El hombre contradictorio

El hombre contradictorio

Las lecciones preocupantes del Dr. Jekyll y de Dorian Gray

mayo/junio de 2026
De la edición de Touchstone de mayo/junio de 2026

¡Vaya quimera es el hombre! ¡Vaya novedad! ¡Qué monstruo, qué caos, qué contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra; depositario de la verdad, cisterna de incertidumbre y de error, orgullo y desecho del universo!

…si el hombre no se hubiera corrompido jamás, en su inocencia gozaría tanto de la verdad como de la felicidad con certeza; y si el hombre siempre hubiera estado corrompido, no tendría noción alguna de la verdad ni de la felicidad. Pero, miserables como somos, y más que si no hubiera grandeza alguna en nuestra condición, tenemos una idea de la felicidad y no podemos alcanzarla.

…hay dos verdades de fe igualmente seguras: una, que el hombre, en el estado de creación, o en el de la gracia, se eleva por encima de toda la naturaleza, hecho semejante a Dios y partícipe de su divinidad; y la otra, que en el estado de corrupción y de pecado, ha caído de aquella condición y se ha hecho semejante a las bestias.

—Blas Pascal

Así escribe Pascal en sus Pensamientos, y lo que allí escribe es tan verdadero hoy como lo era cuando lo escribió. Era igualmente verdadero en tiempos de Shakespeare, de Dante, de Agustín, de Platón, de Homero, de Moisés y de Abraham. Porque lo que describe Pascal es la condición humana en toda su triste y dolorosa perplejidad.

Si hubiéramos permanecido en nuestro estado original de inocencia, o si nunca hubiéramos conocido otra cosa que la corrupción, no nos sentiríamos tan desgarrados, tan confundidos, tan desplazados. Pero ¡ay!, no somos ni una cosa ni otra: somos criaturas creadas buenas a imagen de Dios, pero caídas y depravadas. No podemos, al menos de este lado de la tumba, separar dentro de nosotros lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto.

Yo llegaría incluso al punto de sugerir que toda persona, en toda cultura, desde el principio de los tiempos, ha sentido, aunque fuera fugazmente, la tentación de dividir o incluso despegar su lado bueno del malo, su noble ángel de la vil bestia. Algunos podrán querer remontarse, mientras que otros desearán hundirse, pero la mayoría se sienten incómodos con su doble naturaleza y quisieran evadirse de esa contienda si pudieran. En nuestro estado caído de pecado y de separación, queremos dictar cómo nuestros cuerpos van a moldear nuestras almas y nuestras almas a nuestros cuerpos, cómo lo externo dará forma a lo interno y lo interno a lo externo.

Afortunadamente, para aquellos que hemos sentido ese profundo descontento con nuestra condición de criaturas hechas buenas pero caídas, la parte final del siglo XIX nos regaló dos exploraciones literarias de nuestra doble naturaleza que son a la vez cautivantes y convincentes, estimulantes y preocupantes. Al leer de cerca esos dos relatos, espero extraer los peligros de pensar que podemos, por nuestra propia razón y volición —dos de los más grandes dones de Dios al ser humano— “liberar” la inocencia de la experiencia, el espíritu de la carne.

Jekyll y su poción

La novela corta de Robert Louis Stevenson El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) es un relato moral de advertencia. Se centra en un médico honrado y respetable que piensa que puede, bebiendo cierta poción, separar su lado angélico de su lado bestial. Su objetivo puede parecer noble en un principio, pero pronto se da cuenta de que mientras él (el Dr. Jekyll) sigue siendo una mezcla de bien y mal, el demonio que él pone en libertad (Mr. Hyde) es totalmente malvado y no es tan fácil volver a encerrarlo en su interior.

Es solo en el último capítulo de su perturbadora novela (“Henry Jekyll hace una declaración completa del caso”) que Stevenson nos permite escuchar las motivaciones de Jekyll y lo que, para pena suya, ha aprendido acerca de la doble naturaleza del hombre. Obsesionado con “la completa y primitiva dualidad del hombre”, Jekyll decide que si los dos lados de su naturaleza

pudieran alojarse en identidades separadas, la vida quedaría aliviada de todo lo que es insoportable; el injusto podría seguir su camino, libre de las aspiraciones y del remordimiento de su gemelo más recto; y el justo podría avanzar con firmeza y seguridad por su sendero ascendente, haciendo las cosas buenas en las que halla su placer, sin estar ya más expuesto a la deshonra y la penitencia a manos de este ajeno mal.

Jekyll se equivoca en su temerario y pecaminoso pensamiento de que puede tan fácilmente separar el trigo (la nobleza del hombre) de la cizaña (su depravación). Jesús, en su parábola (Mt 13:24-30, 36-43), dice que es peligroso intentar hacer eso a nivel de la sociedad, porque, en el esfuerzo de sacar la cizaña, se puede arrancar también el buen trigo. Pero el mismo peligro se da a nivel del individuo. La dualidad mezclada de la bondad y la maldad en el hombre es parte innegable del tejido de nuestra realidad. En efecto, en el ensayo de Milton “Areopagítica” (1644), el autor de El Paraíso perdido argumenta que, en nuestro mundo caído, “el conocimiento del bien está tan intrincado y entretejido con el conocimiento del mal” que solo podemos conocer el bien a través del mal.

Si hubiéramos permanecido en nuestro estado original de inocencia, o si nunca hubiéramos conocido otra cosa que la corrupción, no nos sentiríamos tan desgarrados, tan confundidos, tan desplazados. Pero ¡ay!, no somos ni una cosa ni otra: somos criaturas creadas buenas a imagen de Dios, pero caídas y depravadas.

Pero Jekyll, el “científico loco”, se niega a acatar esos límites; no le gusta la naturaleza de la realidad y decide usar su tecnología para cambiarla. Bebe la poción, e inmediatamente queda transformado en Hyde:

“Me sentí más joven, más liviano, más feliz de cuerpo; por dentro estaba consciente de una embriagante temeridad, una corriente de imágenes sensuales desordenadas que discurrían como un canal de molino en mi imaginación, un desatarse los lazos de la obligación, una desconocida pero no inocente libertad del alma. Me conocí a mí mismo, en el primer aliento de esa nueva vida, como alguien más malvado, diez veces más malvado, vendido como esclavo a mi maldad originaria; y ese pensamiento, en ese momento, me agarraba y me deleitaba como vino. Estiré mis manos, exultando en la frescura de esas sensaciones; y en el acto, de repente me percaté de que había perdido estatura.”

Al dar rienda suelta al mal que tenía dentro, Jekyll no se convierte en el noble salvaje de la febril imaginación de Rousseau; tampoco se convierte en el Adán de Génesis 2 que moraba en el Edén. Sí que se convierte en un salvaje y un primitivo, pero un salvaje y primitivo posterior a la caída, absolutamente esclavizado del pecado original, cuyos deseos son desordenados y todos cuyos pensamientos e impulsos son malignos. Adquiere una especie de libertad, pero no es la libertad del niño inocente que se deleita en la frescura del mundo. Le abre la puerta al libertinaje, no a la libertad.

Superado por Hyde

Muchas veces Jekyll inicia la transformación y luego suelta a ese otro totalmente malo para que vaya y disfrute, solazándose en la justificación ad hoc de que en realidad no es él (Jekyll) quien está cometiendo acciones malas: “Henry Jekyll quedaba a veces perplejo ante los actos de Edward Hyde; pero la situación no estaba sujeta a las leyes ordinarias, y soltaba insidiosamente el retén de la conciencia. Después de todo era Hyde, y solo Hyde. quien era culpable.” Aunque el que habla en este pasaje es Jekyll, él continuamente se distancia, no solo de Hyde sino incluso de Jekyll, al hablar en tercera persona. Piensa que puede controlar y domar la depravación que lleva dentro, pero no lo logra.

En cierto momento Jekyll entra en razón y deja de tomar la poción, pero ha llegado demasiado lejos como para evadir las consecuencias de sus actos. Una vez mientras dormía, otra vez sentado en una banca del parque, y muchas veces después de eso, Hyde encuentra la forma de escapar de su jaula y posesionarse del cuerpo de Jekyll sin la poción. El intento de separar su naturaleza caída no convierte a Jekyll en ángel; él sigue siendo “el viejo Henry Jekyll, ese compuesto incongruente de cuya reforma y mejoramiento yo ya había aprendido a desesperar”. Todo lo que logra mediante esta tenebrosa intromisión con la naturaleza humana caída es arrastrarse hacia abajo hasta el nivel de las bestias; solo que peor, porque continúa siendo moralmente consciente del mal que comete.

Stevenson añade un detalle vital a la escena de clímax cuando Jekyll se transforma en Hyde en la banca del parque, un detalle que nos hace captar su mensaje. Relata Jekyll:

“Yo estaba sentado al sol sobre una banca: el animal que había dentro de mí, lamiendo las tajadas de la memoria; el lado espiritual un poco adormecido, prometiendo posterior penitencia, pero sin el impulso para comenzar. Después de todo —reflexioné—, yo era como mis semejantes; y luego sonreí, comparándome con otros  hombres, comparando mi buena voluntad activa con la perezosa crueldad de su negligencia. Y en el momento mismo de ese pensamiento de vanagloria, me sobrecogió una duda, una horrible náusea y el más mortal estremecimiento. Esas cosas se fueron, y me dejaron desmayado; y luego, cuando el desmayo se desvaneció a su vez, comencé a tomar conciencia de un cambio en el talante de mis pensamientos, una mayor osadía, un desprecio por el peligro, un soltarse los lazos de la obligación. Miré hacia abajo; mi ropa colgaba informe sobre mis piernas encogidas; la mano que descansaba sobre mi rodilla era nudosa y peluda. Yo era de nuevo Edward Hyde.”

Así como la soberbia negativa de Herodes Agripa a darle la gloria a Dios cuando el público aclama su discurso como si fuera la voz de un dios le acarrea de inmediato el juicio divino (Hechos 12:21-23), así también la presumida y arrogante afirmación de Jekyll de su superioridad sobre sus semejantes conduce al surgimiento inmediato de lo que Pablo llama el “hombre viejo” (Rm 6:6; Ef 4:22; Col 3:9), el pecador irregenerado que se esconde dentro [Nota del traductor: El autor hace un juego de palabras entre “esconde” (en inglés “hides”) y el apellido del personaje, “Hyde”.] y cuyo dios es el vientre (Flp 3:19). La presunción de Jekyll no lo levanta por encima de su depravación moral ni de su indiferencia ante los demás; solo lo ciega a su verdadera naturaleza y condición.

Al final, la única forma en que Jekyll puede parar a Hyde y reunir las dos caras de su doble naturaleza es matándose. Pero ya se había matado cuando se atrevió a tirar del hilo que entreteje en un solo tapiz al Adán de antes de la caída con el de después. Jekyll tenía razón en cuanto a que dentro de él, como dentro de todos los seres humanos, se halla una mezcla de bien y mal; pero se equivocó al pensar que podía, por su propia voluntad, disociar esa mezcla. Nuestra depravación está tan hondamente arraigada en nuestro cuerpo y en nuestra alma como nuestra nobleza.

Dorian y su retrato

Publicada cinco años después, la atemporal novela de Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray (1891) es la  historia de un joven apuesto e inocente que le vende el alma al diablo a cambio de lo que a primera vista parece un negocio insuperable: el retrato de Dorian irá envejeciendo en su lugar, mientras que él permanecerá eternamente joven. La mayoría de la gente que no ha leído la novela piensa que el retrato solo lleva las marcas del envejecimiento de Dorian. En realidad, la novela de Wilde, como el relato corto de Stevenson, es, a pesar de todo su ropaje fantasioso, un cuento de advertencia moral. Junto con su envejecimiento, el retrato lleva sobre su rostro las marcas exteriores de la maldad interior a la cual Dorian se ha entregado. En efecto, en una poderosa refutación de ese error dualista que dice que el cuerpo es malo y el alma es buena, Wilde muestra que el cuerpo humano puede presentarle al mundo una fachada de inocencia, bondad y caridad, mientras que el alma se va volviendo cada vez más retorcida y perversa.

Una forma clásica de retratar la dualidad del hombre y la lucha interna causada por esa dualidad es representar un ángel y un demonio posados en uno y otro hombros del individuo, cada uno susurrándole al oído que siga el camino de la virtud o el del vicio. En la novela, el ángel de Dorian es Basil, el artista que pinta el retrato con el cual Dorian cambia de lugar; y Lord Henry Wotton, un aburrido y amoral estudioso del arte, desempeña el papel del demonio. Cada uno de esos personajes ejerce una influencia sobre Dorian para bien o para mal, apelando ya a su nobleza, ya a su depravación.

Basil idolatra a Dorian, discerniendo en él el perfecto equilibrio entre cuerpo y alma, real e ideal, clásico y romántico. Es eso lo que lo impulsa a pintar el retrato, y lo que hace que el retrato sea tan inquietante y cautivante. También presenta al joven Dorian al lector como una persona entera e integrada, inocente en cuanto a los caminos del mundo y apenas consciente de su propia belleza.

Todo eso cambia en el capítulo 2, cuando Henry habla con Dorian en el jardín externo al estudio de Basil. Como la serpiente que tienta a Adán y Eva en el Paraíso, el desalmado y cínico Henry se pone como meta el abrirle los ojos a Dorian. Reta al joven a que tenga el “valor” de expresar sus deseos ocultos. Dorian se sonroja, aguijoneado por el reto de Henry. Aprovechando su ventaja, Henry le asegura a Dorian que “la única forma de deshacerse de una tentación es ceder a ella. Si la resistes, tu alma se enfermará con el anhelo de las cosas que se ha prohibido a sí misma, con el deseo por lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegítimo”. Dorian se tambalea ante las ponzoñosas palabras de Henry, sintiendo casi como si hubieran salido de su propia alma. Surge dentro de él un hambre por esa clase de conocimiento prohibido prometido por la vida de hedonismo que Henry exhibe frente a él.

Habiendo atraído a su presa a un rincón, Henry se apresura a dar la estocada final. “El tiempo tiene celos de ti —le advierte a Dorian— y guerrea contra tus lirios y tus rosas. Te vas a volver amarillento, huesudo de rostro y de ojos apagados. Vas a sufrir horriblemente… ¡Ah! Aprovecha tu juventud mientras la tienes.” Y es entonces, con su vanidad herida, que Dorian deja salir su terrible deseo de cambiar de puesto con su retrato.

Una vez que ha expresado su antojo, Dorian cae cada vez más hondo bajo el hechizo del cinismo y la apatía de Henry. Basil nota el cambio pero al principio abriga la esperanza de que el amor de Dorian por una pobre e ingenua actriz llamada Sibyl Vane pueda restaurarlo y escudarlo de la influencia corruptora de Henry. Cuando Dorian parece resuelto a casarse con Sibyl, Henry trata de disuadirlo, y eso impulsa a Basil a confrontar a Henry con la necesaria prueba de la realidad: “Pero claro, Harry, si uno vive solo para sí mismo, ¿acaso no paga un precio terrible por hacerlo?”

Mientras Dorian se balancea en el filo de esas opciones que van a desgarrar la naturaleza “Jekyll y Hyde” de su alma, Basil y Henry acuden a ver una presentación de Romeo y Julieta en la que actúa Sibyl. Para sorpresa y repugnancia de todos, la actuación de Sibyl es pésima. Ella le explica a Dorian que la razón para haber actuado tan mal es que su auténtico amor por él le ha enseñado lo falso que es el teatro. Está harta de sombras y engaños y solo quiere darle a él su vida y su amor. En respuesta, Dorian, que en realidad nunca ha amado a Sibyl sino solo la imagen idealizada que tiene de ella, la desdeña y la rechaza. Él proclama fríamente que su amor ha terminado y que no quiere volver a verla jamás.

Así como la soberbia negativa de Herodes Agripa a darle la gloria a Dios cuando el público aclama su discurso como si fuera la voz de un dios le acarrea de inmediato el juicio divino, así también la presumida y arrogante afirmación de Jekyll de su superioridad sobre sus semejantes conduce al surgimiento inmediato de lo que Pablo llama el “hombre viejo”.

Esa noche, Dorian regresa a casa y mira el retrato, y nota en él un cambio de expresión. Ahora la boca tiene un cruel retorcimiento que antes no estaba ahí. Así como en el Antiguo Testamento la lepra funciona en parte como manifestación externa de la maldad humana, mostrando en la piel lo que el pecado le hace al alma, así el retrato de Dorian hace visible la marca que Dorian ha dejado en su conciencia por su cruel trato hacia Sibyl. Obligado a fijar directamente su mirada en la corrupción de su alma, Dorian está a punto de arrepentirse, renunciando a su amistad con Henry y jurando casarse con Sibyl. Pero ¡ay!, ya no le es posible llevar a cabo su propósito, porque esa misma noche Sibyl, desesperada, se quita la vida.

El remordimiento de Dorian resulta efímero y, para horror de Basil, el mismo día que se entera de la muerte de Sibyl va a la ópera con Henry. Es en ese momento que el impulsivo deseo de Dorian en el jardín de Basil se convierte en un acto consciente y deliberado de acción moral; cualquiera que sea el costo, va a permitir que el retrato cargue con el peso de su edad, su culpa y su maldad. Cuando Basil pide ver el retrato, Dorian se niega y luego lo esconde en un aula escolar, vieja y abandonada, donde él jugaba cuando era niño. En el mismo aposento donde solía esconderse el niño inocente, ahora el adulto esconde su pecado y su vergüenza.

Dorian se sumerge ahora de lleno en una vida de decadencia. Inspirado por un libro pornográfico que le ha regalado Henry y que probablemente fue escrito por el Marqués de Sade, hace frecuentes visitas clandestinas a antros innombrables de iniquidad. Conforme va llevando su vida oculta de corrupción moral, hace frecuentes visitas al aula escolar para poder estudiar, en forma científica y desapasionada, la fealdad que poco a poco va invadiendo el retrato. Comienzan a circular rumores de sus actividades nocturnas, pero nadie los cree, porque el rostro de Dorian continúa pareciendo joven, noble y puro.

En un sentido muy real, Dorian se convierte en el hombre perfectamente inicuo que se describe en el Libro II de la República de Platón: alguien motivado solamente por la codicia, la lujuria y la ambición, pero de quien todo el mundo piensa que es honorable y virtuoso. Platón dice que un hombre así terminará esclavizado por sus propios bajos instintos y pasiones, y eso es exactamente lo que le sucede a Dorian. Con cada año que pasa, Dorian busca placeres más nuevos y más viles, y mientras tanto sigue contemplando fascinado el creciente horror de su retrato. Pero nada lo satisface, y termina igual de aburrido y harto que Henry. Descubre, como Adán antes que él, que el Árbol del Conocimiento no da vida.

El rostro que merece

Como dos décadas después, Dorian se topa con Basil en medio de la niebla. Basil lo confronta con los rumores de que él (Dorian) ha destruido las vidas de muchos jóvenes, hombres y mujeres, con frecuencia provocándolos al suicidio, pero cuando mira el rostro incorrupto de Dorian juzga que esos rumores son imposibles de creer. Y se explica:

“Pero claro, esos rumores no los creo en absoluto. Por lo menos, no puedo creerlos cuando te veo. El pecado es algo que queda grabado en la cara del hombre. No se puede esconder. A veces la gente habla de vicios secretos. Pero no hay tal. Si un desdichado tiene un vicio, se mostrará en las arrugas de su boca, en la caída de su párpado, incluso en cómo están moldeadas sus manos.”

George Orwell comentó una vez: “A los 50 años, todo hombre tiene el rostro que merece.” Cuando continuamente elegimos las sendas del vicio, el egoísmo y el narcisismo, poco a poco nos vamos rehaciendo hasta que, muy literalmente, nos convertimos en nuestro pecado. Las consecuencias que siguen en la estela de nuestras decisiones afectan por igual las dimensiones física, emocional y espiritual. Como agentes morales, no actuamos en un vacío; nuestras opciones afectan el tejido mismo de la realidad.

Confundido por los rumores acerca de Dorian y su disparidad con su modo y su aspecto, Basil expresa el deseo de ver el alma de Dorian, aun cuando sabe que solo Dios puede ver esas cosas. Dorian replica complacido que Basil sí puede ver su alma; que, de hecho, Basil ha suministrado el medio para hacer lo que de otro modo sería imposible. “Ya has hablado bastante sobre la corrupción —lo desafía Dorian—; ahora la verás cara a cara.”

Dorian lleva a Basil al aula escolar y descorre la cortina para revelar la imagen concreta y externa de su alma supurante. Basil queda espantado y asqueado ante el retrato, que apenas logra reconocer como lo que él había pintado mucho tiempo atrás.

La superficie parecía bastante conservada, y tal como él la había dejado. Era desde dentro, aparentemente, de donde había venido la vileza y el horror. Por la acción de algún extraño avivamiento de la vida interior, la lepra del pecado estaba carcomiendo lentamente aquel objeto. Ni la pudrición de un cadáver en una tumba húmeda podía ser tan horripilante.

Aún así, Basil no permite que su repugnancia lo haga desesperar del alma de Dorian. “Reza, Dorian, reza” —lo exhorta, y continúa:

“¿Qué era lo que le enseñaban a uno en la niñez? ‘No nos dejes caer en tentación. Perdónanos nuestras deudas. Lávanos de nuestras iniquidades.’ Digamos eso juntos. La oración de tu orgullo ha sido respondida. La oración de tu arrepentimiento será respondida también. Yo te veneraba demasiado. Ahora recibo el castigo por ello. Tú te venerabas a ti mismo demasiado. Ambos somos castigados.”

Dorian dice que ya es demasiado tarde, pero Basil lo presiona otra vez: “Nunca es demasiado tarde, Dorian. Arrodillémonos y hagamos al menos el intento, si es que no logramos recordar una oración. ¿No hay un versículo por ahí que dice: ‘Aunque tus pecados sean rojos como la escarlata, yo los haré blancos como la nieve’?”

Pero ya Dorian se ha hundido demasiado profundo en su depravación. En vez de compungirse por las palabras de Basil, se llena de un repentino e intenso aborrecimiento y odio por Basil, que ahora ha podido mirar la corrupción de su alma. En un ataque de furia, lo apuñala en el cuello una y otra vez, mientras sigue culpando a Basil por hacer el retrato y a su propio oscuro destino por atraparlo. Incluso cuando sale el sol a la mañana siguiente, él no siente culpa alguna, sino que sigue reflexionando sobre lo mucho que él mismo sufrió la noche anterior. Entonces chantajea a uno de sus despreciados amantes para que use unos productos químicos, secretos y prohibidos, para borrar todo rastro del cuerpo de Basil.

Entonces Dorian se descontrola, y va recorriendo de un antro de opio a otro con la esperanza de que sus excesos borren el recuerdo de lo que ha hecho. Pero no logra encontrar alivio; solo la muerte viviente de un hombre cuya conciencia se ha cauterizado. He aquí como describe Wilde los efectos de entregar la propia agencia moral al poder del pecado:

Hay momentos, nos dicen los psicólogos, en que la pasión por el pecado, o por lo que el mundo llama pecado, domina de tal modo una naturaleza que cada fibra del cuerpo, como cada célula del cerebro, parece estar imbuida de impulsos temibles. En momentos así, hombres y mujeres pierden la libertad de su albedrío. Se mueven hacia su terrible final como se mueven los autómatas.

En cuanto a su protagonista, Wilde resume su condición con precisión casi científica: “Cruel, concentrado en el mal, con la mente manchada, con el alma hambrienta de rebeldía, Dorian Gray apresuró su paso.”

Como el Dr. Jekyll, Dorian Gray ha perdido la libertad que antes poseyó como ser volitivo y agente moral. Se ha rebelado contra su condición de criatura hecha a imagen de Dios pero caída, y en el proceso, ha sucumbido totalmente a su lado oscuro. Pensando que podía pasar por alto su conciencia, la ha debilitado y envenenado a tal grado que ella no puede sino estar allí, ociosa, gozando del placer pasivo pero perverso de su propia corrupción.

En un intento final por cambiar su destino y recuperar su humanidad perdida, Dorian se retrae apenas a tiempo antes de arruinarle la vida a una muchacha campesina a quien ha seducido. Su esperanza es que, cuando mire su retrato, este muestre señales de recuperación, algún vislumbre de bondad. Pero en vez de eso lo que ve es más sangre en sus manos y descubre, al estudiar la mirada en sus ojos y su boca, que su supuesto acto de caridad para con la muchacha no lo había hecho por bondad, gentileza o misericordia. Al contrario: “Era por vanidad que la había dejado libre. Por hipocresía se había puesto la máscara de la bondad. Era en aras de la curiosidad que había intentado negarse a sí mismo.”

Desesperado, Dorian toma el puñal con el que había matado a Basil y se acerca al retrato.

Así como [el puñal] había matado al pintor, así mataría la obra del pintor, con todo lo que ella significaba. Mataría el pasado, y cuando eso hubiera muerto, él quedaría libre. Mataría esa monstruosa alma-vida, y sin sus horribles advertencias, él estaría en paz. Agarró el objeto, y con él apuñaló la pintura.

Pero Dorian no queda libre; no puede cortar su alma y seguir vivo, así como no puede cortar su corazón o su cerebro y seguir vivo. Dorian suelta un terrible alarido y cae al suelo. El retrato recupera su belleza original, y el cadáver de Dorian lo encuentran con el puñal en el corazón y con la cara “marchita, arrugada y de aspecto aborrecible”.

Como Jekyll, Dorian aprende demasiado tarde que no puede ni rebelarse sin ramificaciones ni actuar sin rendir cuentas. Vivimos en un mundo que es natural y también moral, un mundo de causa y efecto, donde las consecuencias de nuestras decisiones son tan reales y concretas como las leyes de la gravedad y la entropía.

El pecado mayor

A pesar de los pecados físicos de la carne que cometen Hyde y Dorian, en última instancia Jekyll y Dorian son culpables de un pecado más grave, un pecado del alma. Ambos rehúsan aceptar quiénes son ontológicamente como criaturas hechas a imagen de Dios pero caídas. Toman sobre sí el poder de rehacer su naturaleza caída, ya sea con la mediación de la ciencia (la poción de Jekyll) o de la magia (el pacto de Dorian con el diablo). Que la ciencia y la magia puedan funcionar como instrumentos de dominio para forzar la realidad a la voluntad del hombre fue algo que vio claramente C. S. Lewis, quien conectó la primera con Francis Bacon (quien dijo que el conocimiento es poder) y la segunda con Fausto (que le vendió su alma al diablo a cambio de una sabiduría prohibida).

“El empeño mágico serio —argumenta Lewis en el capítulo 3 de La abolición del hombre— y el empeño científico serio son gemelos: el uno era enfermo y se murió; el otro era fuerte y salió adelante. Pero eran gemelos.” Y entonces pasa a explicar exactamente cómo cambiaron la orientación del hombre hacia la realidad:

Para los sabios de antaño el problema cardinal había sido cómo conformar el alma a la realidad, y la solución había sido el conocimiento, la disciplina de sí y la virtud. Para la magia, y para la ciencia aplicada por igual, el problema es cómo someter la realidad a los deseos de los hombres: la solución es una técnica y ambas, en la práctica de esa técnica, están dispuestas a hacer cosas hasta entonces consideradas repugnantes e impías, tales como exhumar a los muertos y mutilarlos.

Negándose al difícil sendero de la conformidad, la obediencia y la disciplina, Jekyll y Dorian eligen el camino fácil de la resistencia, la rebeldía y la tecnología. En lugar de la sabiduría y la virtud emplean la experimentación amoral y los métodos inmorales. Siembran impiedad, y cosechan tempestades. Piensan que el sendero que han elegido los hará más integrados y autorrealizados; pero en lugar de eso los desgarra en pedazos. No quieren permitir que los defina la verdad acerca de su naturaleza, y entonces hacen que esa naturaleza les sea quitada.

Tanto Jekyll como Dorian procuran trascender los límites de su humanidad caída en una forma que viola por igual las leyes de Dios y las de la naturaleza. Al hacerlo, prefiguran a los distópicos ingenieros sociales de los movimientos transgénero y transhumanista. Estos Faustos de nuestros días usan avances tecnológicos que son más magia que medicina, más ciencia ficción que ciencia, para alterar nuestras identidades esenciales como hombres y mujeres, e incluso como seres humanos de carne y hueso.

Por lo menos el Jekyll de Stevenson deja de tomar la poción cuando se da cuenta de que no puede controlar a Hyde; los Jekylls de nuestros días no sienten escrúpulos morales cuando pasan de bloqueadores de pubertad a hormonas del otro sexo y a la amputación de tejidos sanos. El Dorian de Wilde emplea productos químicos repugnantes e impíos para disolver el cadáver de Basil; los Dorians de hoy usan químicos todavía más repugnantes e impíos para disolver la naturaleza sexual y/o humana de sus pacientes. Para estos manipuladores de la magia y de la ciencia aplicada, un malestar o una insatisfacción con la forma en que uno ha sido hecho se transforma en un desafío directo al Creador por habernos hecho como nos hizo. No disfracemos el orgullo, la rebeldía y la desobediencia de los humanos bajo las falsas etiquetas de autorrealización, plenitud o autoexpresión. El pecado es pecado, por muy bonito que lo vistamos.

Lo que nos espera en Cristo

El pensamiento de vanagloria de Jekyll seguido de su transformación en Hyde lo he comparado con el pronto juicio de Dios sobre Herodes Agripa. Pero también evoca un segundo relato del Antiguo Testamento que es probable que Stevenson tuviera en mente. El incidente tiene lugar en Babilonia cuando Nabucodonosor recorre la gloria y el esplendor de su palacio; tal vez especialmente de sus jardines colgantes, una de las siete maravillas del mundo antiguo. En el momento en que se deja llevar por la soberbia sucede que, tal como había sido advertido en un sueño que Daniel había interpretado para él, es abatido y transformado en una bestia: “Fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas y las uñas como las de las aves” (Dn 4:33 [4:30]).

Si bien Nabucodonosor no se convierte literalmente en un animal salvaje —después de todo se trata de la Biblia y no de las Metamorfosis de Ovidio—, el cambio es tan profundo y aterrador como el de Jekyll que se convierte en Hyde o el retrato de Dorian que se vuelve encarnación de la depravación humana. Ya sea que los autores se lo hayan propuesto así o no, los tres incidentes constituyen el opuesto categórico de la Transfiguración de Jesús o de sus apariciones en el cuerpo resucitado. En cuanto tales, constituyen también el opuesto de lo que nos espera a quienes estamos en Cristo:

• Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. (Rm 8:18-19)

• Porque es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción, y que esto mortal se revista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se revista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón? (1 Cor 15:53-55)

• Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, de gloria en gloria, por el Espíritu del Señor. (2 Cor 3:18)

Jekyll y Dorian, por lo visto, tenían razón en sentirse incómodos con su dualidad. Dios sí tiene reservado para nosotros algo mejor, pero se nos dará restaurando y perfeccionando lo que se corrompió en nosotros por la Caída, no arrancándolo. En la Nueva Jerusalén, el mal que hay en nosotros se habrá ido, no porque lo hayamos extraído por nuestro propio esfuerzo, sino porque Dios en Cristo nos ha redimido: cuerpo y alma, carne y espíritu.

Nuestra inquietud por trascender nuestra condición actual es verdadera y es dada por Dios, pero no nos toca a nosotros tomar las cosas en nuestras propias manos. Dios tiene sus planes, y esos planes apuntan a la exaltación y consumación de nuestra naturaleza creada en Cristo, no a su desconstrucción.

De Touchstone, septiembre/octubre de 2025.

Louis A. Markos , profesor de Inglés y Estudioso Residente en la Universidad Cristiana de Houston, ocupa allí la Cátedra de Humanidades Robert H. Ray. Entre sus 26 libros están The Eye of the Beholder: How to See the World like a Romantic Poet (“El ojo del observador: Cómo ver el mundo como un poeta romántico”) y The Myth Made Fact (“El mito hecho realidad”). Sus libros más recientes son My Life in Film: How the Movies Shaped My Soul (“Mi vida en película: Cómo el cine moldeó mi alma”) y Passing the Torch: An Apology for Classical Christian Education (“Pasando la antorcha: En defensa de la educación cristiana clásica”). Es editor colaborador de Touchstone.