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1054 y todo eso
Cómo fechar el cisma ortodoxo/católico
Es el año 1273, y el emperador bizantino, Miguel VIII Paleólogo (que reinó de 1258 a 1282), exasperado por la obstinación de un sínodo de obispos, ha recurrido a la violencia. Los obispos se habían resistido a los planes eclesiásticos del emperador para una reunificación con la Iglesia de Roma, pasos necesarios para ahorrarle al imperio la segura invasión y probable conquista de la ciudad a manos del campeón papal, Carlos de Anjou, rey de las Dos Sicilias. En su frustración, Miguel decidió poner como escarmiento a Manuel Holóbolo, uno de los principales opositores de la unión, orador y antiguo jefe de la escuela patriarcal. Miguel ya había mutilado y apresado a ese monje por sus opiniones, pero esta vez el emperador lo sacó de la cárcel, lo azotó, y lo encadenó a otras nueve pobres almas (entre ellas la sobrina de Holóbolo), a quienes entonces exhibió en desfile por Constantinopla. Holóbolo tenía el cuello envuelto en unos intestinos de oveja, y un “verdugo” le iba golpeando la cabeza con el hígado de ese animal mientras los convictos recorrían las calles, circulando por el barrio de la gran iglesia, Santa Sofía.
Cuando Miguel VIII retomó Constantinopla en 1261, abrió lo que probablemente sea el episodio más amargo de los varios intentos de sanar el cisma entre los católicos y los ortodoxos, los latinos y los griegos. Miguel tenía la esperanza de que una unión de las Iglesias pudiera salvar su débil y endeble imperio, y, bajo la mirada favorable del Papa Gregorio X, estuvo de acuerdo con esa unión. Roma aceptaba que el emperador podía controlar a la Iglesia bizantina, al menos en alguna medida, y esperaba que Miguel hiciera cumplir la unión. Pero, según le informó Miguel al Papa Gregorio, la unión no gozaba de ninguna popularidad entre el clero y el pueblo de Constantinopla. El principal defensor de la postura de Miguel era el antiguo cartofílax Juan Beco, quien en cierto momento había estado en la cárcel por su obstinada resistencia a la idea de la unión. Pero, tras absorber una constante dieta de polémica latina, en cierto momento Beco aceptó la postura latina sobre la cuestión clave de la procesión del Espíritu Santo. Por muy brillante que fuera Beco, el Sínodo de Constantinopla se aferró a su postura.
Muchos, entre ellos Holóbolo, habían dado cabida al plan de Miguel VIII, que apuntaba a parar a Carlos de Anjou quitándole el casus belli a la Liga de Viterbo liderada por Carlos, a saber, que los bizantinos eran cismáticos. Pero los años de exilio de su propia ciudad todavía estaban en la memoria de la mayoría de los bizantinos. Miguel, sin embargo, sabía que muchos en el sínodo habían contemplado una unión con Roma en tiempos de su predecesor, Juan IV Vatatzes, una unión con condiciones casi idénticas a las que ahora estaba ofreciendo Roma: conmemoración del Papa durante la Divina Liturgia, reconocimiento de la supremacía judicial del Papa, y la colocación de su nombre en los dípticos.
A fin de cuentas el sínodo asintió débilmente a la presión de Miguel VIII, si bien el patriarca no estuvo de acuerdo. Pero incluso con la sumisión del sínodo, Miguel no pudo encontrar a nadie que fuera al concilio de reunificación, que se realizaría en Lyon en 1274. Al final, solo unos diplomáticos y el expatriarca depuesto Germano llegaron al concilio. Después de la Declaración de Unión, el Patriarca José renunció, Beco llegó a ser el nuevo patriarca, y Miguel se volvió brutal, ejecutando incluso a gente que estaba aguantando su política. Para colmo de sus males, al final Miguel VIII fue excomulgado por el Papa Martín IV —quien era creación de Carlos de Anjou— en 1281. Pero debido a una revuelta que tuvo lugar en la isla de Sicilia contra sus señores franceses (la Guerra de las Vísperas Sicilianas), la temida invasión de Carlos de Anjou nunca llegó a ocurrir, revuelta en cuya planificación Miguel VIII casi con toda seguridad había tenido arte y parte.
Miguel VIII murió el 12 de diciembre de 1282, y su hijo Andrónico II se negó a darle a su padre cristiana sepultura, sino que más bien colocó su cadáver en una cueva. Luego Andrónico depuso a Beco como patriarca e instaló en su lugar a Gregorio de Chipre, quien había de presidir un concilio que se reunió en el palacio de Blaquernas en 1285 y repudió formalmente la unión de Lyon (muerta materialmente con el deceso de Miguel VIII). Durante los 150 años que siguieron, las comunicaciones entre Roma y Constantinopla fueron casi nulas.
Cisma material versus cisma formal
El episodio que acabamos de narrar muestra claramente una distinción que hay que tener en mente cuando pensamos en la relación entre latinos y griegos. La unión de Miguel VIII fue en gran medida una formalidad sin contenido, una forma sin materia. En otras palabras, la unión existió formalmente, pero materialmente no se hizo realidad. A modo de ilustración: En el otoño de 1998 yo había terminado de escribir mi tesis. Una vez que todos los miembros de mi comité estuvieron de acuerdo en que era satisfactoria, se fijó la fecha para que yo la defendiera, cosa que hice en la primavera de 1999. Todo salió según lo esperado. El comité se retiró para decidir mi destino durante cinco minutos completos, y luego el Prof. Donald R. Kelly salió y me dio un apretón de manos, seguido por el resto del comité.
Materialmente, yo había terminado mi tesis y mis estudios de postgrado en 1998. Pero formalmente no terminaron sino hasta que el comité de tesis lo dictaminó así, y de hecho no hasta que recibí mi diploma de doctorado en la graduación de primavera de 1999. Antes de eso nadie me llamaba Dr. Jenkins. Esa distinción entre lo material y lo formal hay que tenerla presente cuando tratamos sobre el cisma que se dio en la Edad Media tardía entre el Occidente católico y el Oriente ortodoxo.
Hubo ocasiones antes de la baja Edad Media (que comenzó alrededor del año 1000) cuando ambas Iglesias estuvieron en cisma tanto formal como material, como durante el cisma acaciano desde fines del siglo V a mediados del VI, cuando el Occidente latino vio al Oriente ortodoxo titubear y transigir sobre la enseñanza de los concilios (el aspecto material del problema), y entonces rompió formalmente la comunión.
Pero en otros momentos existió un cisma formal, aunque sin que nadie lo hubiera declarado, y sin una razón material aparente para que ocurriera, como cuando el nombre del papa desapareció de la lista de obispos que se conmemoraban durante la Liturgia en Constantinopla, en algún momento alrededor de 1009, cosa que más tarde el Sínodo de Constantinopla afirmaría que se había hecho por descuido.
Dicho esto, más de un escritor alegará el año 1054 como fecha inicio del cisma (material y formal) que ha durado hasta nuestros días. Pero eso no puede considerarse así, ni material ni formalmente. El año 1054 es una fecha importante, pero los acontecimientos de ese verano no fueron las causas eficientes del cisma en la Iglesia. Primero, y formalmente, los actores involucrados no hablaron en nombre de la totalidad de sus respectivas Iglesias, según veremos. Y segundo, incluso si fuera así, la excomunión decretada por el clérigo latino, Humberto, cardenal obispo de Silva Cándida, nombraba como afectados por la excomunión solamente a Miguel Cerulario, Patriarca de Constantinopla (junto con todos los que estuvieran de acuerdo con él), a León, arzobispo de Ohrid (Ocrida), y al canciller imperial; y no al Sínodo de Constantinopla, mucho menos al mundo ortodoxo entero. Por lo que respecta a Miguel Cerulario, Patriarca de Constantinopla, la excomunión emitida por él y por el Sínodo de Constantinopla iba dirigida solo a los tres legados: el susodicho Humberto, Federico de Lorena, y Marcos, arzobispo de Amalfi; pero definitivamente no al papa, y mucho menos a toda la Iglesia occidental.
De manera que, aunque tensa en lo material, la situación difícilmente llegaba a constituir un cisma formal entre ambos cuerpos eclesiales. Nadie negaba que a partir del 1054 las relaciones eran tensas. El Occidente sin duda dio importancia a lo sucedido, aun cuando lo que había hecho Humberto era canónicamente inválido, puesto que el Papa León IX, que le había otorgado sus facultades como legado, había muerto antes del fatídico acto, con lo cual quedaba anulado todo lo que Humberto y los otros legados hicieran en su nombre. Sin embargo, dada la estatura de Humberto entre el clero de Roma, dicho clero aceptó que los griegos quedaban de algún modo fuera de la plena comunión con Roma.
En vista del movimiento de reforma que por entonces predominaba en Roma, y el liderazgo de Humberto en dicho movimiento (las reformas gregorianas), y de la fuerte lucha entre los reformadores y las potencias imperiales y reales de Occidente, habría sido asombroso que el clero de Roma no les diera alguna forma de legitimidad a las acciones de Humberto. Este último, además, escribió un punzante panfleto, Contra las calumnias de los griegos. Por lo visto el incidente desempeñó una parte significativa en la mente de un clérigo significativo, y no se debería minimizar.
Armonía política
Dicho lo anterior, para fines del siglo, con el mundo ortodoxo tambaleándose bajo el repentino colapso del imperio —un colapso provocado por la corrupción y la decadencia que habían infestado tanto a la corte imperial como a Constantinopla después de la muerte de Basilio II en 1025—, la retórica proveniente de Roma con respecto al aprieto del Oriente bizantino y su situación como reino cristiano asumió un carácter totalmente diferente de lo que uno esperaría si Humberto fuera la medida putativa de la fe ortodoxa. El lugar donde se puede ver mejor esta nueva perspectiva es en la retórica que describe el aprieto de los griegos en los sermones que convocaban a la Primera Cruzada.
El Papa Urbano II (1088-1099) habló abiertamente del Oriente griego en términos fraternales. En su sermón en Clermont, Francia, en que llamó a la que había de ser la Primera Cruzada (ese término y sus derivados no se usaban todavía), Urbano habló del deber cristiano que tenían sus oyentes en Clermont de defender a los débiles, de ir en ayuda de sus hermanos, de ayudar a las Iglesias cristianas que se hallaban bajo el yugo de los infieles, y de liberar a sus hermanos cristianos de la servidumbre bajo los no creyentes. ¿Quiénes eran los hermanos y los cristianos a quienes Urbano pedía a la caballería francesa que defendiera? Eran los griegos.
La misma solidaridad la hallamos de parte de los latinos varias décadas después, en 1136, cuando Anselmo, obispo de Havelberg, hallándose en Constantinopla como emisario del emperador alemán, debatió con el arzobispo ortodoxo, Nicetas de Nicomedia. Anselmo dejó un registro detallado de su debate, el cual tocaba sobre las cuestiones que por entonces parecían dividir a las dos Iglesias (y que se habían debatido igualmente en 1054): los ácimos (el pan sin levadura usado por los latinos en la Eucaristía), el Filioque (la palabra que el Occidente latino había añadido al Credo para proclamar que el Espíritu Santo procedía a la vez del Padre “y del Hijo”), y la primacía papal. Según el relato de Anselmo, el debate se desarrolló de la manera más caritativa posible, aunque ninguna de las dos partes se anduvo con rodeos teológicos.
En ese debate vemos cómo los ortodoxos abordan directamente, por primera vez, las reivindicaciones explícitas de primado que hacen los obispos de Roma, las cuales, probablemente al mismo nivel que la cuestión del Filioque, impulsaron la división entre las Iglesias. En la argumentación de Nicetas, el traslado del imperio (translatio imperii) de Roma a Constantinopla había traído consigo el traslado del primado eclesiástico. Para él, el ministerio petrino era universal, como lo era el ministerio de todos los apóstoles, y confinarlo a un solo lugar era hacer un flaco favor a ese ministerio. Además, el que los papas de Roma ocuparan la sede de Pedro era cierto, pero también lo era para los obispos de Antioquía. Más aún, si la preeminencia apostólica debía radicar en algún lugar, debía ser en Jerusalén, cuyo primer obispo, Santiago, era el hermano del Señor.
Por lo que concierne a los ortodoxos y su retórica, Miguel Cerulario ciertamente empleó un lenguaje mordaz e insultante con respecto a la Iglesia latina en sus cartas a los otros patriarcas orientales al describir los acontecimientos de 1054. De ese lenguaje habían de hacer eco otros, entre ellos el notable canonista del siglo XII Teodoro Balsamón, para quien, como se lo expresó al patriarca de Alejandría, los latinos en su conjunto eran culpables de herejía y usurpación, y ningún latino debía ser admitido a la comunión a menos que denunciara las atrocidades occidentales.
Pero, por mucho que Cerulario y otros denunciaran al Occidente latino, otros de igual estatura tenían a los latinos, si no bajo una luz de simpatía, sí al menos de caridad. El primero, y quizás el principal de ellos, sería Pedro, patriarca de Antioquía, de mayor edad que Cerulario pero contemporáneo suyo, quien podía hablar a partir de su larga experiencia acerca de las relaciones entre latinos y griegos.
Pedro veía en la correspondencia de Cerulario que describía los acontecimientos de 1054 y su valoración de los latinos poco más que una nota de animosidad personal, plagada de imprecisiones y errores sobre puntos de doctrina, y saturada con un espíritu que difícilmente era digno de un patriarca de la Iglesia de Cristo. Cerulario había afirmado que el nombre del papa no se había mencionado en los dípticos durante siglos. Sin embargo, Pedro se opuso diciendo que en el año 1009 había estado en Constantinopla y allí había oído el nombre del papa conmemorado durante la Liturgia. Más aún, argüía Pedro, había que practicar la caridad, ya que los latinos y la lengua latina carecían de la sutileza para precisar los puntos teológicos que sí permitía la lengua griega. En la mente de Pedro, tal vez con una interpretación más sutil que la que emplearían otros escritores ortodoxos sobre el mismo tema, los latinos, la cultura latina y la teología latina adolecían todos de una rústica inocencia de la sofisticación.
Para Pedro de Antioquía las diferencias entre la Iglesia latina y la griega sí existían, pero él no consideraba que los latinos fueran cismáticos, y mucho menos que griegos y latinos integraran dos comuniones distintas. La postura de Pedro tiene respaldo en las acciones y declaraciones del futuro patriarca de Jerusalén, Eutimio, quien había gozado de buenas relaciones con los peregrinos latinos en Jerusalén. Eutimio había sido expulsado de su obispado por la conquista selyúcida de 1071, y el emperador Alejo I lo usó como emisario suyo para tratar con los normandos, sabiendo la alta estima que le tenían. En los años que siguieron persistió una ondulante amistad entre latinos y griegos en Antioquía, Jerusalén y Alejandría.

Más aún, la campaña de Cerulario contra los latinos paró en nada, pues terminó con su destitución a manos del emperador Isaac I Comneno en 1058. Si bien las acciones de Isaac I y los emperadores que lo siguieron revelan la tensión en las relaciones entre las Iglesias, no muestran que la corte bizantina se considerara alienada de la Iglesia romana. Donde mejor se ve la cordialidad de las relaciones es en el hecho de que Miguel VII había acudido al Papa Gregorio VII en 1073 para pedirle que evitara la planeada invasión del imperio por el príncipe normando Roberto Guiscard, vasallo del papa. Así se hizo, y Guiscard mandó a su hija Helena a Constantinopla para casarse con el hijo y heredero de Miguel.
Pero cuando el rebelde Nicéforo Botaniates derrocó a Miguel VII en 1078, mandó a Helena de regreso. Gregorio VII reaccionó con la excomunión del nuevo emperador, y por primera vez la corte imperial bizantina sintió el peso de la forma en que Roma entendía su autoridad, encarnada en Gregorio VII, aunque ciertamente predicada por el susodicho Humberto, amigo de Gregorio VII, de que los reyes de la tierra se hallaban en relación con el papado como se hallaba la luna en relación con el sol.
A pesar de ello, durante el reinado de Alejo I Comneno (1081-1118) la Iglesia bizantina procuró sanar cualquier grieta que dividiera a las dos grandes Iglesias. En 1089, como se mencionó anteriormente, un sínodo de la ciudad de Constantinopla admitió que el nombre del papa llevaba décadas sin conmemorarse, pero también declaró que no sabía por qué eso era así, y que la eliminación del nombre del papa de la lista de obispos que se consideraban en comunión con el arzobispo de Constantinopla se debía a un descuido.
Es más, apenas dos décadas después de 1089 nos encontramos con san Teofilacto de Ohrid que hace eco de Pedro de Antioquía en su simpatía por la Iglesia latina. Amplía la valoración que hace Pedro de la doctrina latina, las motivaciones latinas y las capacidades latinas. Teofilacto —el primero de los ortodoxos que nos deja un comentario sobre todo el Nuevo Testamento— se desvive por echar aceite sobre las aguas eclesiásticas, diciendo que tiene poca simpatía por los que condenan a los latinos, ya que objetan sobre trivialidades en asuntos de costumbres. Entre ellas señala la práctica de arrodillarse ante el altar en lugar de inclinarse, el uso de la seda en los ornamentos, el usar anillos de oro, y la práctica del celibato sacerdotal. Todas esas cosas —escribe— provienen de la devoción, y no son una afrenta consciente a la tradición de la Iglesia.
Los que contradecían a los latinos por su uso de los ácimos en la comunión, objetando que eso era apolinarista porque solo el pan leudado mostraba la consustancialidad de Cristo con nuestra naturaleza humana, estaban acusando a los latinos de una herejía (el apolinarismo) de la que nunca habían participado. (El hereje Apolinar negaba que Cristo encarnado hubiera asumido plenamente nuestra naturaleza humana.) Teofilacto argumentaba que era correcto que los griegos usaran pan leudado (artos) puesto que era entre los griegos que había surgido el apolinarismo. Finalmente, señalaba que la lengua latina era rústica y poco elegante, y que si bien los ortodoxos no pueden tolerar la adición del Filioque al Credo, hay que recordar que el griego tiene cuatro palabras diferentes para precisar los sutiles matices de la teología con respecto a la espiración y misión del Espíritu Santo, mientras que el latín tiene solo una.
Se puede sostener razonablemente que a inicios del siglo XII la comunión de la Iglesia estaba tensa y que había diferencias que se veían, se sopesaban y se atribuían, de modo que algunos ortodoxos que miraban a los latinos desde una distancia más que prudencial, mientras que otros tomaban un enfoque mucho menos drástico. Del lado de los latinos se puede asumir eso mismo. Por mucho que el Filioque fuera y seguiría siendo un problema, para los latinos la principal preocupación parecía ser claramente la supremacía del papa romano.
Grietas, Cruzada y colapso
Sin embargo, el siglo XII presenció el desvanecimiento de todo rastro de buena voluntad a la luz de los crecientes fracasos de las Cruzadas. La Primera Cruzada afectó la relación de las Iglesias, pero constituyó poco más que una causa que contribuía al cisma, y no en modo alguno una causa material o eficiente del mismo. Si bien los señores cruzados latinos con frecuencia establecieron sus propias estructuras eclesiásticas en ciertos lugares, como en Antioquía, en otros lugares el clero griego persistió en sus funciones normales, con sus deberes normales, y casi sin hacer caso de sus gobernantes latinos.
Pero a lo largo del siglo XII fue creciendo una verdadera animosidad entre el Occidente católico y el Oriente ortodoxo. No fue en modo alguno uniforme, pero en los casi 110 años entre la Primera Cruzada y la Cuarta (1095-1204) las relaciones fraternas se volvieron cada vez más forzadas, de modo que incluso para la Segunda Cruzada (1147-1149) hubo elementos del ejército cruzado que pidieron a los franceses, bajo su rey Luis VII, que tomara Constantinopla. Aunque Luis VII no quería para nada participar en esa empresa, hay que señalar que su capellán, Odón de Deuil, monje de la abadía de San Denis, y Godofredo de la Roche, obispo de Langres y el principal clérigo entre los cruzados, estaban en la primera línea que la promovía. El fracaso de la cruzada dejó a Luis VII con gran amargura para con los bizantinos, y planeó unirse a los normandos del sur de Italia para atacar el imperio. El rey alemán Conrado III, cuyo ejército sufrió mucho durante la cruzada, se unió a los bizantinos para oponerse a los planes normandos. El papa, Eugenio III, rehusó respaldar la alianza franco-normanda, y todo el asunto paró en nada.
La caída del reino de Jerusalén ante Saladino en 1187 detonó la calamitosa Tercera Cruzada (1189-1192), seguida poco después por la convocatoria de la Cuarta (1199-1204). Bajo el liderazgo de Bonifacio de Monteferrat y el dux de Venecia, Enrico Dándalo, la cruzada se desvió hacia Constantinopla como parte de un trato con el pretendiente, el joven Alejo Ángelo (hijo del depuesto emperador Isaac), para tomar el trono de su tío, Alejo III. Los cruzados tenían la esperanza de cosechar los beneficios prometidos por Alejo IV: un pago de la deuda de los cruzados con Venecia, una participación bizantina en la expedición para retomar Jerusalén, y la promesa de una guarnición bizantina permanente en Jerusalén, una vez conquistada.
Pero Alejo IV no logró cumplir sus promesas, y tras su asesinato por los que eran hostiles a la presencia de los latinos en la ciudad, los cruzados y los venecianos, repartiéndose el botín antes de tiempo, atacaron la ciudad y la saquearon. Constantinopla había soportado por siglos ejércitos más grandes y mejor equipados, pero los cruzados y sus correligionarios habían gozado del acceso a la ciudad antes de que estallaran las hostilidades, y una vez que comenzó la batalla, los defensores a lo largo de las murallas que sufrieron el ataque —los bajos malecones frente al puerto del Cuerno de Oro— se encontraron de repente peleando con los cruzados que tenían al frente y con los incendios que ardían detrás. Abandonaron la defensa de la ciudad, y el gobierno, junto con el patriarca Juan Camatero, huyó a través del Bósforo hacia la ciudad de Nicea.
Si es que se puede dar alguna fecha para el inicio del cisma, 1204 puede fácilmente reclamar la precedencia. A partir de ese momento, ni el pueblo del Oriente ortodoxo ni casi ninguno de sus clérigos tenían la menor gana de tratar con los latinos, ni de planteárselo siquiera. Pero, lo que es más importante, a partir de ese punto todos los bandos admitieron abiertamente que las dos comuniones estaban claramente en cisma una respecto a la otra, y las recriminaciones volaban en todas las direcciones.
Metidas de pata y puertas cerradas
Lo que resulta irónico es que, antes de la caída de la ciudad, el Patriarca Juan había mantenido correspondencia con Inocencio III, pidiendo un concilio ecuménico para debatir las diferencias que obviamente existían. En un concilio así, la presencia del Espíritu Santo guiaría a la Iglesia como lo había hecho en el pasado. Inocencio III replicó acogiendo favorablemente la idea de ese concilio, pero, como era canonista, insistió en que primero las Iglesias de Oriente reconocieran la supremacía de Roma tal como Roma la entendía. Las negociaciones no pararon en nada, y después del saqueo que hicieron los cruzados en la ciudad, Inocencio cometió dos errores políticos garrafales que no hicieron sino endurecer las respectivas opiniones.
Primero, lo que hizo fue enviar una carta de recomendación a los cruzados porque la gran ciudad se había unido por fin a Roma. Su regocijo se convirtió en dolor cuando se enteró de las atrocidades cometidas por los cruzados después de la caída de la ciudad, y la lista de delitos que hizo Inocencio es en sí misma un acta de acusación. Aún así, aquellos griegos que se enteraron de su felicitación no pudieron menos de contemplarla con horror.
Segundo, y quizás lo más importante, con la muerte de Juan Camatero en 1206, los obispos griegos que no habían huido de sus puestos después de la conquista latina apelaron a Inocencio III pidiendo que un patriarca griego se sentara junto al patriarca latino, Tomás Morosini, pero sujeto al papa. Inocencio rechazó esta petición como un desaire a su propio patriarca. Los obispos griegos cambiaron de inmediato de bando yéndose hacia el más prominente de los reinos griegos continuadores, el de Nicea, para tomar parte en la elección de un nuevo patriarca griego. Es imposible medir en qué grado la negativa de Inocencio afectó el futuro de las relaciones entre ortodoxos y católicos, pero es obvio que a partir de entonces el clero ortodoxo quedó unido en su oposición a una unión con los latinos.
Si es que se puede dar alguna fecha para el inicio del cisma, 1204 puede fácilmente reclamar la precedencia. A partir de ese momento, ni el pueblo del Oriente ortodoxo ni casi ninguno de sus clérigos tenían la menor gana de tratar con los latinos, ni de planteárselo siquiera.
A pesar de todo el desastre que la conquista latina les acarreó a los griegos, Demetrio Cometiano, arzobispo de Ohrid (1216-1234), al escribir 20 años después de la muerte del susodicho Balsamón, y viviendo en el reino latino de Constantinopla (1204-1261), criticó los puntos de vista antilatinos de Balsamón. Cometiano protestó asegurando que Balsamón había sido demasiado severo, porque ningún sínodo había condenado la doctrina o usos de los latinos, y además todavía se daban concelebraciones de la Liturgia.
A pesar de las afirmaciones de Cometiano, ambas partes veían claramente la división y sus causas. Las dos principales de entre ellas, la cuestión de la procesión del Espíritu Santo y la primacía papal, estaban en realidad muy entrelazadas. Para los ortodoxos, la doctrina latina de la procesión del Espíritu Santo era errónea, e incluso si fuera cierta, no se podía cambiar el Credo unilateralmente como lo habían hecho los latinos. Para los católicos, no solo era verdadera esa doctrina, sino que el obispo de Roma poseía la autoridad para alterar el Credo, de donde brotaba la cuestión de la naturaleza de la autoridad magisterial y judicial del papa. Estas respectivas reivindicaciones dominaron los intentos por sanar el cisma de 1204 en adelante. Las listas contenían otras doctrinas, como la del purgatorio, pero esas dos eclipsaban todo lo demás.
El primero de esos intentos se dio durante el reinado del emperador niceno Juan Vatatzes, quien en 1251, al percatarse del menguante poder del reino latino y el debilitamiento de su dominio sobre Constantinopla, se dirigió al Papa Inocencio IV. Las negociaciones se extendieron a lo largo de cuatro años (1251-1254), pero los griegos nunca estuvieron dispuestos a conceder la definición de la primacía papal que Inocencio buscaba, ni estuvieron dispuestos a admitir el Filioque a menos que fuera confirmado por una palabra divina (¿un concilio general?). En 1254 los principales actores —emperador, papa y patriarca— murieron todos, y el asunto no paró en nada.
El triste episodio del reinado de Miguel VIII vino poco después, y el Concilio de Blanquerna en 1285 y su declaración (tomos) sobre la cuestión del Espíritu Santo parecieron dejar cerradas todas las puertas futuras. Ahora sí existía el cisma tanto materialmente (las cuestiones no resueltas y divisivas del papado y el Filioque) como formalmente (la excomunión latina de Miguel VIII y el repudio ortodoxo de la unión en 1285).
La fecha material y la formal
Durante los 150 años que siguieron, las comunicaciones no fueron inexistentes pero ciertamente fueron escasas. A lo largo de ese período el imperio se fue marchitando, debido a guerras civiles y al avance de los turcos otomanos, quienes se aprovecharon de esas guerras para expandirse hacia Europa. Los emperadores de ese período parecían estar de acuerdo con la opinión de Manuel II (que gobernó de 1391 a 1425), quien había advertido a su hijo y heredero, Juan VIII, que no buscara jamás la unión con los latinos, porque eso no haría más que amargar a sus súbditos griegos contra él y además provocaría las sospechas de los turcos, y sin duda los incitaría a acciones hostiles (en su tiempo el imperio era poco más que un estado cliente de los otomanos).
Para 1245 el imperio se había contraído a Constantinopla, Tesalónica y las regiones al sur de Corinto llamadas la Morea (el Peloponeso). Incluso esas dos últimas eran constantemente disputadas por los turcos otomanos, que ahora estaban cerrando el cerco. Manuel II había pasado años en Occidente buscando ayuda militar aparte de cualquier unión, pero no obtuvo nada a cambio de sus esfuerzos. Finalmente, Juan VIII, a pesar de las advertencias de su padre, apeló a principios de la década de 1430 tanto a Roma como al concilio que entonces estaba reunido en Basilea, con la esperanza de un concilio de reunificación que trajera consigo una cruzada contra los otomanos.
Pero lo que ocurrió fue que el Concilio de Basilea y el Papa Eugenio IV estaban en un punto muerto, y en realidad los padres conciliares tenían al papa contra las cuerdas. La llegada de los enviados griegos le permitió a Eugenio convocar un concilio y, en atención a los griegos, efectuarlo en Italia. El concilio reunido en Basilea terminó por dividirse, y una minoría se alejó hacia el sur, declarando que la unidad de la Iglesia era más importante que las reformas que buscaba el Concilio de Basilea.
El concilio se reunió primero en Ferrara en 1438, pero luego, debido a la peste y a la munificencia de Cosme de Médicis, quien quería conocer a ciertos miembros de la delegación griega, el concilio se trasladó a Florencia. Esa fue la ocasión para la conocida pintura que está en la capilla de los Médicis, La procesión de los Magos, en la cual figura prominentemente el Emperador Juan VIII. En Florencia el debate abierto, que no había tenido lugar en Lyon y que los griegos ciertamente querían, se materializó por fin. Cuando el concilio terminó, todos los obispos griegos firmaron el documento de unión, con la excepción de su miembro más prominente, Marcos de Éfeso (su negativa a firmar provocó el comentario de Eugenio IV de que “sin Marcos no somos nada”).
Muchos de los griegos estuvieron de acuerdo con la unión basándose en los deseos finales del patriarca, José II. Este había dejado por escrito una confesión de adhesión a todo lo que enseñaba la Iglesia de Roma. Irónicamente, en la Fórmula de Unión, el Papa Eugenio IV había añadido una acción de gracias a Dios porque el cisma de 437 años había terminado (remontándose así a 1002, aunque no resulta claro por qué se hace referencia a esa fecha).
A pesar de las esperanzas de Eugenio IV y Juan VIII, Florencia falló en su intento de unir a los ortodoxos con los católicos, pues los patriarcados de Antioquía, Jerusalén y Alejandría rechazaron unánimemente el concilio en una reunión efectuada en Jerusalén en 1443.
Además, con la caída de Constantinopla en 1453, la unión se desbarató materialmente, tal como estaba. Para volver a la distinción entre lo material y lo formal, podemos ver que las Iglesias estuvieron en cisma tanto material como formal entre 1285 y 1439, mientras que después de 1439 puede haber habido una unión formal entre Roma y Constantinopla, la cual duró por lo menos hasta la caída de la ciudad. Pero incluso después del Concilio de Florencia y la firma de la Fórmula de Unión en ese concilio, sería forzar los hechos decir que materialmente las Iglesias podían considerarse una sola. Poco antes de la caída de la ciudad, la unión fue proclamada en Constantinopla, pero incluso entonces algunos prominentes ortodoxos —entre ellos varios firmantes de Florencia, a saber, Macario de Nicomedia, Ignacio de Trnovo y Silvestre Syrópoulos, ya estaban buscando una unión con los husitas de Moravia, a quienes el Concilio de Constanza (1414-1418) había declarado herejes y excomulgado de la comunión con Roma.
Entre los que buscaban ese último acuerdo estaba Jorge Genadio Escolario, que una vez había apoyado la unión de Florencia, pero a quien Marcos de Éfeso había convencido de renunciar a su postura. Cuando cayó la ciudad, Escolario era conocido incluso entre los turcos como un opositor de la unión y, a causa de ello, fue rescatado de la esclavitud por el sultán Mehmet II y elevado al trono patriarcal. No fue sino hasta 1484 que un concilio de la jerarquía ortodoxa, que incluía a representantes de los cuatro patriarcas de Oriente, renunció formalmente a la unión. Materialmente, sería difícil decir que hubiera existido en absoluto desde 1204.
En efecto, incluso antes de 1204, el asunto era tenue materialmente. Pero sería forzar esta observación, en presencia de tantos testigos, decir que 1054 había creado para ortodoxos y católicos un cisma tanto formal como material. Modestamente, por mi parte, concuerdo con mi antiguo profesor, Aristeides Papadakis, sobre 1204 como la fecha material y 1285 como la formal. Aunque él nunca fue del todo explícito al respecto en sus escritos, ciertamente lo fue en sus conversaciones.
De Touchstone, Julio/Agosto de 2025o de 2025.
Gary Jenkins Ph.D., es profesor jubilado de la Cátedra de Historia Van Gordon en la Eastern University de Pensilvania, y actualmente es director del Centro San Basilio para el Pensamiento y Cultura Ortodoxa en esa misma universidad.
Este artículo forma parte de la edición en español de la revista Touchstone, disponible en línea en www.touchstonemag.com/es
