Discurso de despedida

Discurso de despedida

Al final de un camino

mayo/junio de 2026
De la edición de Touchstone de mayo/junio de 2026

Si hubiera un solo consejo que yo, que me encuentro ahora cerca del final de mi vida en la tierra, quisiera machacarles a aquellos que aspiran a ser maestros de la fe, sería que conserven la capacidad de ver la Biblia, en toda su variedad —el medio designado de su labor magisterial— como la obra de una Mente Única, perfectamente coherente, donde cada parte se relaciona con las otras en forma intencional y orgánica (como en la metáfora paulina de la Iglesia como Cuerpo), donde el genio del maestro consiste en descubrir, para bien de los santos, cuáles son esas partes y cómo están cohesionadas.

Yo fui formado para concebir este solemne respeto por las Escrituras como un atributo objetivo y científico de la Biblia misma, cuando en realidad esa comprensión es un artículo de fe que solo se sigue a la participación previa en una infinita matriz existencial en la cual el uso divino de estos escritos (la inspiración) está establecido en las mentes que están abiertas a recibirlos como Palabra de Dios asemejándose a los niños y dejando atrás todo lo que se oponga a ella. Este reconocimiento no nos lo presenta el Maestro como una premisa dogmática, que como tal es cognoscible por todo intelecto plenamente equipado, sino como algo que está presente en todos los salvados como condición de su existencia.

A quien aspira a maestro esto le presenta un obstáculo casi insuperable, como el que percibió Nicodemo cuando preguntó: “¿Puede un hombre entrar de nuevo en el vientre de su madre y nacer?” —a lo cual recibió una respuesta difícil acerca de nacer de nuevo en y por el Espíritu— porque lo que hay que hacer para que un hombre enseñe las Escrituras como debiera es análogo a esa clase de regeneración, que el Señor expresó cuando les dijo a sus discípulos que a menos que uno cambie y se haga como un niño pequeño no podrá entrar en el reino de los cielos (y mucho menos, pensaríamos, llegar a ser uno de sus maestros).

El gran obstáculo es que mientras va creciendo en aprendizaje y sabiduría él deberá al mismo tiempo conservar su semejanza con un niño, cuando la esencia de lo que se llama educación —incluyendo, por excelencia, la vanidad de lo que se llama educación teológica— es hacer presentes a su mente alternativas a la niñez que lo elevarán por encima de ella. Cada vez que un hombre medita sobre las Escrituras al prepararse para enseñarlas, se ve tentado por su educación a leerlas como las lee esa clase de persona de quien el Señor dijo que, simplemente en virtud de su mayoría de edad, queda excluida del reino de  los cielos. Es por eso que quien quiere enseñar se halla, como diría Santiago, en terrible peligro.

Evasión hacia el desamparo

En 1917, a un joven pastor le pareció imposible proseguir concienzudamente en su trabajo  porque se hallaba desgarrado entre dos mundos: el de la teología académica, en la cual sobresalía, y el de la fe que él sabía que a lo largo de los siglos había sustentado a las personas sobre las cuales había aceptado ejercer un cuidado espiritual. Él discernía que esta última era la fe de la Biblia y en la Biblia, que a pesar de su sólida formación teológica le resultaba, en cierta forma muy distintiva, ajena: no podía captarla en los términos en que se presentaba a sí misma. Este poder sobrecogedor —al que se hallaba a sí mismo opuesto— lo describió en un ensayo titulado “El nuevo mundo en la Biblia”:

Hay en la Biblia una corriente que nos atrae, una vez que nos hemos entregado a ella, y nos lleva hasta el mar. La Sagrada Escritura se explica a sí misma, a pesar de todas nuestras limitaciones humanas. Solo tenemos que atrevernos a seguir este impulso, este espíritu, esta corriente que es la Biblia misma, para crecer más allá de nosotros mismos y para asir la respuesta más elevada.

Esta conclusión a la que había llegado Karl Barth no suena realmente concluyente para oídos entrenados en fórmulas dogmáticas o incluso en expresiones bíblicas sólidas y enfáticas. Confiar en la Biblia simplemente para “asir la respuesta más elevada” (der höchsten Antwort zu greifen) puede ser muy prometedor solo para alguien para quien es una respuesta a un dilema existencial desesperado sobre cómo va a pasar su vida, cómo un hombre con una formación universitaria superior ha de proceder cuando se le llame a pastorear algo muy diferente: una iglesia cristiana.

La respuesta que él descubrió inconscientemente usaba las mismas metáforas del agarre físico y la inmensurable profundidad del mar que había empleado Kierkegaard, cinco generaciones atrás, para describir el carácter de la fe:

Si soy capaz de asir a Dios objetivamente, entonces no creo; pero precisamente porque no puedo hacer eso, entonces debo creer. Si deseo conservarme en la fe debo tener el propósito constante de agarrarme de la incertidumbre objetiva a fin de permanecer mar adentro, sobre setenta mil brazas de agua, conservando todavía mi fe.

El dialéctico moderno se encontró vacío cuando se hallaba frente a su pequeño rebaño en Safenwil, que esperaba escuchar a su pastor comunista predicarles la Palabra de Dios, y se vio forzado a la conclusión de que era, después de todo, un esfuerzo inútil a menos que pudiera echar su percepción académica a “esa corriente de la Biblia, que, una vez que nos hemos entregado a ella, nos lleva por sí sola hacia el Mar” —una metáfora para el Dios sin límites—: diesen Strom in der Bibel, der trägt uns, wenn wir uns ihm nur einmal anvertraut haben, von selber dem Meere zu.

En el modo de expresión de Barth hay una ambigüedad acerca de si la Palabra de Dios es una corriente que se halla en la Biblia o si es la Sagrada Escritura misma; una ambigüedad que persiste en su obra y de la cual los críticos conservadores lo acusaban, puesto que lo primero, en teoría, abre el camino para casi cualquier clase de tratamiento crítico que perjudicaría su autoridad en las Iglesias. Lo que hizo Barth, sin embargo, fue escribir una confesión de fe en las Sagradas Escrituras en consideración de las corrientes rivales de autoridad a las cuales está sujeto un intelectual de su tiempo, como en el nuestro, y así abrió el camino para perder todo potencial de estatus y de respetabilidad entre todas las mentes que “contaban”, como la de Adolf von Harnack, su viejo profesor en Berlín, quien se opuso a grandes voces al “antiintelectualismo” que, con razón, reconoció como incompatible con el método histórico-crítico de las universidades alemanas.

La vida espiritual de los santos y los niños

Lo que Barth encontró en su vida pastoral fue, pienso yo, nada más que la enseñanza del Señor: “En verdad les digo que a menos que ustedes se hagan como niños, no podrán entrar en el reino de los cielos.” Pero lo que se intenta por medio de la “educación”, ya sea modesta o llevada al más alto nivel, a menos que se evite cuidadosamente, es la destrucción de la mente del niño en favor de la mente evaluadora característica del adulto: la imposición, sobre ella, de logoi (formas artificiales de percibir la realidad) que fijan el pensamiento y la vida. Estos constructos o sistemas de pensamiento son inevitablemente defectuosos desde un punto de vista absoluto (divino) porque no están equipados para emitir juicios correctos acerca de la naturaleza de las cosas que solo pueden emitirse sub specie aeternitatis, es decir, por la mente del Dios omnisciente, la comunión con el cual es necesaria para la probidad del pensamiento, y el temor al cual es el principio de la sabiduría. La mente del niño, o la percepción ingenua, está por naturaleza abierta, según enseña Cristo, a la mente de Dios, pues todavía no ha sido invadida por los logoi fragmentarios de la percepción educada y crítica, y por lo tanto no se puede poseer si no es mediante un cambio radical o una conversión desde el bagaje dialéctico del estado desarrollado, que no solo corrompe el juicio sino que también le impide entrar en el reino de los cielos.

Paul Ricoeur se refiere a este cambio en la mente adulta como una “segunda ingenuidad”, una reacción a la perplejidad faustiana que brota de su crecimiento. Aunque no recuerdo si Ricoeur usa explícitamente a Fausto, lo incluyo aquí como algo pertinente al lamento de ese erudito:

Habe nun, ach! Philosophie, Juristerei und Medizin, und leider auch Theologie durchaus studiert, mit heißem Bemühn. Da steh ich nun, ich armer Tor! Und bin so klug als wie zuvor. [“He estudiado a fondo, ¡ay!, filosofía, derecho y medicina, y lamentablemente también teología, con gran esfuerzo. Y aquí estoy ahora, ¡pobre tonto!, igual de sabio de lo que era antes.”]

En el relato de Goethe, Fausto se halla en la encrucijada de la cual habla el Señor. ¿Cómo pasar de aquí, si es la cumbre de la erudición humana? El Señor le dice (porque Fausto es un teólogo que ha “estudiado a fondo”) que debe cambiar y hacerse como un niño pequeño, y que ese es el único camino para llegar al reino de los cielos y a la sabiduría plena. Sin embargo, esta historia trata de cómo Fausto toma un sendero diferente en su intento de satisfacer sus deseos: cómo evita esa mentalidad de un niño en que una mente convertida se niega a controlar su percepción mediante el uso de filtros críticos como esos que los intelectuales —como Fausto— absorben en sus estudios. Hay quienes consideran que esa sencillez es característica de la gente “religiosa”. Yo no la considero así, porque, como asunto práctico, la “religión” aparece invariablemente como exactamente uno de esos artefactos obstructivos de un entendimiento desarrollado pero parcial.

La cualidad principal y absolutamente necesaria de un verdadero maestro de la fe cristiana es su fe, previa y posterior a la crítica, en la unidad de la Escritura como expresión cohesiva de la mente de Dios, ya sea como alguien que nunca ha abandonado la fe de un niño (quizás como Sta. Teresa de Lisieux, que paradójicamente es considerada Doctora de la Iglesia) o como alguien que la ha recuperado mediante la conversión de la mente, como lo retrata Dostoievski en el soldado que llega a ser el Padre Zósima. En este lugar, el intelectual más sofisticado puede unirse al hombre sencillo que tal vez nunca se alejó de su primera ingenuidad al aceptar simplemente la Corriente de la Biblia como verdad; y lo ridiculizan por eso los abundantes Harnacks del mundo que lo tachan de antiintelectual o, en nuestra época, de “fundamentalista”.

Librarse de las trampas ideológicas… y del descuido

El buen maestro comprenderá, en su estudio preparatorio de la Escritura, exactamente cuándo es tentado a caer de su puesto aplicando algún canon que lo reduce a algo manejable, al costo de una incredulidad en la integridad de la inspiración divina que solo se puede poseer con los ojos de un niño. Puede ser tentado, por ejemplo, a imponerle al texto una filosofía de la historia, o una lectura psicológica, o alguna de las innumerables variedades de filosofías: del liberalismo o de su antítesis objetivista, el marxismo, el hegelianismo, el feminismo, la teoría del proceso o de la liberación, cada una con su Idea definitoria que embute la Escritura en su propio molde.

Asimismo, hay miles de ideas religiosas, ya sean cristianas (“denominacionales”) o no, que resuelven ciertas cuestiones, pero que al ser parciales van dejando muchas otras en su camino. En ese caso, las proposiciones de la Escritura ya no se pueden tomar ni explorar tal como están escritas, sino que ahora deben representar una Idea incurvata in se que orienta al intérprete y determina en cada detalle el significado del texto. Quizás la mayoría de las veces esto se ve como la tentación del aspirante a maestro a inventar cosas, a dejar de lado lo que es significativo, a llenar el discurso magisterial con cosas irrelevantes, a llenar de palabras las lagunas de su entendimiento en lugar de admitir su ignorancia (infantil) y dejar a un lado lo que no se entiende para resolverlo en un momento posterior, conforme se vaya desarrollando la mente preparada y su entendimiento.

Todo esto es el pecado de tomarse, como hizo Uzá con el Arca, libertades bien intencionadas pero ilícitas con los testimonios de Dios. También es una forma de error del pensamiento, con la cual las Escrituras sufren alteración por el intérprete culpable. Hay una lección en el hecho de que Dios considere que el tomarse esas libertades acarrea la muerte, esa “sentencia más severa” que atrae sobre sí el maestro, de la cual habla la Epístola de Santiago.

Para quien quiere ser maestro hay una constante tentación a pensar, dada su falta de fe (formal o práctica) en la perfecta integridad de la inspiración, que una cosa no tiene nada que ver con otra: por ejemplo, pensar que la prohibición de los tatuajes en el Levítico o de arar con un buey y un asno en un mismo yugo no tiene nada que ver con el destino del alma, o que Jesús y Pablo, o la ley y el evangelio, se oponen entre sí. Las dificultades con las que topa pueden parecerle curiosas a quien tiene mentalidad de niño, pero la curiosidad inocente del niño sirve de incentivo para una mayor observación y pensamiento y para su crecimiento, en vez de ser un obstáculo, pues son la voz del Padre, a quien uno no entiende pero en quien siempre cree, y para creer en el cual hay que resistir constantemente la voz de aquellos que aseguran que el fruto de la sofisticación crítica y de la superioridad que ella promete es un deleite a los ojos y capaz de dar sabiduría… para no mencionar que lo puede hacer a uno merecedor de ser miembro de ciertos clubes codiciables. Esa fue la decisión que tomó el joven Karl Barth al rechazar el liberalismo en el cual había sobresalido en Berlín, en Tübingen y en Marburgo, en favor de ese extraño y nuevo mundo de la Biblia.

De Touchstone, septiembre/octubre de 2025.

S. M. Hutchens es uno de los editores principales de Touchstone, que por mucho tiempo ha escrito para la revista.