La urgencia del asombro

La urgencia del asombro

El cristianismo reencantado como destreza de supervivencia en un mundo negativo

mayo/junio de 2026
De la edición de Touchstone de mayo/junio de 2026

La palabra “encantamiento” es molesta y cursi. Trae a la mente una visión de la magia de Disney, con centellas, escarcha, hadas de azúcar y el aroma de galletas de trocitos de chocolate que está horneando la abuela. Lamentablemente, esa es la palabra que el sociólogo Max Weber usó para identificar la forma “desencantada” en que todos vivimos en el mundo posterior a la Ilustración.

De manera que, cuando argumento que el reencantamiento es una destreza necesaria de supervivencia para los cristianos en el “mundo negativo”, como ha llamado Aaron Renn a la cultura contemporánea, con su fundamentalismo anticristiano, es importante aclarar que no estoy invitando a los lectores a llenar su vida religiosa con aromas, campanas o una versión “amigable con la fe” del engaño de la Nueva Era. No: lo que quiero decir con encantamiento es algo mucho más sustancial. De hecho, puesto que tiene que ver con la realidad metafísica de cómo vivimos, nos movemos y existimos, es la cosa más real que hay.

¿Qué es el encantamiento cristiano? En el mundo desencantado, la existencia no tiene ninguna dimensión trascendental o espiritual. La materia es algo muerto. La ciencia y otras formas de empirismo son las únicas vías confiables para conocer la verdad. No existe ninguna significación fundamental, ningún logos, que esté incrustada en nada. El sentido es algo que nosotros le imponemos a un mundo sin sentido. Los milagros no ocurren. La religión es, en el peor de los casos, un engaño pernicioso, y en el mejor de los casos, una mitología con beneficios sociales, pero definitivamente no tiene nada que ver con la verdad.

Claro está que la mayoría de la gente no vive así, pero ese es el marco que se nos da para entender la vida en el Occidente moderno. Un número sorprendente de cristianos en Occidente han aceptado, sin pensarlo, muchas de esas premisas. ¿Cuántos cristianos han llegado a creer que la materia en realidad no importa, que la fe consiste en estudiar la Biblia, afirmar ciertas verdades proposicionales, ir a la iglesia el domingo y ser un buen vecino? Sí, la vida cristiana incluye esas cosas, pero eso no es el paquete completo.

Un estudiante estadounidense de intercambio se me acercó en Hungría el año pasado y, refiriéndose a su fe evangélica, dijo: “Lo creo todo, pero me muero por experimentar la trascendencia. ¿Qué debo hacer?”

Es un creyente, así que no está totalmente desencantado. Pero percibía que le estaba faltando alguna dimensión fundamental de la experiencia cristiana. Mientras él se debatía por explicarse, yo escuché en sus palabras una sensación de anhelo y de decepción que él habría podido poner en forma de pregunta: ¿Es eso todo lo que hay?

No —le dije—; eso no es todo lo que hay. En conversaciones posteriores (porque nos hemos hecho buenos amigos) le hablé acerca del teólogo anglicano Hans Boersma y su concepto de “ontología sacramental”: es decir, la idea de que las cosas que experimentamos con nuestros sentidos están conectadas con Dios en una forma misteriosa pero verdadera. No vivimos en un universo sin sentido, sino en un cosmos ordenado.

Toda la creación material está impregnada de logos, o propósito racional. Si vemos el mundo como realmente es, lo comprenderemos como un misterio por medio del cual Dios se revela a sí mismo: en otras palabras, como un sacramento. Esto no es simplemente un concepto bonito; describe una realidad verdadera y existente. Ser plenamente humanos, como Dios ha querido que seamos al crearnos, es participar de esa realidad, y ser transformados por ella, para hacernos santos y conformarnos a Cristo. Nuestro papel es sacerdotal: ser instrumentos del Espíritu Santo para la transformación y santificación del mundo.

Todas las cosas, por lo tanto, son sagradas, y hay que tratarlas como tales. Nada carece de sentido. La verdad es objetiva, pero la verdad de las cosas que realmente importan solo puede conocerse subjetivamente: es decir, cuando el individuo la capta con una interioridad apasionada, y permite que esa verdad haga de él una nueva criatura en Cristo.

Le expliqué que eso es lo que significa ser reencantado como cristiano. Le hablé del concepto de Hans Boersma sobre la Gran Tradición: el cristianismo del primer milenio, cuando todos los creyentes compartían una ontología sacramental. La buena noticia es que todos los cristianos compartíamos eso en el pasado, y podríamos recuperarlo hoy. La noticia aún mejor es que el desencanto es principalmente un fenómeno del Occidente actual. Eso quiere decir que nuestra visión del mundo desencantada, o semidesencantada, es solo eso: una visión del mundo determinada temporal y culturalmente, una opinión.

Si nosotros, los cristianos, no les ofrecemos a los jóvenes desencantados y desorientados algo más poderoso que un simple estudio bíblico y una vida moral, vamos a seguir perdiéndolos frente al falso encantamiento del lado oscuro.

Si bien es claro que hoy vemos las cosas mucho más claramente en lo referente a la ciencia, por ejemplo, ¿qué seguridad tenemos de que esa claridad no la hemos alcanzado cegándonos en otras formas? Yuval Noah Harari dice que a principios de la época moderna hicimos en Occidente una opción fatídica: intercambiar el sentido por el poder. Es decir, si negábamos el sacramentalismo y el idealismo que habían sido nuestra visión cultural y en vez de eso comenzábamos a considerar el mundo natural como mera materia, como nada más que “cosas”, entonces podíamos hacer con él lo que se nos ocurriera.

El psiquiatra Iain McGilchrist describe este proceso como un favorecimiento deliberado del modo de conocer propio del cerebro izquierdo —lo lógico, lo matemático, lo abstracto— por encima del modo de conocer propio del cerebro derecho, que es intuitivo, noético y subjetivo. Los resultados han sido espectaculares en lo referente a hacer avanzar nuestro poder sobre el mundo material por medio de la ciencia y la tecnología, y en hacernos muy ricos. Pero estamos atrofiándonos espiritualmente, y perdiendo nuestra voluntad de vivir. McGilchrist dice que una mente humana sana aprovecha ambas formas de conocimiento, pero nosotros en Occidente nos hemos quedado varados en el hemisferio izquierdo; y si nos quedamos ahí, impediríamos el acceso al camino de regreso.

A ese joven le dije que su hambre por una experiencia de encantamiento en el cristianismo era válida, y que algunas formas de fe más antiguas no solo explican por qué sino que también ofrecen disciplinas espirituales prácticas para abrirse a ella. Sin embargo, el encantamiento cristiano nunca debe funcionar como una meta en sí mismo, ni como ningún tipo de remplazo por la difícil y a veces aburrida tarea diaria de oración, arrepentimiento, autodisciplina, caridad y obediencia. Si no tenemos cuidado, terminaremos por perseguir experiencias como un simple sucedáneo por la búsqueda del Espíritu Santo.

Verdades que hemos perdido de vista

Todo eso era demasiado para que ese joven estudiante evangélico lo asimilara. Su modalidad particular de teología protestante no le había ofrecido ese marco conceptual. Pero no quiero ser muy duro con él como evangélico: la mayoría de los cristianos ortodoxos y católicos que conozco tampoco viven conforme a ese marco. Dan por hecho el desencantamiento, simplemente porque han sido criados en una cultura que no cree lo que enseñan nuestras tradiciones sacramentales. Si realmente creyéramos esas tradiciones, estaríamos viviendo una vida muy diferente.

De la obra del sociólogo Christian Smith sobre lo que él llama el “deísmo terapéutico moralista” sabemos que el cristianismo de la mayoría de los jóvenes estadounidenses equivale a pensar que Dios quiere que seamos felices y que seamos simpáticos con los demás, y casi no pasa de ahí. Y ni siquiera son solo los estadounidenses jóvenes. Yo me crie con ese modo de pensar en la década de 1970. Siempre fue una mala idea, pero ahora, en el mundo negativo, va a provocar la muerte espiritual de un montón de gente. Y muchos de nosotros, cristianos de mayor edad, ni siquiera entendemos lo que está pasando frente a nuestras narices.

Una vez más, permítanme aclarar lo que quiero decir con cristianismo reencantado. A un nivel teológico, me refiero a que necesitamos retornar a la ontología sacramental de la Iglesia de la Gran Tradición. Es decir, necesitamos aceptar que la materia importa, y vivir en consecuencia.

¿Qué significa eso? Que en una forma misteriosa, el mundo del espíritu y el mundo de la materia están interpenetrados. Por lo tanto, la forma en que oramos, en que damos culto, en que comemos, en que hacemos el amor, en que celebramos… todo tiene un significado último. Necesitamos adoptar disciplinas espirituales que nos acercan más a la experiencia del Espíritu Santo, formas de orar y de dar culto que toman nuestra historia sagrada y, en la memorable expresión de Paul Connerton, “hacen que se sedimente en nuestros huesos”.

También necesitamos dejar claro en nuestra cabeza que todos estamos enfrascados en una guerra invisible con el mundo demoníaco; nos hallamos en una batalla espiritual que se va a intensificar a medida que nuestra cultura se descristianiza. Uno podría no estar interesado en los demonios, pero ellos siempre van a estar muy interesados en uno.

Todo esto siempre ha sido cierto aunque, una vez más, en los tiempos modernos hemos perdido de vista esas verdades, incluso dentro de las tradiciones cristianas. ¿Por qué urge tanto que las redescubramos ahora? Abrirse al reencantamiento cristiano podría constituir una forma más interesante y más satisfactoria de peregrinar por la vida, pero ¿por qué es una cuestión de supervivencia?

A ese asunto nos tornamos ahora.

Estamos perdiendo a los jóvenes

Si no transmitimos a nuestros hijos el fuego de la fe cristiana, el cristianismo dejará de existir. Entre los estadounidenses más jóvenes —la generación de mis hijos— el cristianismo va en pronunciada decadencia, no solo en lo referente a los números netos, sino también en la calidad de la fe.

El sociólogo Christian Smith, de quien se puede afirmar que es el principal experto en las prácticas religiosas de la juventud estadounidense, informó hace algunos años sobre su hallazgo de que la mayoría de los adultos jóvenes estadounidenses que profesan el cristianismo carece de una idea sustancial de lo que el cristianismo enseña o lo que les pide. Decir que son cristianos nominales es ser muy generoso. Cuando le pregunté a Smith cómo podemos retener a los jóvenes y recuperar a los que se han alejado, me dijo que no sabía pero que eso no sucederá por medio del moralismo. Con eso entendí que él se refería a los enfoques apologéticos normales que funcionaron en generaciones pasadas.

Los jóvenes están buscando el reencantamiento; pero no lo están buscando en la iglesia, tal vez porque tienen la sensación de que allí no lo encontrarán. Así era yo en 1984: un agnóstico de diecisiete años de edad que había desistido del cristianismo porque pensaba que no era nada más que una moral de clase media, conformidad social y predicadores de televisión. Después, como parte de un grupo de turismo, entré en la catedral de Chartres y quedé sobrecogido por la presencia de Dios en toda aquella belleza medieval. ¿Qué clase de cristianismo podía levantar un templo así para dar culto a Dios? De allí salí impactado por el encantamiento, y dando mis primeros pasos para rendirme a Cristo.

La apologética vino después. Pero primero, el asombro.

Hace dos años se acercó a mí, en un seminario en Oxford, un seminarista anglicano evangélico de 27 años, para hablarme sobre el encantamiento. Me dijo que a mi generación le gusta pensar que el desafío más grande para la Iglesia contemporánea es el Nuevo Ateísmo. Pues ya no, me dijo; en su generación el Nuevo Ateísmo está muerto. Pero el cristianismo también.

¿Qué es lo que está tomando su lugar? Diversas formas de ocultismo. Me dijo que antes de entrar en el seminario él trabajaba en una compañía de publicidad en Londres en la cual, fuera de él, todos estaban metidos en alguna forma de ocultismo, incluyendo a dos personas que abiertamente eran satanistas. Ellos les describían el satanismo a sus compañeros como el modo de aprender cómo vivir su humanidad a plenitud. El seminarista me dijo que él sabe que durante el resto de su ministerio va a estar enfrentándose con este tenebroso encantamiento entre la gente de su generación. Me ofreció esa advertencia como una llamada de alerta a los que somos miembros mayores en la Iglesia, que no estamos en condiciones de ver lo que está sucediendo actualmente.

Cuando yo estaba trabajando en mi libro Living in Wonder (“Viviendo en el asombro”), un exorcista a quien conozco me puso en contacto con un joven académico a quien llamaré “Jonás”. Jonás había estado profundamente involucrado en el culto a los demonios con una pequeña secta, cuyos ritos también incluían intenso uso de drogas psicodélicas. Dejó la secta y se hizo cristiano. Cuando lo entrevisté, Jonás me dijo que lo que lo había encaminado hacia el ocultismo era su insatisfacción de adolescente con el insulso protestantismo evangélico suburbano en el que se había criado. Ni el pastor ni nadie más en su iglesia tenía respuestas para sus preguntas. Cuando entró a la universidad decidió que el cristianismo no tenía respuestas. Comenzó a buscar en tradiciones alternas. Me dijo: “Simplemente seguí profundizando más y más hasta que encontré demonios en el centro.”

Jonás me contó que, cuando era ocultista, con frecuencia hablaba acerca del encantamiento como una forma de atraer a personas que estaban agotadas por la desesperanza y la falta de sentido. Ahora cree que el encantamiento cristiano es vital, porque las corrientes de pensamiento que han arrancado y lavado todo sentido de significado de la existencia —“todo el nihilismo, el cientificismo, el relativismo”— no son fines en sí mismos sino los medios por los cuales las entidades demoníacas despejan el terreno para preparar a la gente para lo que él llama “la religión del Anticristo”. “Una vez que sienten ese vacío del sinsentido —me dijo—, una vez que se topan con personas que se mueren de hambre por realidades espirituales que de verdad existen, las fuerzas enemigas ya nos llevan veinte kilómetros de ventaja, porque tienen esa infraestructura preparada para atraer a la gente hacia cosas que parecen benignas pero que en cierto momento se manifestarán como puertas de entrada al mismísimo infierno.”

Un exorcista en Roma me dijo que cuando las personas invocan a los demonios, incluso si no están plenamente conscientes de lo que están haciendo, los demonios llegan. Pero llegan para esclavizar. Dios no actúa de esa manera. Pero si nosotros, los cristianos, no les ofrecemos a los jóvenes desencantados y desorientados algo más poderoso que un simple estudio bíblico y una vida moral, vamos a seguir perdiéndolos frente al falso encantamiento del lado oscuro.

Está ocurriendo, querámoslo o no

Recientemente, un amigo en Texas me mandó una foto de un altar dedicado a la Santa Muerte, una falsificación demoníaca de la Virgen María que surgió de la religiosidad de los carteles mexicanos del narcotráfico. El culto a la Santa Muerte se ha difundido ampliamente en México. Pero mi amigo no se encontró esa imagen en las barriadas de la Ciudad de México ni en la Oaxaca rural, sino en un popular mercado de pulgas en una pequeña ciudad de Texas, donde se vende como “altar comunitario”. Dijo que sus colegas mexicano-estadounidenses le han dicho que esta forma de ocultismo se está extendiendo como un incendio en sus comunidades. Hasta en Walmart se pueden conseguir imágenes de la Santa Muerte. Ya hace una década, un académico estadounidense que estudia la religión dijo que el culto a la Santa Muerte es la religión que está creciendo con más rapidez en el país.

La NBC entrevistó a un hombre gay anglo en Nueva Orleáns que se identifica con la Santa Muerte porque se opone al cristianismo de su juventud, que no afirma su homosexualidad. Le erigió un altar en el jardín del frente con el fin de difundir esa devoción. Dice que atrae a todo tipo de adoradores. Parece que el sincretismo religioso que ha desempeñado un papel importante en América Latina está comenzando a volverse normal ahora en los Estados Unidos.

Ese hombre de Nueva Orleáns dijo que él da culto a la Santa Muerte porque siempre que uno le pide algo, ella responde. Como lo expresó el exorcista romano, si uno invoca a los demonios, ellos acuden. Christian Smith nos ha dicho que los deístas terapéuticos moralistas que piensan que son cristianos creen que uno no necesita realmente hablar con Dios a menos que quiera algo. No es muy difícil convencer a aquellos estadounidenses que han desarrollado una visión instrumentalista de la religión de que se vuelvan hacia dioses demoníacos que les dan lo que desean.

Esa es la diferencia entre la magia y la verdadera religión: la magia consiste en una manipulación ritual del mundo de los espíritus para lograr ciertos resultados. La verdadera religión, al menos para los cristianos, es más bien el culto a Dios par alcanzar la armonía con él y con su voluntad, y para crecer en el amor y la virtud. Al Dios verdadero no se lo puede instrumentalizar ni someter a la voluntad humana. Pero aquellos cristianos nominales que piensan que sí se lo puede forzar son especialmente vulnerables a esas formas rivales de religión que fomentan ese engaño. Es comprensible que muchos jóvenes que crecieron inmersos en la cultura popular del ocultismo quieran que las cosas que han leído y visto se hagan realidad en su propia vida.

La estudiosa de la religión Tara Isabella Burton observa que el paganismo y sus ramificaciones tienen sentido para los adultos jóvenes porque apelan a sus preferencias intuitivas (con frecuencia llamadas “experiencia vivida”) y a su rechazo de las instituciones y jerarquías establecidas que consideran opresivas. El ocultismo ofrece una experiencia de lo numinoso, pero, a diferencia del cristianismo —en el cual los creyentes rinden su voluntad a la de Dios—, el ocultismo les dice a sus seguidores que ellos pueden utilizar poderes superiores para imponerle al mundo su propia voluntad.

Lo que es más, la brujería y el paganismo típicamente se alinean con compromisos políticos progresistas, especialmente el feminismo, el ambientalismo y el activismo queer. Dicho esto, el crecimiento del racismo también despierta interés en aquellas formas de paganismo que glorifican la conciencia racial y la violencia. ¿Cómo vamos a proteger a las personas que amamos para que no se vayan por esas rutas, si ni siquiera sabemos que esas rutas están ahí ni por qué apelan a los jóvenes mientras que el cristianismo no?

Los falsos encantamientos de la tecnología

Elon Musk publicó esto una vez en Twitter: “Una magia suficientemente avanzada, cualquiera que sea, no se puede distinguir de la tecnología.” Estaba haciendo un chiste al revés sobre un aforismo bien conocido del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, quien dijo que a todo el mundo la tecnología avanzada le parece magia. Puede ser que Musk solo estuviera bromeando, pero su comentario me sorprendió porque la línea que separa la magia de la tecnología está empezando a difuminarse en formas extrañas que por lo general el público no nota.

La tecnología digital y la universalidad de la vida en línea en la cultura moderna han creado una nueva metafísica entre los usuarios. Como la realidad del mundo en línea es sumamente elástica, aquellos que se han habituado a ese mundo están entrenados para pensar que su voluntad no debe ser obstaculizada por límite alguno, moral, material o de otro tipo. No es un accidente que el fenómeno de los transgéneros haya surgido en la era digital y esté tan fuertemente centrado en gente joven que se crio durante la era digital y fue formada por sus normas: son personas que esperan que la realidad material se conforme a la realidad digital ideal, y consideran una atrocidad que eso no ocurra.

El filósofo Antón Barba-Kay dice que en la era digital hacemos frente a una enorme tentación religiosa. Dice que “la tecnología digital es una tecnología espiritual”. ¿Por qué? Porque “la era digital define así el punto en el cual nuestro interés será principalmente el control de la naturaleza humana por medio de nuestro control de aquello de lo que tenemos conciencia y de nuestra manera de ponerle atención”.

La tentación es creer que podemos ejercer control sobre la naturaleza humana fundiéndonos con nuestras máquinas. En eso consiste el transhumanismo. El deseo de mezclar lo humano con la máquina es, según Barba-Kay, “evidentísimamente un sueño de control racional total, un deseo de hacer que nosotros mismos y el mundo seamos totalmente transparentes al escrutinio técnico. También es por esa razón, como he dicho, un deseo de una explicación unificada de la conciencia y la materia.” Con eso está diciendo que lo digital ofrece una versión falsificada de lo que el cristianismo llama lo sacramental: la unidad metafísica, dada por Dios, del espíritu y la materia. Desde un punto de vista cristiano, esta pseudosacramentalidad es un profundo engaño espiritual.

La vida digital es la nueva Torre de Babel. Barba-Kay señala que la tecnología digital es como una religión “en el sentido de que lleva ahora todo el peso de nuestro anhelo de integración, participación e incorporación en un propósito que es más grande que el nuestro”. Lo digital les habla a nuestros deseos y ofrece hacerlos realidad sin esfuerzo alguno. Lo digital nos convierte en nuestros propios dioses.

Y lo digital encanta. Si una forma de medir el encantamiento es mediante lo que cautiva la atención de una persona, entonces los teléfonos inteligentes son como tener una bola de cristal en el bolsillo. Si usted lo duda, vea cuán de cerca se apegan los niños a los teléfonos inteligentes (o mejor aún, trate de quitarle el teléfono a un niño o a un adulto). Olvidémonos de los niños: pensemos en los adultos. Mi celular es el último objeto que miro antes de dormirme, y lo primero que veo al despertarme. La verdad embarazosa es que el “mundo real” para mí, escritor y periodista, es tanto el mundo en el que entro mediante mi celular y mi computadora como el mundo en el cual habita mi cuerpo.

Una de las cosas más chocantes que he aprendido es que algunas personas muy importantes en Silicon Valley creen que la inteligencia artificial es un canal por medio del cual unas inteligencias superiores pueden comunicarse con nosotros y orientar nuestro desarrollo. Parece una locura, pero está sucediendo. Piensan en esa tecnología como una especie de tablero ouija.

No tengo la menor idea de si la IA es una puerta de entrada a lo demoníaco o no. Pero incluso si no lo es, eso no quiere decir que carezca de significación religiosa. En un programa piloto en Florida, a los niños se los empareja con entidades de IA que teóricamente los acompañarán durante toda su vida. El concepto es que la IA va a ser un sirviente personal de por vida, que aprende sobre el niño conforme va creciendo hasta hacerse adulto y que lo ronda constantemente como un sirviente digital que conoce a su amo mejor de lo que el amo se conoce a sí mismo. Es difícil concebir una fusión más profunda del hombre con la máquina que criar un niño cuyo colaborador más íntimo de por vida es una entidad de IA. El límite entre el yo y el mundo no solo se volvería poroso; dejaría de existir. ¿En qué sentido pertinente sería diferente eso de una posesión demoníaca?

En esas mismas líneas, si la IA llega a ser sentiente, o si imita la capacidad de sentir en una forma tan convincente que es una distinción sin diferencia, entonces vamos a tratar a las entidades de IA como dioses. ¿Eso le parece tonto? La naturaleza humana nos dice lo contrario.

En junio del 2024, Leopold Aschenbrenner, un alto científico de IA en Silicon Valley, publicó un largo artículo advirtiendo que la IA está avanzando hacia la “superinteligencia” mucho más rápido de lo que la mayoría de la gente se da cuenta. Para el 2030 habremos construido una red de IA mucho más “inteligente” que los humanos. En la década que sigue nacerá lo que Aschenbrenner llama un “nuevo orden mundial”. Y agrega, dejándonos perplejos, que “la especie no humana que estamos invocando es una que todavía no podemos controlar plenamente”.

Para todos los efectos, estas superinteligencias funcionarán como dioses. Ahora mismo se les está preparando el terreno. Todos vamos a vivir en ese mundo, como los hebreos durante la cautividad en Babilonia. Solo aquellos que tengan una fe fuerte y hondas convicciones metafísicas lograrán detectar esa mentira, y hacerle frente.

La fortaleza para soportar

Para que los cristianos opongan una resistencia eficaz contra los engaños y persecuciones del futuro, tendrán que ser capaces de soportar el sufrimiento. Los cristianos del antiguo bloque soviético nos dicen que la destreza más importante para resistir el totalitarismo fue la capacidad de sufrir por la verdad. Hablando estrictamente, uno no tiene que tener una fuerte y activa sensibilidad mística para poder soportar el dolor y la privación en aras de la fe; pero tenerla ayuda.

El psiquiatra judío austriaco Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, enseñaba que una persona que está convencida de que la vida tiene un profundo sentido tiene el poder de aguantar grandes sufrimientos. Cuando era un prisionero que cavaba una trinchera en un campo de concentración alemán, Frankl trataba de alejar la desesperación que lo envolvía pensando en su esposa que estaba lejos. Escribe que, en ese momento, de repente

sentí que mi espíritu atravesaba esa pesadumbre que me envolvía. Sentí que trascendía ese mundo sin esperanza, sin sentido, y escuché que de algún lado venía un “sí” victorioso en respuesta a mi pregunta sobre la existencia de un propósito último. En ese momento se encendió una luz en una granja lejana, que se hallaba en el horizonte como si la hubieran pintado allí, en medio del miserable gris de un amanecer en Baviera. Et lux in tenebris lucet: Y la luz brilla en las tinieblas.

En esa hierofanía, esa manifestación de lo sagrado, el Dr. Frankl encontró la fuerza para seguir adelante ese día. Hay muchos otros relatos de ángeles, santos e incluso el Señor mismo que se les han aparecido a los cristianos en la cárcel para infundirles ánimo. Pero no debemos contar con esas cosas.

Una vez compartí una comida en Budapest con Andrew y Norine Brunson. Andrew es un pastor evangélico misionero que durante muchos meses estuvo encarcelado por los turcos, con cargos inventados. En la memoria que escribió sobre ese tiempo de prueba en la prisión, Brunson describe la desgarradora noche oscura del alma que le invadió. Dios siempre había parecido muy cercano, pero ahora, atrapado en una cárcel musulmana, el Señor había retirado su presencia, o así parecía.

Eso destrozó a Andrew Brunson, según confiesa él humildemente en su libro. Durante nuestra cena me contó que había leído la memoria de cárcel del Dr. Silvester Krčméry, un líder de la iglesia clandestina eslovaca que soportó sin quebrantarse una década como prisionero político de los comunistas. El pastor Brunson estaba tratando de averiguar qué debía haber hecho antes de ir a la cárcel, que lo hubiera hecho más fuerte. Descubrió que la respuesta era que debía haber desarrollado disciplinas espirituales fijas que le sirvieran para mantener clara frente a sí la realidad de la presencia encantadora de Dios, aun cuando no pudiera sentirla noéticamente. Como ministro, siempre había buscado esas experiencias espirituales intensas de la cercanía de Dios, pero no había hecho nada con ellas.

Lo que interpreté fue que él no había adoptado disciplinas y ejercicios espirituales que hicieran asentarse en sus huesos lo que se le había revelado en aquellas teofanías. Eso era lo que había sustentado al Dr. Krčméry durante su tiempo en la cárcel: realizar diariamente las liturgias rutinarias de oración, culto e introspección que mantuvieran su mirada firmemente fija en el Señor. El afianzarnos en un compromiso sacrificial y el ejercer la oración y otras disciplinas espirituales son las formas principales en que mantenemos fresca en nuestra mente la experiencia religiosa primigenia del asombro ante la presencia de Dios. De este modo levantamos baluartes contra la tentación de desesperar.

Reconocer el cometa

En suma, desde un punto de vista cristiano, el encantamiento es aprender a percibir el mundo de Dios tal como realmente es. El mundo material está, en una forma misteriosa pero real, interpenetrado por el espiritual. Todo tiene un significado último. Los milagros ocurren. Los ángeles existen, y los demonios también. En la realidad están sucediendo muchas cosas más de las que podemos percibir con solo nuestros sentidos. Por eso, el reencantamiento cristiano —el aprender a vivir en el asombro— es una parte fundamental de la estrategia para sobrevivir en un mundo negativo.

Elaine Scarry, catedrática de Harvard, ha dicho que la educación no consiste realmente en transferir información del maestro al estudiante. Consiste más bien en capacitar a los estudiantes para que estén mirando hacia el ángulo correcto del cielo cuando relampaguea un cometa. Lo mismo pasa con el encantamiento cristiano. No podemos hacer que ocurra, pero sí podemos prepararnos para reconocer el cometa cuando aparece.

Una noche en Génova, Italia, en el 2018, un artista italiano llamado Luca Daum me dio un grabado llamado “La tentación de San Galgano” (ver el relato completo en el artículo “Eyes Fixed” de la edición [en inglés] de Touchstone de septiembre/octubre 2023). Mi libro Living in Wonder son más o menos 200 páginas de notas al pie sobre la imagen de Daum. Nos dice que cuando tenemos la experiencia inicial de Dios que se nos manifiesta, debemos caer de rodillas y hacer un sacrificio significativo para servirle. Y debemos continuar en oración para mantener nuestra atención firmemente fija en Dios. Eso nos da la fortaleza para superar la tentación de apartar la mirada del cielo para ponerla en la tierra, donde el Engañador está a la espera para tendernos una trampa. •

Este artículo se ha adaptado de una charla que dio en la conferencia de Touchstone de septiembre de 2024, que se titulaba “La vida y la muerte en un mundo negativo”.

De Touchstone, septiembre/octubre de 2025.

Rod Dreher es escritor y bloguero y autor de varios libros, entre ellos The Benedict Option (“La opción benedictina”) (2017) y Live Not by Lies (“Vivir sin mentiras”) (2020). Es editor colaborador de Touchstone.