El asalto al infierno

El asalto al infierno

por Fra Angélico

mayo/junio de 2026
De la edición de Touchstone de mayo/junio de 2026

En el arte pictórico occidental, la escena que aquí se reproduce, por el pintor dominico del Renacimiento temprano Fra Angélico, se conoce generalmente como El asalto al infierno. Representa lo que imaginamos como acontecimientos del Sábado Santo, cuando Cristo descendió adonde estaban las almas de los justos para llevarlas al cielo, cielo que había estado cerrado para ellos a la espera del sacrificio redentor de la Cruz. La imagen es un poco insólita en la Italia del siglo XV; examinemos el elenco de personajes y la acción dramática para investigar el atractivo que tenía para este pintor en particular.

La pintura

La pintura de Fra Angélico sigue la concepción de los iconos de la Anástasis en la Iglesia oriental: en vez de imaginarse el acto en que Jesús sale del sepulcro, los iconógrafos representaban la Resurrección como este momento salvífico. Aquí, como en los iconos ortodoxos, Cristo, portando el estandarte de la victoria, rompe la puerta del infierno, aplastando al último enemigo, la Muerte, que ha sido vencida por la muerte de Cristo. Del lado izquierdo, los demonios huyen hacia una zona del infierno escondida y más oscura, mientras que en el centro, las almas de los redimidos se apresuran a salir al encuentro de su Señor. El primero de ellos es Adán, con la larga barba blanca del “Hombre viejo” de San Pablo, revestido ahora de blanco para hacer juego con su salvador. Cristo lo agarra de la muñeca y se inclina para tirar de él, casi a la fuerza, para llevarlo a su salvación. Ambos se miran fijamente, como para indicar que Cristo, el Nuevo Adán, y el Antiguo Adán se reconocen uno al otro y a sí mismos, el primero y el último. Sus poses de dar zancadas son espejo la una de la otra, mientras que Lucifer, el instigador de la antigua Caída, se aleja a zancadas para esconderse.

Detrás de Adán vieje Juan el Bautista, el más reciente precursor de Cristo, y junto a él está Eva. Ella lleva las mismas vestiduras de tono morado pálido que Fra Angélico usa en otros cuadros para representar a la Virgen María, y lleva los brazos cruzados en el mismo gesto de oración. Ella es la Antigua Eva, mientras que María, a quien ella refleja, es la Nueva. Más atrás entre la muchedumbre podemos identificar a su hijo Abel, con la cabeza ensangrentada, el primer hombre en morir, y en morir injustamente asesinado. Su sangre había clamado a Dios, y aquí recibe la respuesta.

Después los sigue Moisés, coronado con rayos de luz. Como Juan, él vivía en el desierto, representado aquí, como en los iconos ortodoxos, por rocas ásperas, y como Juan, no fue sino hasta ahora que vio el cumplimiento de la promesa. Y después viene David con su corona, el rey que una vez estuvo exiliado en el desierto, época de la que se hace eco en los salmos de abandono. Ahora por fin contempla a su heredero.

¿Qué podría haber impulsado a un pintor de la Florencia renacentista a seguir tan de cerca la iconografía oriental de la Resurrección, incluso en los pequeños detalles? En 1439, unos cinco años antes de que se pintara este cuadro, el emperador de Bizancio había enviado una delegación a Italia, buscando desesperadamente la ayuda de Occidente contra la creciente amenaza de los turcos. Cosme de Médici, que por entonces era en la práctica el gobernante de Florencia, desvió la delegación a su propia ciudad, y por un tiempo pareció que las dos mitades de la Iglesia podrían reunificarse de frente a un enemigo común. Lamentablemente, las negociaciones se rompieron, pero no antes de que Florencia hubiera podido saborear la Iglesia bizantina: sus liturgias, sus letanías, sus exóticas vestimentas y —para gran interés de los artistas locales— sus iconos.

El monasterio

Otra de las piadosas iniciativas de Cosme, aparte del concilio, fue el monasterio de San Marcos en el barrio florentino de los Médici. Cosme, banquero del papa y un hombre exageradamente rico, invertía fuertemente en obras de arte, religión, y el bien común de los florentinos. El monasterio podría traer beneficios en esas tres vertientes. Una orden monástica un poco corrupta ocupaba ese edificio bastante deteriorado; Cosme desalojó a la orden y contrató a su propio arquitecto, Michelozzo, para construir una casa adecuada para los dominicos de Fiésole, el pueblo de origen de Cosme. Allí Fra Angélico, ya pintor y conocido en su orden como Fra Giovanni, había hecho votos religiosos. Cosme, que tenía buen ojo, le encargó decorar la capilla, los espacios públicos, todas las celdas de los novicios y de los frailes, y una celda privada para los retiros personales de Cosme, con frescos de escenas de la vida de Cristo, uno de los cuales es El asalto al infierno.

Las celdas de los frailes eran pequeñas y austeras, provistas solo de una cama, un reclinatorio, una ventana y, ahora, una pintura individual de Fra Angélico. Había 44 celdas, cada una con una escena diferente, todas pintadas con una paleta bastante pálida y limitada. Cada escena está enmarcada en un arco ficticio que armoniza con el yeso pálido de las paredes, como si cada fraile tuviera una verdadera ventana  que se abría hacia el claustro y otra hacia el espacio de perspectiva del reino celestial. En El asalto, la luz que cae por la puerta del infierno parece provenir de la ventana real, y el arco que está detrás de Cristo, que semeja el alféizar de la ventana verdadera, se abre hacia un lugar ulterior de luz, el celestial.

Los frescos individuales en las celdas estaban diseñados para que los frailes los contemplaran durante sus tiempos de oración privada. Eran lo primero que el fraile veía por la mañana, y lo último que veía al acabarse la luz. ¡Imagínese usted lo que sería tener su propia pintura privada de Fra Angélico para la meditación personal! La vida pública de un dominico constaba de la actividad religiosa comunitaria y la predicación, mientras que el tiempo de la oración privada proveía la oportunidad para la transformación personal. Cada monje en su celda podría, contemplando su mural, llegar a considerar su vida terrenal como un tiempo de espera, como las almas de los justos que esperan la presencia final del Señor.

Los frailes dominicos, entre ellos el reformador Savonarola, siguieron ocupando el convento hasta las turbulencias del siglo XIX. Los dominicos mantuvieron la iglesia, pero el convento fue declarado monumento histórico nacional y hecho propiedad del Estado. Hoy día es el Museo Nazionale di San Marco, y tras unas largas remodelaciones se encuentra ahora, por fin, reabierto a las visitas del público.

Fra Angélico ha tenido mejor suerte. Fraile de recta conducta y de renombre piadoso, conocido desde hace mucho por su sobrenombre, el pintor “bienaventurado y angélico”, fue elevado por el Papa Juan Pablo II a la condición canónica de beato, un paso en el rumbo a la canonización. Cuando le preguntaron al papa por los milagros de Fra Angélico, contestó: “Sus pinturas son los milagros.”

De Touchstone, julio/agosto de 2025.

Mary Elizabeth Podles es curadora jubilada de arte renacentista y barroco en el Museo de Artes Walters en Baltimore, Maryland, y actualmente es profesora en el Seminario St. Mary’s. Ella y su esposo Leon, uno de los editores principales de Touchstone, tienen seis hijos y viven en Baltimore, Maryland.