muchos años he contemplado las llagas de Jesús, particularmente la llaga de su costado. Ahí es donde vivo, donde tengo la profunda sensación de estar en casa. Él me ha dado una porción de su dolor de la cual puedo participar. No lo digo a la ligera. El mundo está perdiendo su encanto; cada vez confío menos en él. El retorno del gozo está inextricablemente ligado a las llagas de Jesús porque ellas nos muestran las intenciones de su corazón. Por medio de la creación, por medio de las promesas de la Escritura, por medio de la manifestación sensorial de la Liturgia y de la Eucaristía, todo esto mantiene viva esta hambre en mi espíritu fatigado. El único camino hacia adelante es este anhelo, y por eso voy a seguir avivando la llama, porque la mecha humeante él no la apagará.

Eros como amistad: La mano
Mientras que los pies hablan de preparación y el costado habla de dónde estamos ubicados, la mano habla de lo que hacemos, las acciones y opciones que tomamos; como dice Bernardo, de “desarrollo y crecimiento espiritual”. Nuestras acciones son la forma en que besamos la mano de Jesús.
El colapso de la cristiandad ha hecho que nuestra toma de decisiones se vuelva gravemente confusa. Nos vemos tirados de aquí para allá entre los susurros nostálgicos de la cristiandad y la seducción del reino de este mundo. Rod Dreher ha hablado sobre el falso encantamiento del ocultismo, que es tan tentador para una generación que se encuentra a la deriva. W. H. Auden dice: “Cuando somos víctimas de un falso encanto, deseamos ya sea poseer al ser que nos ha encantado, o ser poseídos por él… Un falso encanto puede, con demasiada facilidad, durar toda la vida.”
La manipulación de nuestras decisiones por medio la propaganda del falso encantamiento es un gran mal. Eso, el opuesto de Eros, es todo cuestión de posesión —la satisfacción del impulso carnal—, y esas cosas nos hacen perder la razón. El pecado, literalmente, nos enloquece y nos vuelve insensatos (Prov 6:32), y esos deseos se volverán y nos poseerán. Eros no es subversivo, a pesar de lo que esos interminables espectáculos de entrega de premios pretendan decirnos con su despliegue de demonios danzantes. La subversión de lo bueno, lo verdadero y lo bello es, francamente, aburrida.
Debemos agarrarnos de la mano de Cristo, besar la mano de Cristo, para mantenernos orientados y cuerdos. Tenerlo de la mano significa que estamos comprometidos en amistad con él. “La amistad del Señor es con los que le temen, y él les da a conocer su alianza” (Sal 25:14). Y Jesús dice: “Ya no los llamo siervos, sino amigos” (Juan 15:15). Si cultivamos nuestra amistad con él, entonces, a pesar del recipiente roto, vamos a saber qué hacer cuando necesitemos saberlo.

Eros como afinarse con Dios: La boca
Hace poco tuve un sueño formativo que me ayudó a comprender el momento en que nos encontramos. Yo estaba en la plaza de una ciudad donde dos médicos jóvenes —un hombre y una mujer— estaban tratando de diagnosticar a una mujer joven. A ella no le estaba pasando nada, pero ellos estaban convencidos de que sí. El médico varón colocó una herramienta, parecida a una pluma, sobre la frente de la joven y luego la apretó, y dejó un pequeño círculo con un agujero (la médica, por su parte, tenía tres de esos agujeros en su propia frente). La joven protestó, pero fue en vano: la tenían arrinconada.
Me viré y vi que en esa plaza estaban reunidos muchos adolescentes y jóvenes. Todos deseaban recobrar el encantamiento y por eso estaban probando toda suerte de métodos estéticos para adquirirlo: en su forma de vestir, de hablar y de caminar. Por los aires, la voz de una muchacha cantaba una canción pop acerca de ese fenómeno del reencantamiento, y por todas partes empezaron a pasar “cosas bonitas”: un grupo de mariposas salió volando de una glorieta mientras ella cantaba, y en el aire aparec
De Touchstone, Julio/Agosto de 2025.
Vesper Stamper es una novelista e ilustradora cuyos relatos nos hablan de las rimas de la historia. Es la anfitriona del Substack “Vesperisms” y profesora de ilustración en la Escuela de Artes Visuales de la ciudad de Nueva York. Este artículo ha sido adaptado de una charla que dio en la Conferencia de Touchstone en 2024, titulada “Vida y muerte en el mundo negativo”.
Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
